Carta de Beethoven a Wegeler

   Una de las mayores ironías de la historia fue Beethoven y la sordera. El destino fatídico y la injusticia  para con el compositor no pudo ser mayor. Fue al comienzo de su carrera como compositor, tras presentar su Primera Sinfonía, cuando comenzó a presentar los primeros síntomas. Pese a ello, conforme evolucionaba su sordera también lo hacía sus composiciones. Cómo vivio el compositor su sordera lo sabemos gracias a una carta de Beethoven a Wegeler.

   El British Medical Journal, tras haber analizado algunas de sus composiciones, estudiando las notas, los registros y los instrumentos, concluyó que su sordera influyó en sus composiciones. En sus primeras composiciones usaba las notas más agudas, pero poco a poco fue dando paso al uso de las notas más bajas y medias, a medida que su sordera avanzaba.

   No fue un acto inconsciente, Beethoven ya era consciente de la pérdida auditiva que sufría, y así quedó reflejado en una carta que envió en el año 1801 a su amigo, el médico Wegeler, cuando contaba con 21 años. En su carta quedó reflejada la angustia y la preocupación que asolaba al compositor a medida que perdía su sentido. El oído izquierdo fue el primero en verse afectado, para más tarde extenderse al oído derecho.

   Los amigos que tuvo Beethoven fueron consciente de ello y son varios los testimonios que tenemos que reflejan la preocupación que tuvieron con el compositor.

«…Debes saber que mi facultad más alta, mi oído, se ha visto grandemente deteriorada…»

Carta a Karl Amenda 07 de 1801.

«…Por dos años, he evitado casi toda reunión social, porque me es imposible decirle a la gente “hable más fuerte, estoy sordo”…Si yo perteneciera a cualquier otra profesión esto sería más fácil, pero en la mía el hecho es algo aterrador…»

Carta a Franz Gerhard Wegeler 06 de 1801

   «En el teatro tengo que estar muy cerca de la orquesta para entender a los intérpretes y desde lejos no escucho las notas más altas de los instrumentos y las voces de los cantantes. A veces también me cuesta escuchar a las personas que hablan en voz baja. El sonido que se oye es cierto, pero no las palabras. Y, sin embargo, si alguien grita no puedo soportarlo».

Carta a Franz Gerhard Wegeler 06 de 1801

¿Cómo influyó su sordera en sus composiciones?

   Cuando rondaba los 42 años había que dirigirse a él en voz alta, incluso se vio en la necesidad de tener que usar unas trompetillas para poder escuchar mejor, pero la sordera fue incrementándose, y se vio en la necesidad de tener que usar una libreta para comunicarse, su famoso Cuaderno de conversación.

   Hay una famosa anécdota en donde se cuenta cómo el director de orquesta, tras terminar de interpretar en mayo de 1824, en el teatro Kärntnertor, la 9ª sinfonía  hizo un gesto a su orquesta de desánimo, pues no percibió ninguna reacción del público. En ese momento, uno de los solistas se levantó y cogió del brazo a Beethoven, para que se girase, y cuando lo hizo vio a todo el teatro vienés en pie, pisoteando el suelo y aplaudiendo, ovacionando al compositor.

   Con 55 años su sordera fue total. Estando sordo desarrolló la capacidad de imaginar los sonidos en su mente y transcribirlos al papel. Las obras que compuso en su último periodo son de una complejidad asombrosa, tanto que los compositores actuales afirman que tocar una de sus últimas composiciones es equivalente a escalar el monte Everest sin oxígeno.


Como dijo el genial compositor al presentir el final de sus días…

¡Aplaudid amigos, la función ha terminado!


Carta de Beethoven a Wegeler:

Mi bueno y querido Wegeler:

¡Cuánto te agradezco tu recuerdo y qué poco he hecho para ser digno de él!; pero tú eres tan bueno que por nada te disgustas, ni siquiera por mi imperdonable negligencia. Eres siempre el fiel, leal y bondadoso amigo. Yo no creo pudiera olvidar nunca a vosotros, que tan cariñosos habéis sido para mí. Momentos hay, en los que cerca de vosotros suspiro y a vuestro lado quisiera encontrarme y permanecer algún tiempo en tan dulce compañía. El recuerdo de mi Patria, la visión de la comarca donde por primera vez vi la luz del mundo, está tan presente dentro de mí como el día que me separé de vosotros. El día que pueda saludar a nuestro padre el Rhin será uno de los más felices instantes de mi existencia. ¿Cuándo será esto? No puedo aún decíroslo. Al menos os anticipo que me encontrareis más grande, y no hablo del artista, sino del hombre, que os parecerá mejor, más cumplido, y si el bienestar de mi país no ha aumentado, mi arte debe consagrarse a mejorar la suerte de los humildes. Tendrás alguna curiosidad por saber algo de mi situación. Pues bien, esta no va muy mal. Desde el año pasado, Lichnowsky, aunque te sea difícil creerlo, se ha mostrado conmigo como un amigo afectuoso y hasta las pequeñas incidencias existentes entre nosotros le han dado firmeza a nuestra amistad. Me ha señalado una pensión de 600 florines, que podré gozar, entre tanto no encuentre una posición que me convenga. Mis obras que compongo me producen mucho. Bien pudiera decir que superan los pedidos a mi capacidad de producción. Para cada obra se me presentan ofertas halagüeñas de seis o siete editores y, a veces, más. Y ya no regatean conmigo, pido lo que me parece, y pagan sin protesta. Esto no puede ser más encantador. Porque, por ejemplo, si algún amigo se encuentra apurado y el estado de mi bolsillo no me permite ayudarle enseguida, me lanzo al papel de música y en un abrir y cerrar de ojos, libro de cavilaciones al necesitado. En cuanto a mí sigo tan económico como siempre. Por desgracia, este pícaro diablo de la poca salud ha venido a afligirme. Hace tres años que mi oído se ha debilitado poco a poco. La causa de ello debe ser mi afección gástrica, que ya me atormentaba hace tiempo, como sabes, y que ha ido de mal en peor; estoy constantemente con trastornos intestinales y, por tanto, muy débil. Frank intentó tonificarme con reconstituyentes y trató mi oído con aceite de almendras. Pero “prosit” de nada ha servido, de nada¸ mi oído ha empeorado cada vez más y mi vientre ha seguido como antes. Todo ha marchado así hasta este otoño que acaba de pasar, en el que con frecuencia fui presa de la desesperación. Un médico lerdo me aconsejó baños fríos; otro más prudente, baños tibios del Danubio que me dieron un maravilloso resultado: mejoró el vientre, pero mi oído siguió lo mismo o tal vez peor. Este invierno mi estado ha llegado a ser intolerable: cólicos terribles me atormentaban, y sufrí una recaída completa. Así he seguido hasta el mes último, en que fui a ver a Vering porque pensé que mi enfermedad era más bien cosa de cirujano y, además, porque siempre tuve confianza en él. Consiguió casi del todo cortar los trastornos gástricos y me dispensó baños tibios del Danubio, en los que derramaba un licor tonificante. Me encuentro mejor y más fuerte, y únicamente me queda este zumbido y bramido de oídos que no me deja día y noche. Arrastro una vida miserable. Desde hace dos años, huyo de todo trato, porque no voy a decir a la gente que soy sordo. Si yo me dedicara a otra cosa, todavía esto podría pasar; pero siendo músico mi situación es terrible. ¡Qué dirían mis múltiples enemigos! Voy a darte una idea de esta extraña sordera mía: en el teatro necesito ponerme al lado de la orquesta, para oír a los actores. No me es posible percibir los tonos altos de los instrumentos ni de las voces, si estoy alejado. Y es sorprendente que no hayan notado mi defecto muchas de las personas con quien hablo, pues como soy tan distraído, todo se lo achacan a eso. Si se habla bajo, oigo pero no comprendo, y, por otro lado no puedo tolerar los gritos. Sólo Dios sabe lo que puede suceder. Vering dice que mejoraré, sin duda alguna, y que tal vez me cure por completo. Maldigo con frecuencia de mi existencia… Plutarco me ha traído la resignación. Quiero, sin embargo, si es posible, desafiar mi destino; pero hay momentos en mi vida en que me considero la más miserable de las criaturas. Te suplico no digas de esto a nadie, ni siquiera a tu Lorchen; a ti te lo confieso en secreto. Me sería grato escribieras a Vering sobre este asunto. Si éste estado dura, en la primavera próxima iré a verte; me alquilarás en sitio bello una casa de campo y volveré a ser un campesino durante seis meses. Puede que esto me siente bien. ¡Qué refugio más triste este de la resignación! Y sin embargo, es lo único que me queda. (Perdóname que entremezcle mis zozobras con mis preocupaciones). Steffen Breuning está aquí actualmente y casi siempre estamos juntos. Con él evoco sentimientos del pasado. Está hecho un verdadero hombre de bien, que sabe alguna cosa y tiene el corazón en su lugar. Quiero también escribir a la bondadosa Leonor. Nunca he olvidado a ninguno de vosotros, queridos amigos: a pesar de que no haya dado señas de vida; nunca ha sido mi fuerte la escritura, y mis mejores amigos han estado años enteros sin recibir noticias mías. No vivo más que “en mis notas”, y apenas término una obra cuando tengo que empezar otra nueva. De la forma que trabajo en la actualidad, tengo que terminar siempre tres o cuatro cosas a la vez. Escríbeme muy a menudo, buscaré un ratito para corresponderte. Saluda a todo el mundo de parte mía. Adiós; adiós mi bueno y leal Wegeler. Está seguro del cariño de tu Beethoven.

L.V.Beethoven

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