Ahmad ibn Fadlan

Estimado lector, quiero que juntos hagamos un ejercicio de imaginación. La historia que te voy a contar se remonta a un tiempo en donde los confines del mundo eran custodiados por serpientes marinas que amenazaban con engullir y arrastrar a las profundidades del mar a los marinos que desafiaban los límites de lo desconocido. Una época en donde viajar era una aventura de la que podías salir vivo y tener una gran historia que contar, o muerto por las amenazas que podía uno encontrarse en el camino: asaltadores, bestias, guerras, enfermedades o inclemencias temporales.

Era una época en donde la niebla no traía nada bueno, las leyendas cobraban vida y los miedos más ancestrales caminaban por la noche entre las casas de las villas en valles custodiados por viejas colinas.

Pese a los peligros, la historia está llena de personas que desafiaron a sus temores y partieron hacia tierras remotas. Entre esos personajes encontramos a uno al que le debemos mucho y que no muchos conocen. Al servicio de Nadir al-Harami, un embajador del califa abbasí al-Muqtadir, se encontraba Ahmad ibn Fadlan, un escritor y viajero. El 21 de junio del año 921 partió en una embajada hacia la tierra de los búlgaros, en una misión diplomática, pero la misión jamás llego a cumplirse.

Mientras navegaban por el rio Volga, un grupo de vikingos de la región secuestró la embajada. Ahmad ibn Fadlan, quien estaba acostumbrado a ver gente del desierto, quedó asombrado por la apariencia física de los nórdicos. En su relato podemos leer:

   «Nunca he visto ejemplares físicos más perfectos, altos como palmeras datileras, rubios y de complexión rubicunda. Cada hombre tiene un hacha, una espada y un cuchillo, y no se separa de ellos en ningún momento.»

   Estuvo 3 años conviviendo con aquella comunidad de nórdicos, viviendo junto a ellos toda clase de aventuras. Le debemos a Ahmad ibn Fadlan la primera descripción del rito funerario vikingo, que describe con todo lujo de detalles:

«Un día murió uno de los jefes de la expedición vikinga y el embajador pudo seguir los ritos funerarios desde su comienzo hasta su final. Para empezar colocaron el cadáver en una tumba provisional sobre la que instalaron un tosco tejado y allí estuvo durante diez días mientras le confeccionaban el vestuario mortuorio. Si el difunto era un hombre pobre construían una rudimentaria barca en la que le colocaban y le quemaban después. Pero si era un hombre rico, de su fortuna hacían tres partes: una para su familia, otra para los vestidos mortuorios y otra para preparar una bebida muy fuerte, llamada nabidh, que los deudos y amistades del difunto bebían sin descanso hasta el día de la incineración del cadáver. Cuando un gran personaje muere los familiares preguntan a sus esclavos, hombres y mujeres, quién quiere morir con él y acompañar al difunto a ultratumba. Si alguien dice «yo», ya no puede volverse atrás. La esclava, porque generalmente son mujeres las que se ofrecen para el sacrificio, se ve separada de la familia y confiada a dos jóvenes muchachas que cuidan de ella, la acompañan adondequiera que va y la lavan cuidadosamente. Mientras tanto se confeccionan los vestidos que ha de llevar el cadáver y la esclava bebe y canta continuamente sin perder la alegría. Cuando llegó el día en que el hombre tenía que ser incinerado y la muchacha con él, los asistentes tomaron una barca, la colocaron sobre las arenas de la playa y a su alrededor pusieron gran cantidad de madera. Sobre la barca depositaron la cama en que había dormido el difunto y la cubrieron con colchones y almohadas de brocado. Llegó en esto una vieja, a la que llamaban el Ángel de la Muerte, encargada de arreglar todo el paramento que se había preparado y de matar a la esclava. Fueron luego todos a la tumba en que habían sepultado al muerto, al que desenterraron junto con unas botellas de nabidh, frutas y otros alimentos. Vistieron el cadáver con pantalones, botas, una túnica y un caftán de brocado con botones de oro y colocaron sobre su cabeza una gorra de brocado y pieles de marta. Le llevaron a la barca, le sentaron sobre el colchón y lo sostuvieron con cojines y almohadas. Colocaron junto a él el imprescindible nabidh, frutas, plantas olorosas, pan, carne y cebolla. Después partieron en dos a un perro y lo dejaron a sus pies. Mataron dos caballos a los que previamente habían hecho correr hasta que estuvieron sudados, los cortaron a trozos con los sables y su carne fue colocada sobre la barca; lo mismo hicieron con dos vacas, un gallo y una gallina. Mientras esto sucedía la esclava que debía morir visitaba a los diversos jefes del campamento y se unía sexualmente con ellos, que, cuando terminaban la agradable ceremonia, le decían: “Di a tu amo que lo hemos hecho por amor a él”. Cuando llegó el momento de la oración del viernes pusieron los hombres a la esclava sobre una ancha tabla y la levantaron tres veces lo más arriba que podían mientras ella pronunciaba unas palabras. Cuando terminó la ceremonia le presentaron una gallina a la que cortó la cabeza y que fue depositada en la barca como se había hecho con los otros animales. El viajero que narra esta ceremonia preguntó a un intérprete qué había dicho la muchacha mientras la elevaban sobre la tabla. La primera vez había dicho: “He aquí que veo a mi padre y a mi madre”. La segunda vez: “He aquí que veo sentados a todos mis parientes muertos”. Y la tercera: “He aquí que veo a mi amo sentado en el paraíso y el paraíso es hermoso y verde. Con él hay hombres y muchachas y me llama. Llevadme hacia él”. La llevaron a la barca, en donde ella se quitó dos brazaletes y los entregó a la mujer llamada el Ángel de la Muerte. Dio otras joyas a las muchachas y subió inmediatamente a la barca funeraria. Después los hombres la rodearon con escudos y bastones. Le entregaron una copa de nabidh que bebió de un trago. Después cantó la joven unas estrofas con las que se despedía de sus compañeras. Le entregaron una segunda copa y varias más, tras lo cual entró en el lugar que ocupaba el cadáver de su amo. Los hombres golpeaban sus escudos para que no se oyesen los gritos de la esclava y uno tras otro, hasta seis, cohabitaron con ella. A continuación la acostaron al lado de su amo. Dos la tomaron por los pies y otros dos por las manos. El Ángel de la Muerte le colocó una cuerda en el cuello dándole una vuelta y entregó las extremidades a dos hombres para que tirasen de ella. Se acercó a la muchacha y con un puñal le atravesó el corazón mientras los dos hombres la estrangulaban. A continuación el más joven de los parientes del muerto tomó una antorcha y completamente desnudo, con una mano cubriendo el orificio de su ano, prendió fuego a los maderos que rodeaban la barca. Después todos, con teas y leños, ayudaron a propagar el incendio, que destruyó la barca y todo lo que contenía».

En una de sus aventuras junto con los vikingos se encuentra con un grupo del que se ha especulado mucho y del que se dispone de muy poca información: los Wendol. Ahmad ibn Fadlan los describe como seres más cercanos a las bestias que a los hombres. Habla de ellos como si se tratase de una civilización cavernaria caníbal. En sus relatos siempre atacan con la bruma, por eso los llama «los monstruos de la niebla». A los vikingos les impresionaba lo sigiloso que eran y la extrema crueldad con la que atacaban. Lo que más les afligía era que sospechaban que esos seres usaban la carne de los guerreros para alimentar a las mujeres, algo que consideraban tan deshonroso que podría cerrarles las puertas del Valhala.

En el relato habla de los enfrentamientos que tuvieron contra estos seres. La polémica respecto a ellos es que, si tomamos las referencias de forma literal, Ahmad ibn Fadlan estaría hablando de seres neandertales, algo que trajo mucha polémica ya que se considera improbable que en el siglo X quedase alguno. De todas formas, como la información es muy difusa, y cuesta encontrar referencias al respecto, hay que tener la referencia a los Wendol como una anécdota curiosa.

«No elogies el día hasta que llegue la noche; a una mujer, hasta que haya sido quemada; el hielo, hasta que haya sido atravesado; la cerveza, hasta que haya sido bebida.»

PROVERBIO VIKINGO

«La maldad es antigua.»

PROVERBIO ÁRABE

Cómo fue Ibn Fadlan

   A penas se sabe mucho acerca de la historia personal de Ahmad ibn Fadlan. Se sabe por sus escritos que fue un hombre muy culto. Pese a pertenecer, a la familia del califa no profesaba simpatía hacia él. Gracias a su obra podemos saber que fue un hombre inteligente y muy observador. Se interesaba por la vida cotidiana y religiosa de la gente. Pese a ver un mundo vulgar, incívico y obsceno, como el mismo describe «Son las más sucias criaturas de Alá: no se purifican después de excretar u orinar, ni se bañan antes de haber practicado el impuro ritual del coito y tampoco se lavan sus manos antes de comer», no pierde mucho tiempo en expresarlo y pasa directamente a relatar con absoluta objetividad e imparcialidad lo que ve en su día a día.

   En su obra vemos el choque tan brutal que sufre durante su periplo. Hay que tener en cuenta que en el siglo X, Bagdad era la ciudad de la paz, sin duda fue en su tiempo el lugar más civilizado de la tierra. Más de un millón de personas vivían entre sus muros. Fue el centro intelectual, comercial y artístico de su tiempo. Por otro lado, durante su cautiverio, pudo ver otra realidad, un mundo hostil, frio, sucio, de costumbres incívicas e inhumanas, que relata con objetividad en su obra.

Michael Crichton y Ahmad ibn Fadlan

   Los lectores de la ciencia ficción saben de sobra quien es Michael Crichton. Es famoso por haber escrito novelas que han sido llevadas a la gran pantalla, la más famosa Parque Jurásico y El Mundo Perdido, además de La amenaza de Andrómeda. Incluso hoy en día sigue siendo inspiración para muchos, llegándose a hacer una serie en la plataforma Netflix inspirada en un guion de una película que él escribió: Westworld.

   ¿Qué relación hay entre Michael Crichton y Ahmad ibn Fadlan? Fue el escritor quien dio forma a los datos que había sobre el viaje del famoso viajero árabe, y con ello escribió una novela llamada Los devoradores de cadáveres. Años después su obra sirvió como base para el rodaje de la película El guerrero número 13, que tiene como protagonista a Antonio Banderas.

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