• Christine de Pizan: la primera escritora.

       Todos los que han estudiado historia de la literatura universal se habrán percatado de la cantidad de casos que han ocurrido de mujeres que vieron su carrera literaria truncada por el simple y ridículo hecho de no pertenecer al club de los falos. ¿Cuántas vidas se han arruinado y cuántas grandes obras nos hemos perdido por la ridícula concepción de que el sexo determina el intelecto de una persona? Muchos podrían pensar que esto quedó atrás en el pasado, pero en nuestra historia más reciente ha habido escritoras que se han visto humilladas al tener que ocultar lo que son para poder medrar en el mercado literario.

       El ocho de marzo no sólo es el Día Internacional de la Mujer, es el día de la dignidad y de la lucha por evolucionar como raza. Es inconcebible que hayamos llevado al ser humano al espacio, pero no hayamos llevado la igualdad a los seres humanos. El 8 de marzo representa la lucha de una mitad de la humanidad que busca ganar a igualdad. Los que amamos la literatura y vemos en ella una herramienta que puede modificar la sociedad tenemos que situarnos del lado de la dignidad.

       En este día tan especial quiero hablaros de una escritora que admiro por su determinación, fortaleza y talento. Christine de Pizan fue la primera mujer que pudo ganarse su sueldo escribiendo. Os presento a la primera escritora profesional de la historia. Nació en Venecia, en el año 1364 en el seno de una familia cercana a la corte. Su madre quiso hacer de ella una mujer de su época dedicada a las tareas domésticas, pero su carácter rebelde, su curiosidad intelectual y su admiración por los clásicos la llevó fuera de los muros del hogar.

       Su familia fue reclamada por la corte de Carlos V El Sabio, rey de Francia. Por aquel entonces Christine contaba con cuatro años de edad. El monarca francés fue bueno con la familia, pagando sumas generosas por los trabajos que realizaba su padre, Tomás de Pizan, como asesor, médico, astrónomo y consejero. Gracias a la posición de su padre, Christine pudo estudiar latín, francés e italiano. El latín le abrió un mundo nuevo en el que halló a filósofos, científicos y teólogos.

       Según nos cuenta la propia Christine, su infancia fue feliz, vivía alegre en la corte, entregada a las lecturas de los clásicos y gozando de la admiración que provocaba entre los miembros cortesanos. Cuando cumplió los quince años se casó con Étienne du Castel, notario y secretario del rey. Su matrimonio, a diferencia de los de su época, no fue pactado, el amor entre ambos fue sincero y fruto de él nacieron sus tres hijos. Su vida era feliz, hasta que cambió su suerte y la muerte llamó a su puerta.

       Carlos V murió en el año 1380 y con él murieron los libros, abriendo paso a las armas. Años más tarde su padre murió dejando tras de sí deudas que pagar y su marido murió debido a la Peste Negra.

       A sus veinticinco años se encontró en una situación imposible de llevar. Viuda, con tres hijos que mantener, el dolor debido a la pérdida de un hijo recién nacido, una madre a la que cuidar, una sobrina pobre a la que acogió y la responsabilidad que suponía sus dos hermanos menores. Para mantener a su familia tenía dos opciones: el matrimonio o el convento. Ella escogió una tercera vía.

       Con la muerte de su marido se tuvo que enfrentar sola a la difícil sociedad del siglo XIV. Los tribunales de París le negaron el patrimonio que su marido se había ganado. En cuatro ocasiones tuvo que demandarles, pasando humillaciones y vejaciones, como ella misma nos describe:

       —Hubo un tiempo en que se me demandaba judicialmente en cuatro tribunales de París para negarme el patrimonio que mi marido había comprado. Todavía recuerdo cada ocasión que pasé en aquellas salas, cómo aquellas gentes, llenas de vino y de grasa, se burlaban de mis pretensiones. ¡Yo, una mujer, pretender que se me restituyeran los bienes que legítimamente me correspondían, sin más argumento que el de la justicia!

       El periodo que vivió en los tribunales, donde las palabras desdeñosas, la insolencia, las respuestas dilatorias y la humillación, forjaron en Christine un carácter duro, capaz de soportar viento y marea.

       Mientas se enfrentaba a la sociedad de su siglo, tenía que cubrir sus necesidades más básicas. Su talento y su amor por la literatura la llevaron a escribir para poder ganarse el pan. Con mucho sudor y mucha tinta logró abrirse camino entre los escritores de su época, convirtiéndose así en la primera mujer en la historia en ganarse la vida escribiendo. Adquirió fama y su obra viajó más allá de las fronteras francesas. Algunas de sus obras se centraban en temas sociales y políticos, incluso se aproximó a lo que hoy se conoce como la antropología. Otras de sus obras tenían tintes autobiográficos en donde nos cuenta parte de su vida.

       En su visión concebía el mundo como un lugar organizado por las virtudes como la razón, la dignidad, la prudencia, el valor de la palabra, la rectitud y la justicia. Pensaba que cada individuo tenía valor por sí mismo, y que en su capacidad albergaba la posibilidad de hacer el bien para con el resto. Fruto de su visión del mundo nacieron obras como Enseñanzas morales a mi hijo Juan Castel, El libro de las tres virtudes o Proverbios.

    La lucha por la igualdad

       Fue un pilar fundamental en su época en la lucha por denunciar la injusticia que se estaba cometiendo con las mujeres por su condición. Defendió la igualdad entre ambos sexos y proclamó que si las mujeres de su época recibiesen la misma educación que los hombres, ellas tendrían las mismas facultades que ellos.

       La Universidad de París, una de las instituciones educativas más poderosas de la época, promovió la publicación y la difusión de una obra llamada Roman de la rose, una obra retorcida que expresaba de forma abierta y sin tapujos el desprecio absoluto por la mujer. Christine no se calló y produjo una de los primeros enfrentamientos feministas de la historia. Abiertamente denunció el trato vejatorio que recibían todas las mujeres sistemáticamente por parte de las instituciones, denunciando además que no eran ellas quienes saqueaban, mataban o violaban.

       La respuesta que recibió fue una carta de la iglesia en donde se manifestaba la compasión que se tenía por la escritora y se invitaba a Christine a que pidiese disculpas por las palabras que dijo.

       Como era natural en Christine, contestó la misiva con argumentos denunciando cómo se ha silenciado a las mujeres y que ella no iba a parar de defender la igualdad entre hombres y mujeres.

       Años más tarde del enfrentamiento entre la Universidad de París y Christine, se fundó la Orden de la Rosa, una organización abierta a mujeres y hombres que querían unirse en la lucha por el honor, la dignidad y la igualdad entre todos los seres humanos.

    Su obra La ciudad de las Damas empieza así:

       Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra, bien en escritos y tratados…….. Yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter…….

       Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones ilustres podría estar equivocado. Pero por más que intentaba volver sobre ello, apurando las ideas como quien va mondando una fruta, no podía entender ni asimilar como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y conducta de las mujeres. Al mismo tiempo, sin embargo, yo me empeñaba en acusarlas porque pensaba que sería muy improbable que tantos hombres preclaros, tantos doctores de tan hondo entendimiento y universal clarividencia (me parece que todos habrán tenido que disfrutar de tales facultades) hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras que me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusará o despreciara a las mujeres”.

  • Seis poemas de Rosalía de Castro

       Poetisa y novelista de origen gallego. A día de hoy se la considera una figura capital dentro de las letras españolas y del pensamiento literario. Estos son los seis poemas que he escogido de su obra.

    Una vez tuve un clavo

     Una vez tuve un clavo
    clavado en el corazón,
    y yo no me acuerdo ya si era aquel clavo
    de oro, de hierro o de amor.
    Sólo sé que me hizo un mal tan hondo,
    que tanto me atormentó,
    que yo día y noche sin cesar lloraba
    cual lloró Magdalena en la Pasión.
    “Señor, que todo lo puedes
    —pedile una vez a Dios—,
    dame valor para arrancar de un golpe
    clavo de tal condición.”
    Y diómelo Dios, arranquelo.
    Pero… ¿quién pensara?… Después
    ya no sentí más tormentos
    ni supe qué era dolor;
    supe sólo que no sé qué me faltaba
    en donde el clavo faltó,
    y tal vez… tal vez tuve soledades
    de aquella pena… ¡Buen Dios!
    Este barro mortal que envuelve el espíritu,
    ¡quién lo entenderá, Señor!…

    Negra Sombra

     

    Cuando pienso que te huyes,
    negra sombra que me asombras,
    al pie de mis cabezales,
    tornas haciéndome mofa.

    Si imagino que te has ido,
    en el mismo sol te asomas,
    y eres la estrella que brilla,
    y eres el viento que sopla.

    Si cantan, tú eres quien cantas,
    si lloran, tú eres quien llora,
    y eres murmullo del río
    y eres la noche y la aurora.

    En todo estás y eres todo,
    para mí en mí misma moras,
    nunca me abandonarás,
    sombra que siempre me asombras.

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
    ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
    lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
    de mí murmuran y exclaman:
    Ahí va la loca soñando
    con la eterna primavera de la vida y de los campos,
    y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
    y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

    -Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
    mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
    con la eterna primavera de mi vida que se apaga
    y la perenne frescura de los campos y las almas,
    aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

    Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
    sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

    Hora tras hora, día tras día

    Hora tras hora, día tras día,
    entre el cielo y la tierra que quedan
    eternos vigías,
    como torrente que se despeña,
    pasa la vida.

    Devolvedle a la flor su perfume
    después de marchita;
    de las ondas que besan la playa
    y que una tras otra besándola expiran.
    Recoged los rumores, las quejas,
    y en planchas de bronce grabad su armonía.

    Tiempos que fueron, llantos y risas,
    negros tormentos, dulces mentiras,
    ¡ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
    en dónde, alma mía?

    Sed de amores tenía

    Sed de amores tenía, y dejaste
    que la apagase en tu boca,
    ¡piadosa samaritana!
    Y te encontraste sin honra,
    ignorando que hay labios que secan
    y que manchan cuanto tocan.
    ¡Lo ignorabas…, y ahora lo sabes!
    Pero yo sé también, pecadora
    compasiva, porque a veces
    hay compasiones traidoras,
    que si el sediento volviese
    a implorar misericordia,
    su sed de nuevo apagaras,
    samaritana piadosa.
    No volverá te lo juro;
    desde que una fuente enlodan
    con su pico esas aves de paso,
    se van a beber a otra.

    Era apacible el día

    Era apacible el día
    y templado el ambiente
    y llovía, llovía,
    callada y mansamente;
    y mientras silenciosa
    lloraba yo y gemía,
    mi niño, tierna rosa,
    durmiendo se moría.

    Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
    Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca la mía!

    Tierra sobre el cadáver insepulto
    antes que empiece a corromperse…, ¡tierra!
    Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
    bien pronto en los terrones removidos
    verde y pujante crecerá la hierba.

    ¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
    torvo el mirar, nublado el pensamiento?
    ¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
    Jamás el que descansa en el sepulcro
    ha de tornar a amaros ni a ofenderos.

    ¡Jamás! ¿Es verdad que todo
    para siempre acabó ya?
    No, no puede acabar lo que es eterno,
    ni puede tener fin la inmensidad.

    Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
    te espera aún con amorosa afán,
    y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
    allí donde nos hemos de encontrar.

    Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
    que no morirá jamás,
    y que Dios, por que es justo y porque es bueno,
    a desunir ya nunca volverá.

    En el cielo, en la tierra, en lo insondable
    yo te hallaré y me hallarás.
    No, no puede acabar lo que es eterno,
    ni puede tener fin la inmensidad.

    Mas… es verdad, ha partido,
    para nunca más tornar.
    Nada hay eterno para el hombre, huésped
    de un día en este mundo terrenal,
    en donde nace, vive y al fin muere,
    cual todo nace, vive y muere acá.

    Una luciérnaga entre el musgo brilla
    y un astro en las alturas centellea,
    abismo arriba, y en el fondo abismo;
    ¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
    En vano el pensamiento
    indaga y busca lo insondable, ¡oh, ciencia!
    Siempre al llegar al término ignoramos
    qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

    Arrodillada ante la tosca imagen,
    mi espíritu, abismado en lo infinito,
    impía acaso, interrogando al cielo
    y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
    ¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
    con sus ecos responde a mis gemidos
    desde la altura, y sin esfuerzo el llano
    baña ardiente mi rostro enflaquecido.
    ¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo
    lo puedes ver y comprender, Dios mío!

    ¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,
    piadoso y compasivo
    vuelve a mis ojos la celeste venda
    de la fe bienhechora que he perdido,
    y no consientas, no, que cruce errante,
    huérfano y sin arrimo
    acá abajo los yermos de la vida,
    más allá las llanadas del vacío.

    Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
    e impasible el divino
    rostro del Redentor, deja que envuelto
    en sombras quede el humillado espíritu.
    Silencio siempre; únicamente el órgano
    con sus acentos místicos
    resuena allá de la desierta nave
    bajo el arco sombrío.

    Todo acabó quizás, menos mi pena,
    puñal de doble filo;
    todo menos la duda que nos lanza
    de un abismo de horror en otro abismo.

    Desierto el mundo, despoblado el cielo,
    enferma el alma y en el polvo hundido
    el sacro altar en donde
    se exhalaron fervientes mis suspiros,
    en mil pedazos roto
    mi Dios, cayó al abismo,
    y al buscarle anhelante, sólo encuentro
    la soledad inmensa del vacío.

    De improviso los ángeles
    desde sus altos nichos
    de mármol me miraron tristemente
    y una voz dulce resonó en mi oido:
    «Pobre alma, espera y llora
    a los pies del Altísimo:
    mas no olvides que al cielo
    nunca ha llegado el insolente grito
    de un corazón que de la vil materia
    y del barro de Adán formó sus ídolos.»

    Busca y anhela el sosiego

    Busca y anhela el sosiego…
    mas… ¿quién le sosegará?
    Con lo que sueña despierto,
    dormido vuelve a soñar.
    Que hoy como ayer, y mañana
    cual hoy, en su eterno afán,
    de hallar el bien que ambiciona
    -cuando sólo encuentra el mal-,
    siempre a soñar condenado,
    nunca puede sosegar.

  • Relación entre Federico García Lorca y Miguel Hernández

       Con frecuencia he podido ver cómo algunos de forma errónea atribuyen una estrecha amistad a la relación entre Miguel Hernández y Federico García Lorca. Románticamente se ha recurrido a la idea fantasiosa de una amistad de la que ambos se vieron beneficiados recíprocamente en el mundo literario. Y no es algo que haya visto en foros literarios, sino entre académicos y expertos en la figura de Miguel Hernández como Marie Laffranque, María de García Ifach o Antonina Rodrigo, esta última haciendo referencia a una «gran amistad» y «hermosa amistad».

       Antes de que hubiese contacto entre el señorito y el cabrero, antes de llegar a Madrid el 8 de diciembre de 1931, Miguel envía una carta a Juan Ramón Jiménez, proponiéndole si Federico podría recibirlo en su casa para que le leyese algunos de sus poemas. Su osadía era fruto de la inocencia provinciana y del ansia de abrirse camino en la espesa jungla literaria del Madrid del siglo XX.

       Siempre apuntó al poeta andaluz como un referente suyo, y así lo reflejó en una conversación que mantuvo con Giménez Caballero en La Gaceta Literaria:

    — ¿Oficio?

    — Guardador de cabras.

    — ¿Cómo se aficionó a leer y a escribir?

    — Pues ya ve, cogiendo los papeles que encontraba, yéndome a la biblioteca del pueblo.

    — ¿Sus autores preferidos?

    — Góngora, Lorca y Gabriel Miró.

    — ¿Amigos literarios?

    — Casi ninguno. Sijé, que usted conoce en Orihuela.

    «La desaparición de Federico García Lorca —dice Miguel— es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. El solo era una nación de poesía»

       En esta inocente alusión muestra la admiración que profesa por el poeta granadino y, al mismo tiempo, desvela su aspiración por entablar contacto con el Federico. El poeta cabrero llega a la capital el 8 de diciembre de 1931 con el ansia de tener una oportunidad de encontrarse con Federico, sin embargo su misión fracasó. El 17 de marzo de 1932, tras estar tres meses en Madrid, escribe a su amigo Ramón Sijé, y sin disimular su desilusión le dice «No he podido oír a García Lorca», desistiendo así de su aventura madrileña.

       El encuentro entre los dos poetas tuvo que esperar hasta enero de 1933. Raimundo de los Reyes, director de la Editorial La Verdad de Murcia, mientras preparaba la publicación de Perito en lunas, reunió a ambos poetas actuando como anfitrión en su propia casa. En esos días Federico se encontraba de gira por Murcia con su grupo La Barraca, actuando en teatros de Alicante, Elche y Murcia, representando la obra La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Fue Raimundo quien mostró a Federico la obra Perito en Lunas, provocando generosos elogios del poeta granadino. Según nos cuenta Raimundo, Miguel Hernández dijo:

    «Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y el del Romancero. Le impuso un sello único.»

    Entonces, Miguel —prosigue Guerrero— abriendo exageradamente los brazos, gritó:

    — ¡Con que yo soy el primer poeta de España!

    A lo que Federico, sonriente, pero nervioso, pues así lle ponía el mero hecho de que alguien osara creerse en un puesto que él estaba firmemente convencido de ocupar, respondió:

    — No tano, no tanto…

       El contacto entre ambos ya estaba establecido, y de él Miguel abrigaba grandes esperanzas de entablar una gran amistad. Escribió a Federico enviándole la obra Perito en lunas, esperando que él y sus compañeros diesen a conocer el libro, o por lo menos que Lorca le diese palabras de aliento. La respuesta no llegó y Miguel Hernández, desilusionado, envió otra carta el 10 de abril de 1933:

    Sr. D. Federico G. Lorca.

    Admirado poeta amigo:
    Le escribí hace mucho pidiéndole elogios, aunque ya se los había oído para mi “Perito en lunas”. Y aquí me tiene usted esperándolos – entre otras cosas.
    He pensado, ante su silencio, que usted me tomó el pelo a lo andaluz en Murcia – ¿recuerdaaa?-, que para usted fuimos, o fui, lo que recuerdo que nos dijo cuando le preguntamos quién era uno que le saludó. “Ese – dijo- uno de los de: ¡adiós!, cuando les vemos.” Y luego “me escriben muchas cartas a las que yo no contesto”. ¿Puedo estar ofendido contigo?
    Perdone. Pero se ha quedado todo: prensa, poetas, amigos, tan silencioso ante mi libro, tan alabado – no mentirosamente, como dijo- por usted la tarde aquella murciana, que he maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie.
    Usted sabe bien que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente y que es un libro de formas resucitadas, renovadas, que es un primer libro y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones – a pesar de su aire falso de Góngora – que todos los de casi todos los poetas consagrados, a los que si se les quitara la firma se les confundiría la voz.
    Por otra parte, aquí, en mi pueblo – ¡pueblo mío! -, donde el que me gritaba: Yo te he comprado un libro creyéndole bueno y me has dado arpillera, yo he leído a Campoamor… – ¡ea! -, decía yo: Ved los periódicos de Madrid pronto, he quedado en ridículo, porque de toda la prensa madrileña, sólo “Informaciones” se desvirgó hablando de mis poemas por el pico de Alfredo Marqueríe, diciendo cuatro burradas. El tío, antes de decir: ¡Qué burro soy!, dijo: ¡Se ha extraviado el poeta, se ha oscurecido!
    Por otra parte, en mi casa soy el cristo de los cinco sampedros: me niegan la mitad del pan; me niegan, padre y madre y sus hijos, como hijo de aquéllos, como hermano de éstos; les avergüenza el que haga versos; no quieren darme vestidos nuevos, y hasta a los pantalones viejos que tengo no les quieren poner remiendos, que amordacen rotos proclamadores de nalgas mías. Hoy mismo, hoy, me han escondido la llave del huerto para que pudiera entrar en él. Y yo he saltado a la torera la tapia, no la valla, y aquí, en este chiquero de abril, aquí, donde ha tenido el suyo “Perito en lunas” este estío, bajo esta higuera, que dilataban hasta sus pámpanos mi carne de acordeón semejante a una palmera degollada, aquí le escribo esto desesperado, desesperado.
    Me alegran las noticias que leo – de prestado – de los triunfos que se suceden, que se suceden. ¡Me alegran! y le envidio.
    El otro día he visto en “El Sol” la crítica de un libro de romances. El crítico dice que al pronto resuena la voz suya, pero que sólo a primera vista. Yo, nada más por el ejemplo que pone allí de romance, adivino en ese Félix no sé qué un plagiador casi.
    Federico: no quiero que me compadezca; quiero que me comprenda.
    Aquí, en mi huerto, en un chiquero, aguardo respuesta feliz suya, y pronto, o respuesta simplemente; aquí, pegado como un cartel a esta tapia, detrás, de la cual viven padres pobres, con tantos hijos y tan poca casa, que, para que los niños no vean los orígenes de su fabricación, el comienzo de sus hermanos, se salen al callejón a reanudarse las noches más empinadas.


    Un abrazo
    MIGUEL HERNÁNDEZ G.
    Orihuela, 10 de abril del 1933
    Dirección: Arriba, 

       La franqueza provinciana contrasta con el trato respetuoso de Miguel. En su desencanto no reprime la sospecha de que uno de los dos no ha tomado en serio la relación. En su interior se plantea si las alabanzas que dijo Federico no fueron sino una burla, y que para él no habría significado gran cosa. La respuesta de Federico llegaría los últimos días de abril de 1933:

       Mi querido poeta: No te he olvidado. Pero vivo mucho y la pluma de las cartas se me va de las manos. Me acuerdo mucho de tí porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral y dándose topetazos por las paredes.

       Pero así aprendes. Así aprendes a superarte, en esc terrible aprendizaje que te está dando la vida. Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones como tú dices que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Eso lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón.

       Yo quisiera que pudieras superarte de la obsesión de esa obsesión de poeta ¡incomprendido por otra obsesión más generosa política y poética. Escríbeme. Yo quiero hablar con algunos amigos a ver si se ocupan de Perito en lunas. Los libros de versos, querido Miguel, caminan muy lentamente.

    Yo te comprendo perfectamente y te mando un abrazo mío fraternal lleno de cariño y de camaradería.

    Federico (Escríbeme) T/C 7/C Alcalá 102

       Las palabras de Federico son cordiales, de respeto y amistad. La carta desprende un tono fraternal, incluso le pide que le escriba. No sería hasta finales de mayo cuando Miguel Hernández le responde a la carta.

       Dispensa, Lorca, amigo, calorré de nacimiento, el que haya dejado, ¡tanta!, anchura de tiempo entre tu carta y ésta.

       El dinero me ha faltado, el trabajo ocupado, abril, mayo, fútbol y mujer, agotado, distraído.

       Hoy que tengo dineros —treinta—, no trabajo. Se me acaba mayo, — descanso del balón que tantos versos me rompe, y he dejado en tres o cuatro vientres inútiles otros tantos hijos que tenía reunidos, acudo a la invitación cordial que me hiciste a capote blanco de: «Escríbeme». Tanto aprendí aquí, que creo que hasta estoy aprendiendo a dejar de ser poeta. No puedo leer por no tener libros,-escribir por no leer, estudiar por no leer también, luchar porque mi enemigo es mi arma: mi poesía.

       ¿Que no sea vanidoso de mi obra? No es vanidad, amigo Federico Lorca: es orgullo malherido.

       Gracias por tu deseo de que mi obsesión de poeta incomprendido sea separada de mí. Aún no venía tu carta por el camino cuando ya me había divorciado de ella. Soy, sin ser nada, comunista y fascista.

       ¿Hablas con tus amigos para que se ocupen de mi libro?

       Mándame los libros y revistas que puedas.

       Si me lo pides te mandaré algún poema para alguna.

       Pienso enviar mi libro próximo —a medias ya— al Concurso Nacional. Creo que vendrá en «El Sol» un día de estos mi «Elegía de la novia-lunada», el crimen pasional de todos los días de España aún, que recité en el Ateneo de Alicante y me pidió Juan Guerrero para Juan Ramón y, si era posible, para el periódico de Domenchina, o el esdrújulo.

       Hasta la tuya, que no venga roncera, te abraza saludándote, él. yo.


    Miguel H. Giner

       Decepcionado de la relación con Federico, Miguel se toma cinco semanas para responderle, y en su carta se aprecia claramente la falta de entusiasmo y la ausencia de párrafos atronadores de otras ocasiones. Los momentos que pasa el poeta cabrero no son buenos. La desilusión se deja ver, el desaliento, la inestabilidad económica y familiar pesan sobre él. No retomarían el contacto desde mayo de 1933 hasta diciembre de 1934. Miguel Hernández envía a Federico:

       Querido Federico amigo:
    Ya estoy en mi huerto escribiéndote con una paz de aceite derramado. Quiero que me digas lo más enseguida que puedas cómo va mi asunto. Interésate con toda tu buena voluntad por él, por mí. Ya sabes que espero lo que resulte con un ansia de perro hambrón. Les he dicho a mis padres que no pasen penas por nada del mundo: que pronto estará resuelto el problema trágico de nuestra existencia. Apenas he llegado y ya ha dicho mi madre que se ha muerto la mejor cabra de nuestro ganado: el perfil de cabra mejor recortado.

       Nos ha hecho las Pascuas: que se ha caído una gallina, la más overa, al pozo, agua quieta en un punto; que todo son penas… Si sacas alguna copia de «El torero más valiente» fíjate bien en que se ha de poner Birlador donde decía Bergamín, y Carmela donde Gabriela.
    Escríbeme; no te distraigas, por lo que más quieras, amigo mío. Recibirás mañana creo «El Gallo Crisis».
    Recibe ahora un abrazo afectivo de mí, tu admirador.


    Miguel Hernández
    No precisas dirección, pero manda a Arriba 73 Orihuela (Alicante)

       Miguel rompe con el largo silencio que se interponía entre ambos como un muro, escribe a Federico para tratar el tema de la representación de su obra El torero más valiente, sobre la que pone todas sus esperanzas para salir de los apuros económicos que sufre su familia.

       El poeta cabrero sigue enviando cartas al poeta señorito sin conseguir respuesta alguna. La última carta que envía está fechada el 1 de febrero de 1935 y en ella podemos ver la fatalidad y la desilusión que sufre Miguel Hernández. Sigue esperando noticias sobre la representación de su obra El torero más valiente, sin que esta llegue a representarse. La realidad de la relación entre ambos choca con la ilusión y el deseo que depositó Miguel en esta amistad. En su última carta dice así:

    Amigo Federico:


    Aún estoy esperando tu carta, aún no se me agotó la vena de la esperanza: todos los días bajo de la sierra en busca de ella que no llega. Te escribo en una situación penosísima: parado, ni pastor siquiera, con novia que no se conforma viéndome así, madre, padre, hermanas que tampoco, por nuestra pobreza, yo menos. Y no encuentro trabajo, y cada bocado que como es vigilado con el rabillo del ojo por todos, que me quieren a regañadientes. No sé, pero si sigo así un mes más me iré Dios sabe a donde en busca de un ganado y un mendrugo. Quiero que me digas. Federico amigo, algo, ¿no se estrenará El torero más valiente? Bueno, hombre. Será que no vale la pena, hice una tragedia para aliviar la mía. Dime, en cambio, que has visto algún amigo tuyo político influyente como me ofreciste, que has hallado algún rincón a mi medida. Moléstate un poco más por mí, hazme el favor. No te escribo más; esta es mi última carta; en ella me lo juego todo. No me queda más dinero para sellos. Escribí a Neruda, que me escribió, y espero carta suya. No sé si es que no ha recibido la mía última, porque se la entregué a Cruz y Raya. Pregúntaselo.

        Sé que piensas ocuparte de la soltera eterna, eterna virgo española: ¡cuántas trato y veo por aquí y qué trágicas! Una de ellas me ha dicho hace poco que no se casó en sus tiempos porque cuando se le arrimaba un hombre lo abofeteaba y lo insultaba. Quisiera tener, Federico, un miembro de orinar para cada una de estas mujeres que se malogran como velas dentro de las rejas y los templos con los ojos y la boca amargos de deseos. Es un tema digno de tu misericordia de poeta inmenso. Espero tu carta, Federico. ¿No lo has hecho por tu «Yerma»? Bueno. Hazlo ya. Si para tí no significa nada mi amistad, para mí mucho la tuya.


    Te abraza.
    MIGUEL, tu amigo
    Orihuela, 1 de febrero de 1935.


    ¿Quieres leer estos versos? Son del libro que preparo para dentro de poco
    (El rayo que no cesa). Gracias por todo. Federico

       La relación que mantuvieron contrasta con las palabras que tuvo Miguel Hernández a Federico cuando fue asesinado durante la guerra civil. En el II Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura dijo sobre el romance de Lorca:

      «Pero pienso que lo importante es la técnica personal del poeta. Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y el del Romancero. Le impuso un sello único.»

       Para su obra Vientos del pueblo  se inspiró en los romances de Lorca. El impacto de Lorca en la obra de Miguel Hernández no fue tan profundo como afirman algunos estudiosos de la obra del poeta cabrero. Miguel Hernández se puso entre dos frentes, entre el catolicismo conservador de sus amigos de Orihuela, sobre todo de Ramón Sijé, y el comunismo revolucionario de Rafael Alberti y Pablo Neruda. Entre estas dos grandes tendencias podría situarse el progresismo moderado de Lorca, el cual no llegó a prosperar en Miguel Hernández. Finalmente acabó por calar más hondo la amistad con Rafael Alberti y María Teresa León. En su primer encuentro con Miguel Hernández, María Teresa León recuerda que este no fue muy alegre. Ello se debe sobre todo a la actitud tímida y conservadora de la adolescencia oriolana de Miguel Hernández, que veía con desconfianza al grupo de la Revista Octubre.

       Los homenajes que dedicó el poeta cabrero al poeta señorito cuando se enteró de su asesinato evidencian la admiración y el profundo respeto que profesaba por el poeta, convertido en un símbolo de la lucha contra el fascismo:

    «La desaparición de Federico García Lorca —dice Miguel— es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. El solo era una nación de poesía. Es su sombra… la que empuja irresistiblemente contra sus asesinos en un violento deseo de venganza.»

       Es cierto que su amistad nunca llegó a cuajar, incluso Josefina Manresa, viuda de Miguel Hernández dijo en una ocasión en 1985 que en una ocasión Vicente Aleixandre invitó a Lorca a que fuese a su casa y leyera alguna de sus obras pero que al decirle que estaría Miguel Hernández, Lorca respondía: «¡Ah!, si está ese yo no voy». También es cierto que esto podría deberse a la personalidad de Federico y no a algo personal entre ambos. Luis Buñuel en sus memorias escribió:

       Con frecuencia, y no sin razón, consideraba que yo era demasiado elemental, demasiado rústico, para apreciar la sutileza de la literatura dramática. Un día en que iba a casa de no sé qué aristócrata, incluso se negó a que yo le acompañara.

       La amistad idealizada que algunos han afirmado que existió, por su correspondencia, podemos ver que no era tal, pero sí que entre ambos había respeto y cordialidad, y por parte de Miguel Hernández profunda admiración y respeto por la obra de Lorca.

  • Origen de las palabras

       A quién no le ha pasado un día como otro cualquiera que, mientras conversamos con alguna persona, al soltar una palabra, acabas preguntándote qué se esconde tras ella. Muchas veces encontramos términos que, aunque conocemos su significado, desconocemos su historia, y son muchas las veces en las que la historia resulta más interesante que el significado. Si investigamos un poco la historia que hay tras la palabra, encontramos que su origen es maravilloso, aterrador, impactante o cómico. Conocer el origen de las palabras nos ayuda a comprender más nuestro idioma, y nos facilita una mayor comprensión lectora, además de permitirnos no usar de forma gratuita términos donde nos corresponde.

    Diezmar

       Es un término que sólo lo encontramos en un contexto concreto. Cuando leemos noticias sobre conflictos bélicos, novelas históricas basadas en una guerra o libros de historia, vemos que es común que aparezca. Su historia es aterradora, y para conocerla tenemos que viajar a la Antigua Roma.

       Bienvenido al contexto histórico de la Primera Guerra Púnica contra las tropas cartaginesas. Fueron unos años muy duros y las batallas eran feroces. En ocasiones se daba el caso de una legión que en la batalla huían o abandonaban el ejército. Cuando esto ocurría se aplicaba un castigo ejemplar: la decimatio. Este castigo era de los más duros que se podía aplicar y consistía en dividir a la legión en grupos de diez y, mediante sorteo, se escogía a uno. El desgraciado debía ser apaleado hasta la muerte por los otros nueve. Juan Zonaras, historiador bizantino decía así: «una vez que los soldados han cometido una falta grave, su jefe los reparte en grupos de diez, tomando un soldado de casa grupo, mediante sorteo, y éste es condenado a muerte a manos de sus propios compañeros»

    Cuarentena

       Échate a temblar si escuchas esa palabra, nunca trae nada bueno, y con razón. Esta palabra nos recuerda un pasado oscuro de la historia europea, un viejo fantasma con nombre que se llevó entre el 30% y 60% de la población de Europa en el siglo XIII y XIV. A este fantasma se le conoció como la Peste Negra. Las medidas que se tomaron para aislar los brotes de la plaga fueron muy ineficientes. Fue en Venecia donde comenzó a aplicarse una medida, la cuarentena. Solía ocurrir que las embarcaciones que venían de otros países trajesen a alguien contagiado por la Peste Negra y en Venecia, para asegurarse de que no se propagase se estableció un periodo de cuarenta días en donde los tripulantes de la embarcación tenían que estar aislados. ¿Y por qué cuarenta días? El número viene del mundo de la fe y no de la ciencia. La Biblia dice que Jesús pasó cuarenta días en el desierto, en donde fue tentado por el diablo, y de ahí se tomó que los cuarenta días.

    Gueto

       Una de las costumbres más extendidas en la comunidad de los judíos en el pasado era la de aislarse libremente en un barrio de la ciudad. De esta manera conseguían mantener unida la comunidad, practicar el culto y mantener sus costumbres bajo el amparo de la comunidad. Con los años del triunfo del cristianismo, el aislamiento pasó de ser libre a ser obligatorio. Estos barrios, dependiendo de dónde viviesen, recibían un nombre diferente, por ejemplo en España eran las juderías, en Alemania los judengassen y en el mundo árabe mellah.

       En el siglo XV, los judíos comenzaron a desplazarse a Italia. En Venecia, donde hubo una gran concentración, las autoridades venecianas los relegaron a vivir en la parte más vieja de la ciudad, conocida como borguetto, que en italiano significa pequeño barrio.

    Olé

       ¿Puede haber algo más español que la palabra olé? No sólo se escucha en los toros, sino también en partidos de futbol, en bailes y canciones. Su uso es muy extendido y es la firma de España, pero si comparamos su morfología no se parece a ninguna palabra de lengua romance. ¿De dónde viene entonces? Para descubrir su origen tenemos que remontarnos a Al Andalus. Esta fue una época de esplendor en todos los sentidos, gracias a este periodo hoy en día contamos con más de cuatro mil palabras de origen árabe en nuestro idioma, y una de ellas es olé. Esta palabra proviene de Allah, Dios en árabe, y en aquellos días se usaba cuando alguien destacaba en una disciplina artística pues estaba extendida la creencia de que en su perfección del arte se veía a Dios.

  • Seis poemas de Antonio Machado

       Antonio Machado murió el 22 de febrero de 1939. Cruzó los Pirineos a finales del mes de enero, en una caravana de refugiados que huían de los sublevados. Según cuenta su hermano, durante el exilio en Francia, abandonó el hotel sólo en una ocasión para ir a la playa de Boramar, para dar un breve paseo. Falleció absolutamente arruinado.

    Un Loco

    Es una tarde mustia y desabrida
    de un otoño sin frutos, en la tierra
    estéril y traída
    donde la sombra de un centauro yerra.

    Por un camino en la árida llanura,
    entre álamos marchitos,
    a solas con su sombra y su locura
    va el loco, hablando a gritos.

    Lejos se ven sombríos estepares,
    colinas con malezas y cambrones,
    y ruinas de viejos encinares,
    coronando los agrios serrijones.

    El loco vocifera
    a solas con su sombra y su quimera.
    En horrible y grotesca su figura;
    flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
    ojos de calentura
    iluminan su rostro demacrado.

    Huye de la ciudad… Pobres maldades,
    misérrimas virtudes y quehaceres
    de chulos aburridos, y ruindades
    de ociosos mercaderes.

    Por los campos de Dios el loco avanza.
    Tras la tierra esquelética y sequiza
    -rojo de herrumbre y pardo de ceniza-
    hay un sueño de lirio en lontananza.

    Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
    -carne triste y espíritu villano-

    No fue por una trágica amargura
    esta alma errante desgajada y rota;
    purga un pecado ajeno: la cordura,
    la terrible cordura del idiota.

    A un olmo seco

    Al olmo viejo, hendido por el rayo
    y en su mitad podrido,
    con las lluvias de abril y el sol de mayo
    algunas hojas verdes le han salido.

    ¡El olmo centenario en la colina
    que lame el Duero! Un musgo amarillento
    le mancha la corteza blanquecina
    al tronco carcomido y polvoriento.

    No será, cual los álamos cantores
    que guardan el camino y la ribera,
    habitado de pardos ruiseñores.

    Ejército de hormigas en hilera
    va trepando por él, y en sus entrañas
    urden sus telas grises las arañas.

    Antes que te derribe, olmo del Duero,
    con su hacha el leñador, y el carpintero
    te convierta en melena de campana,
    lanza de carro o yugo de carreta;
    antes que rojo en el hogar, mañana,
    ardas de alguna mísera caseta,
    al borde de un camino;
    antes que te descuaje un torbellino
    y tronche el soplo de las sierras blancas;
    antes que el río hasta la mar te empuje
    por valles y barrancas,
    olmo, quiero anotar en mi cartera
    la gracia de tu rama verdecida.
    Mi corazón espera
    también, hacia la luz y hacia la vida,
    otro milagro de la primavera.

    Retrato

    Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
    y un huerto claro donde madura el limonero;
    mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
    mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

    Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
    —ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
    más recibí la flecha que me asignó Cupido,
    y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

    Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
    pero mi verso brota de manantial sereno;
    y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
    soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

    Adoro la hermosura, y en la moderna estética
    corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
    mas no amo los afeites de la actual cosmética,
    ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

    Desdeño las romanzas de los tenores huecos
    y el coro de los grillos que cantan a la luna.
    A distinguir me paro las voces de los ecos,
    y escucho solamente, entre las voces, una.

    ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
    mi verso, como deja el capitán su espada:
    famosa por la mano viril que la blandiera,
    no por el docto oficio del forjador preciada.

    Converso con el hombre que siempre va conmigo
    —quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
    mi soliloquio es plática con ese buen amigo
    que me enseñó el secreto de la filantropía.

    Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
    A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
    el traje que me cubre y la mansión que habito,
    el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

    Cuando llegue el día del último vïaje,
    y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
    me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
    casi desnudo, como los hijos de la mar.

    A Juan Ramón Jiménez

    Era una noche del mes
    de mayo, azul y serena.
    Sobre el agudo ciprés
    brillaba la luna llena,
    iluminando la fuente
    en donde el agua surtía
    sollozando intermitente.
    Sólo la fuente se oía.
    Después, se escuchó el acento
    de un oculto ruiseñor.
    Quebró una racha de viento
    la curva del surtidor.
    Y una dulce melodía
    vagó por todo el jardín:
    entre los mirtos tañía
    un músico su violín.
    Era un acorde lamento
    de juventud y de amor
    para la luna y el viento,
    el agua y el ruiseñor.
    «El jardín tiene una fuente
    y la fuente una quimera…»
    Cantaba una voz doliente,
    alma de la primavera.
    Calló la voz y el violín
    apagó su melodía.
    Quedó la melancolía
    vagando por el jardín.
    Sólo la fuente se oía.

    A don Ramón del Valle-Inclán

    Yo era en mis sueños, don Ramón, viajero
    del áspero camino, y tú, Caronte
    de ojos de llama, el fúnebre barquero
    de las revueltas aguas de Aqueronte.
    Plúrima barba al pecho te caía.
    (Yo quise ver tu manquedad en vano.)
    Sobre la negra barca aparecía
    tu verde senectud de dios pagano.
    Habla, dijiste, y yo: cantar quisiera
    loor de tu Don Juan y tu paisaje,
    en esta hora de verdad sincera.
    Porque faltó mi voz en tu homenaje,
    permite que en la pálida ribera
    te pague en áureo verso mi barcaje.

    A don Miguel de Unamuno

    Este donquijotesco
    don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,
    lleva el arnés grotesco
    y el irrisorio casco
    del buen manchego. Don Miguel camina,
    jinete de quimérica montura,
    metiendo espuela de oro a su locura,
    sin miedo de la lengua que malsina.

    A un pueblo de arrieros,
    lechuzos y tahúres y logreros
    dicta lecciones de Caballería.
    Y el alma desalmada de su raza,
    que bajo el golpe de su férrea maza
    aún durme, puede que despierte un día.

    Quiere enseñar el ceño de la duda,
    antes de que cabalgue, el caballero;
    cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda
    cerca del corazón la hoja de acero.

    Tiene el aliento de una estirpe fuerte
    que soñó más allá de sus hogares,
    y que el oro buscó tras de los mares.
    Él señala la gloria tras la muerte.
    Quiere ser fundador, y dice: Creo;
    Dios y adelante el ánima española…
    Y es tan bueno y mejor que fue Loyola:
    sabe a Jesús y escupe al fariseo.

  • Seis poemas de José Zorrilla

    Ya hace 201 años del nacimiento del poeta José Zorrilla. Queremos recordarle con una selección de lo que considero los  seis mejores poemas de José Zorrilla, poeta y dramaturgo del siglo XIX.

    Corriendo van por la vega

    Corriendo van por la vega
    a las puertas de Granada
    hasta cuarenta gomeles
    y el capitán que los manda.
    Al entrar en la ciudad,
    parando su yegua blanca,
    le dijo éste a una mujer
    que entre sus brazos lloraba:

    “Enjuga el llanto, cristiana
    no me atormentes así,
    que tengo yo, mi sultana,
    un nuevo Edén para ti.

    Tengo un palacio en Granada,
    tengo jardines y flores,
    tengo una fuente dorada
    con más de cien surtidores,
    y en la vega del Genil
    tengo parda fortaleza,
    que será reina entre mil
    cuando encierre tu belleza.
    Y sobre toda una orilla
    extiendo mi señorío;
    ni en Córdoba ni en Sevilla
    hay un parque como el mío.
    Allí la altiva palmera
    y el encendido granado,
    junto a la frondosa higuera,
    cubren el valle y collado.
    Allí el robusto nogal,
    allí el nópalo amarillo,
    allí el sombrío moral
    crecen al pie del castillo.
    Y olmos tengo en mi alameda
    que hasta el cielo se levantan
    y en redes de plata y seda
    tengo pájaros que cantan.

    Y tú mi sultana eres,
    que desiertos mis salones
    están, mi harén sin mujeres,
    mis oídos sin canciones.
    Yo te daré terciopelos
    y perfumes orientales;
    de Grecia te traeré velos
    y de cachemira chales.
    Y te daré blancas plumas
    para que adornes tu frente,
    más blanca que las espumas
    de nuestros mares de Oriente.
    Y perlas para el cabello,
    y baños para el calor,
    y collares para el cuello;
    para los labios…¡amor!

    “¿Qué me valen tus riquezas
    -respondióle la cristiana-,
    si me quitas a mi padre,
    mis amigos y mis damas?
    Vuélveme, vuélveme, moro
    a mi padre y a mi patria,
    que mis torres de León
    valen más que tu Granada”

    Escuchóla en paz el moro,
    y manoseando su barba,
    dijo como quien medita,
    en la mejilla una lágrima:

    “Si tus castillos mejores
    que nuestros jardines son,
    y son más bellas tus flores,
    por ser tuyas, en León,
    y tú diste tus amores
    a alguno de tus guerreros,
    hurí del Edén*, no llores;
    vete con tus caballeros”

    Y dándole su caballo
    y la mitad de su guardia,
    el capitán de los moros
    volvió en silencio la espalda.

    Oriental

    Dueña de la negra toca,
    la del morado monjil,
    por un beso de tu boca
    diera a Granada Boabdil.

    Diera la lanza mejor
    del Zenete más bizarro,
    y con su fresco verdor
    toda una orilla del Darro.

    Diera la fiesta de toros,
    y si fueran en sus manos,
    con la zambra de los moros
    el valor de los cristianos.

    Diera alfombras orientales,
    y armaduras y pebetes,
    y diera… ¡que tanto vales!,
    hasta cuarenta jinetes.

    Porque tus ojos son bellos,
    porque la luz de la aurora
    sube al Oriente desde ellos,
    y el mundo su lumbre dora.

    Tus labios son un rubí,
    partido por gala en dos…
    Le arrancaron para ti
    de la corona de Dios.

    De tus labios, la sonrisa,
    la paz de tu lengua mana…
    leve, aérea, como brisa
    de purpurina mañana.

    ¡Oh, qué hermosa nazarena
    para un harén oriental,
    suelta la negra melena
    sobre el cuello de cristal,

    en lecho de terciopelo,
    entre una nube de aroma,
    y envuelta en el blanco velo
    de las hijas de Mahoma!

    Ven a Córdoba, cristiana,
    sultana serás allí,
    y el sultán será, ¡oh sultana!,
    un esclavo para ti.

    Te dará tanta riqueza,
    tanta gala tunecina,
    que ha de juzgar tu belleza
    para pagarle, mezquina.

    Dueña de la negra toca,
    por un beso de tu boca
    diera un reino Boabdil;
    y yo por ello, cristiana,
    te diera de buena gana
    mil cielos, si fueran mil.

    El trovador

      I
    De un elevado castillo
    que Arlanza orgulloso baña,
    un trovador elegante
    en la puente se paraba.
    En el rastrillo golpea
    con el pomo de una daga,
    y en los góticos salones
    ronco el eco se propaga.
    Un joven doncel, del fuerte
    presentóse en la muralla,
    y con semblante halagüeño
    dijo en alta voz: ¿Quién llama?
    El Trovador que le ha oido
    dirigióle aquesta fabla:
    -Si llegado es en buenhora,
    un pacífico infanzón
    que envía a vuestra señora
    don Rodrigo de Aragón.-
    Se alzó a este tiempo el rastrillo,
    y en el patio tuvo entrada;
    un paje tomó el corcel
    por las riendas plateädas,
    y el gallardo trovador
    por los salones se entraba.

    II

    Confuso ruido se oía
    en la sala principal,
    y el extranjero
    hacía ella se dirigía
    en continente marcial
    muy altanero.
    Hallóla toda ocupada
    de galanes y de bellas
    en gran festín;
    doña Blanca de Moncada
    se ve la primera entre ellas
    como la rosa mas orgullosa
    en un jardín.
    El día feliz memora
    en que la luz primera vió;
    y a su lado
    por eso, gentil señora,
    tanta dama encantadora,
    tanto héroe celebrado
    hoy reunió.

    III

    Entró do estaba el convite
    gentil el recién venido;
    hizo gracia
    con el morado sombrero,
    y atrevido
    en denodado ademán
    a doña Blanca se fué;
    y después de haber pedido
    su venia, ante ella galán
    quedó en pie.
    La dama se la otorgó
    y así el trovador habló:

    IV

     Don Enrique mi señor,
    el cuarto Enrique es,
    me manda donde me ves,
    a mi, que soy trovador,
    trovador aragonés.
    Diz que es hoy vuestro natal,
    y este monarca del mundo
    quiere honrarlo como tal,
    que el cuarto Enrique así val
    como val Juan el segundo.
    Y una trova te ragala
    que trova de amores es
    y ninguna se la iguala;
    por eso vine de gala,
    trovador aragonés.-
    – Yo a tu señor agradezco,
    -doña Blanca respondió-
    de un amor que no merezco
    esta prueba que me dió.
    Y a estas damas placerá
    y galanes que aquí ves
    trova de amores
    que cantará
    trovador aragonés.

    V

    Un dia risueño
    prepara la aurora
    ¡Feliz la señora
    del alto Muñón!
    ¡OH cuántas personas
    se ven a su lado!
    ¡Cuánto señalado
    valiente infanzón!
    Un buho funesto
    que cerca habitaba.
    Lejano graznaba.
    ¡Se le vido huir!
    La blanca paloma
    ocupa su nido;
    su amante gemido
    se acaba de oir.

    Porque hoy es el día
    de Blanca fermosa,
    la más bella rosa
    que tiene el jardín.

    VI

    Su dulce voz espiró,
    y sus ecos repitieron
    las bóvedas de Muñó.
    Y en vano le pidieron
    quedase en el castillo.
    No pueden los caballeros
    ni las damas alcanzallo,
    que ha perdido su caballo
    y mandó
    que le alzaran el rastrillo;
    despidióse muy cortés
    y dijóles al partir:
    ” Quedárame hasta mañana
    en este festín de amor,
    y fuera de buena gana;
    más de Enrique mi señor
    otra la voluntad es,
    y yo soy su trovador,
    trovador y aragonés”.

    A la memoria desgraciada del joven literato

    Ese vago clamor que rasga el viento
    es la voz funeral de una campana;
    vano remedo del postrer lamento
    de un cadáver sombrío y macilento
    que en sucio polvo dormirá mañana.

    Acabó su misión sobre la tierra,
    y dejó su existencia carcomida,
    como una virgen al placer perdida
    cuelga el profano velo en el altar.
    Miró en el tiempo el porvenir vacío,
    vacío ya de ensueños y de gloria,
    y se entregó a ese sueño sin memoria,
    ¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

    Era una flor que marchitó el estío,
    era una fuente que agotó el verano:
    ya no se siente su murmullo vano,
    ya está quemado el tallo de la flor.
    Todavía su aroma se percibe,
    y ese verde color de la llanura,
    ese manto de yerba y de frescura
    hijos son del arroyo creador.

    Que el poeta, en su misión
    sobre la tierra que habita,
    es una planta maldita
    con frutos de bendición.

    Duerme en paz en la tumba solitaria
    donde no llegue a tu cegado oído
    más que la triste y funeral plegaria
    que otro poeta cantará por ti.
    Ésta será una ofrenda de cariño
    más grata, sí, que la oración de un hombre,
    pura como la lágrima de un niño,
    ¡memoria del poeta que perdí!

    Si existe un remoto cielo
    de los poetas mansión,
    y sólo le queda al suelo
    ese retrato de hielo,
    fetidez y corrupción;
    ¡digno presente por cierto
    se deja a la amarga vida!
    ¡Abandonar un desierto
    y darle a la despedida
    la fea prenda de un muerto!

    *

    Poeta, si en el no ser
    hay un recuerdo de ayer,
    una vida como aquí
    detrás de ese firmamento…
    conságrame un pensamiento
    como el que tengo de ti.

    A mi amigo D. Antonio García Gutiérrez.

    ¡Ay! Aparta, falaz pensamiento,
    Que eterno en el alma bulléndome estás,
    Falsa luz que al impulso del viento,
    En vez de guiarme perdiéndome vas.

    Tras de ti por las sombras camino,
    Ni noche ni día descanso tras ti;
    Es seguirte tal vez mi destino,
    Y acaso es el tuyo guardarte de mí.

    Misteriosa visión de mi vida,
    Más vaga que el caos en forma y color,
    Te comprendo en mí mismo perdida,
    Cual sueño penoso, cual sombra de amor.

    Ya tu blanda amorosa sonrisa
    Me presta esperanza, me aviva la fe;
    Cual flor eres que aroma la brisa
    Y en seco desierto olvidada se ve

    Ya tu imagen sombría y medrosa
    Me ciega y me arrastra en su curso veloz,
    Como nube que rueda espantosa
    En brazos del viento al compás de su voz.

    Ya cual ángel de paz te contemplo,
    Y ya cual fantasma sangrienta y tenaz;
    En el valle, en la roca, en el templo,
    Te alcanzo a lo lejos hermosa y fugaz.

    Por doquiera te encuentran mis ojos;
    No miro ni tengo más rumbo doquier,
    Ya te muestres preñada de enojos,
    Fantasma enemiga o risueña mujer.

    Yo no sé de tu esencia el misterio,
    Tu nombre y tu vago destino no sé,
    Ni cuál es tu ignorado hemisferio,
    Ni adónde perdido siguiéndote irá.

    Mas no encuentro otro fin a mi vida,
    Más paz, ni reposo, ni gloria que tú,
    Que en el cóncavo espacio perdida,
    Tu alcázar es su ancho dosel de tisú.

    Por su rica región las estrellas
    A veces brillante camino te dan,
    Y otras veces tus místicas huellas
    Por mares de sombras perdiéndose van.

    Una brisa en las ramas sonando,
    Que dice tu nombre imagino tal vez,
    Y un relámpago raudo pasando,
    Tu forma me muestra en fatal rapidez.

    Yo, postrado al mirarte de hinojos,
    Doquier que apareces levanto un altar,
    Y arrasados en llanto los ojos,
    Tal vez insensato te voy a adorar.

    Mas al ir a empezar mi conjuro,
    Mi torpe blasfemia o mi casta oración,
    El Oriente en su cóncavo impuro.
    Me sorbe irritado mi blanca visión.

    Y tu imagen me queda en la mente
    Informe, insensible, cual bulto sin luz
    Que se crea el temor de un demente,
    De lóbrega noche entre el negro capuz.

    Sueño, estrella o espectro, ¿quién eres?
    ¿Qué buscas, fantasma, qué quieres de mí?
    ¿No hay sin ti ni dolor ni placeres?
    ¿No hay lecho, ni tumba, ni mundo sin ti?

    ¿No hay un hueco do esconda mi frente?
    ¿No hay venda que pueda mis ojos cegar?
    ¿No hay beleño que aduerma mi mente,
    Que hierve encerrada de sombra en un mar?…

    ¡Oh! Si gozas de voz y de vida,
    Si tienes un cuerpo palpable y real,
    Deja al menos, fantasma querida,
    Que goce un instante tu vista inmortal.

    Dame al menos un sí de esperanza,
    Alguna sonrisa, fugaz serafín,
    Con que espere algún día bonanza
    El golfo del alma que bulle sin fin.

    Mas si es sólo ilusión peregrina
    Que el ánima ardiente soñando creó,
    ¡Ay! deshaz esa sombra divina
    Que viene conmigo doquier que voy yo.

    Sí, deshazla, que en vano la miro
    En torno a mis ojos errante vagar,
    Si cual débil y triste suspiro
    Se pierde en los vientos al irla a abrazar.

    Sí, deshazla, que torpe mi mano,
    Su mano en la sombra jamás encontró,
    Ni el más flébil lamento liviano,
    Avaro en mi oído su labio posó.

    Muere al fin, ¡oh visión de mi vida!
    Más vaga que el caos en forma o color,
    A quien siento en mí mismo perdida,
    Cual sueño penoso, cual sombra de amor.

    Mas ¿qué fuera del triste peregrino
    Que cruzando sediento el arenal
    No encontrara jamás en su camino
    Mansa sombra ni fresco manantial?

    De esta vida en la noche tormentosa,
    ¿Qué rumbo ni qué término seguir?
    Sin tu vaga presencia misteriosa,
    Sin tu blanca ilusión, ¿cómo vivir?

    Abriéranse mis ojos a mirarte,
    Mis oídos tus pasos a escuchar,
    Y al fin, desesperados de encontrarte,
    Tornáranse en tinieblas a cerrar.

    Despertara en la noche solitaria
    De tus palabras al fingido son,
    Y sólo respondiera a mi plegaria
    El latido del triste corazón.

    ¡Sombra querida, sin cesar conmigo
    Mis lentas horas hechizando ven,
    Y el desierto arenal será contigo,
    Huerto frondoso y perfumado Edén!

    No expires, misterioso pensamiento
    Que dentro oculto de mi mente vas,
    Aunque no alcance el corazón sediento
    Tu tanta esencia a comprender jamás.

    No sepa nunca tu verdad dudosa;
    Vélame, si lo quieres, tu razón;
    Disípate a lo lejos vagarosa,
    Mas sé siempre mi cándida ilusión.

    Al fin sabré que junto a ti respiro,
    Que estás velando junto a mí sabré,
    Y que aun brilla oscilando en lento giro
    La consumida antorcha de mi fe.

    ¿Qué me importa tu esencia ni tu nombre,
    Genio hermoso, o quimérica ilusión,
    Si en esta soledad, cárcel del hombre,
    Dentro de ti te guarda el corazón?

    ¿Qué me importa jamás saber quién eres,
    Astro de cuya luz gozando voy,
    Término de mi afán y mis placeres,
    Dios que sin fin idolatrando estoy?

    Quienquiera que seas, vano pensamiento,
    Mujer hermosa que soñando vi,
    O recuerdo o tenaz remordimiento,
    Ni un solo instante viviré sin ti.

    Si eres recuerdo endulzarás mi vida,
    Si eres remordimiento te ahogaré,
    Si eres visión te seguiré perdida,
    Si eres una mujer yo te amaré.

    Pereza

    ¡Cuán descansadamente,
    Lejos del vano mundo, se reposa
    A la orilla de límpida corriente
    O de un moral bajo la sombra hojosa!

    En el césped mullido,
    Sin luz los ojos, sin vigor los brazos,
    De la tranquila soledad el ruido
    Se pierde por la atmósfera a pedazos.

    El ánima descansa
    De la ciega pasión y su braveza,
    Y el cuerpo, presa de indolencia mansa,
    Se goza en su pacífica pereza.

    Entonces, no el tesoro
    Ni la sed del placer el alma aviva;
    El más rico licor, en copa de oro,
    Entonces se desprecia y no se liba.

    La mente no se inquieta
    Por pensamientos de dolor cercada:
    Que a su honda languidez yace sujeta,
    Y a su propia impotencia encadenada.

    Sin luz el ojo vago,
    Sin un sonido sobre el labio abierto,
    Pasa la vida cual por hondo lago
    De incierta luz el resplandor incierto.

    Así vuelan las horas,
    Y así pasan pacíficas y bellas,
    Cual las aves del viento voladoras,
    Cual la cobarde luz de las estrellas?.

    Así el pesar se aduerme,
    Y al grato son de una aura que murmura,
    Tal vez se goza del reposo inerme
    Que confunde el pesar con la ventura.

    Así mis horas quiero
    Que pasen sin valor y sin fortuna,
    Ya al manso son del céfiro ligero,
    Ya al resplandor de la amarilla luna.

    Ven, amorosa Elvira,
    Ven a mis brazos, que de amor sediento,
    El perezoso corazón suspira
    Por ver tus ojos, por beber tu aliento.

    Ven, adorado dueño,
    Sepa que estás, en mi descanso inerte,
    Cercado mí para velar mi sueño;
    Cerca, hermosa, de mí cuando despierte.

    Yo, en la hierba tendido,
    En la sombra de un álamo frondoso,
    Entreveré, con ojo adormecido,
    Cuál velas mi descanso silencioso.

    El sol, a lento paso,
    Hundió en el mar su faz esplendorosa,
    Marcando su camino en el ocaso
    Vivo arrebol de púrpura y de rosa,

    El agua, mansamente,
    Con monótono arrullo le despide;
    Y arrastrando sus ondas lentamente,
    El ancho espacio de sus ondas mide.

    Sólo queda en la tierra
    El vapor del crepúsculo dudoso,
    Y el vago aroma que la flor encierra,
    Se esparce por el aire vagaroso.

    Y las fuentes corriendo,
    Y las brisas volando, se estremecen,
    Y su soplo en los árboles creciendo,
    A su soplo los árboles se mecen.

    Trémulas van las olas
    Bajo sus alas mansas y ligeras,
    Reflejando las sueltas banderolas
    De las naves que el mar surcan veleras.

    Y la luna argentina,
    La bóveda al cruzar del firmamento,
    La inmensidad del Bósforo ilumina,
    Color prestando al invisible viento.

    Y al son del mar vecino,
    Y al murmullo del viento caluroso,
    Y al reflejo del éter cristalino,
    Se aduerme el cuerpo en lánguido reposo

    En la quietud amiga
    De la callada noche macilenta,
    Hasta la misma languidez fatiga,
    Y el ánima se rinde soñolienta.

    ¡Oh! Bien haya el estío
    Con su tranquila y bochornosa calma,
    Que roba al corazón su ardiente brío
    Y en blanda inercia nos aduerme el alma

    Ya de ese insomnio presa,
    Me faltan voluntad y pensamiento,
    Y hasta mi cuerpo sin valor me pesa,
    Y el son me cansa de mi propio aliento.

    Dadme deleites, dadme;
    Henchidme de placeres los sentidos;
    Venid, eunucos, y al harén llevadme
    En vuestros brazos, al placer vendidos.

    Abridme esas ventanas,
    Dadme a beber el aura de la noche
    Y a saborear las ráfagas livianas
    Que a la flor rasgan su aromado broche.

    Quiero al son de las olas
    Secar un corazón en solo un beso;
    Traedme mis esclavas españolas,
    Que el mío tienen en sus ojos preso.

    Venid, venid, hermosas,
    Divertidme con danzas y canciones;
    Venid en lechos de fragantes rosas,
    Venid, blancas y espléndidas visiones,

    Quemad en mis pebetes
    Cuanto aroma encontréis en mi palacio,
    Y respiren sus anchos gabinetes
    Ámbar opreso en reducido espacio.

    Ven, voluptuosa Elvira,
    Trénzame con tu mano mis cabellos;
    Y tú, Inés, por quien Málaga suspira,
    Nardo derrama y azahar en ellos.

    Traedme a esos esclavos
    Que aportan mis bajeles viento en popa;
    Presa que hicieron mis piratas bravos
    En un rincón de la dormida Europa.

    Vengan a mi presencia,
    Y al son de sus extraños instrumentos
    Sirvan a mi poder y a mi opulencia,
    Si no con su canción, con sus lamentos.

    Dadme deleites, dadme;
    Cúbreme, Elvira, con tu chal de espumas,
    Y las tostadas sienes refrescadme
    Con abanicos de rizadas plumas.

    Suene en mi torpe oído
    Su suave son como murmullo blando
    De arroyo que a la mar baja perdido,
    De peña en peña juguetón rodando;

    Cual tórtola que llama,
    Con lento arrullo que en el viento pierde,
    La descarriada tórtola a quien ama,
    De árbol sombrío en el columpio verde.

    Danzad mientras reposo,
    Cantad en derredor mientras descanso,
    Y no sienta en mi sueño voluptuoso
    Más que murmullo lisonjero y manso.