Christine de Pizan: la primera escritora.

   Todos los que han estudiado historia de la literatura universal se habrán percatado de la cantidad de casos que han ocurrido de mujeres que vieron su carrera literaria truncada por el simple y ridículo hecho de no pertenecer al club de los falos. ¿Cuántas vidas se han arruinado y cuántas grandes obras nos hemos perdido por la ridícula concepción de que el sexo determina el intelecto de una persona? Muchos podrían pensar que esto quedó atrás en el pasado, pero en nuestra historia más reciente ha habido escritoras que se han visto humilladas al tener que ocultar lo que son para poder medrar en el mercado literario.

   El ocho de marzo no sólo es el Día Internacional de la Mujer, es el día de la dignidad y de la lucha por evolucionar como raza. Es inconcebible que hayamos llevado al ser humano al espacio, pero no hayamos llevado la igualdad a los seres humanos. El 8 de marzo representa la lucha de una mitad de la humanidad que busca ganar a igualdad. Los que amamos la literatura y vemos en ella una herramienta que puede modificar la sociedad tenemos que situarnos del lado de la dignidad.

   En este día tan especial quiero hablaros de una escritora que admiro por su determinación, fortaleza y talento. Christine de Pizan fue la primera mujer que pudo ganarse su sueldo escribiendo. Os presento a la primera escritora profesional de la historia. Nació en Venecia, en el año 1364 en el seno de una familia cercana a la corte. Su madre quiso hacer de ella una mujer de su época dedicada a las tareas domésticas, pero su carácter rebelde, su curiosidad intelectual y su admiración por los clásicos la llevó fuera de los muros del hogar.

   Su familia fue reclamada por la corte de Carlos V El Sabio, rey de Francia. Por aquel entonces Christine contaba con cuatro años de edad. El monarca francés fue bueno con la familia, pagando sumas generosas por los trabajos que realizaba su padre, Tomás de Pizan, como asesor, médico, astrónomo y consejero. Gracias a la posición de su padre, Christine pudo estudiar latín, francés e italiano. El latín le abrió un mundo nuevo en el que halló a filósofos, científicos y teólogos.

   Según nos cuenta la propia Christine, su infancia fue feliz, vivía alegre en la corte, entregada a las lecturas de los clásicos y gozando de la admiración que provocaba entre los miembros cortesanos. Cuando cumplió los quince años se casó con Étienne du Castel, notario y secretario del rey. Su matrimonio, a diferencia de los de su época, no fue pactado, el amor entre ambos fue sincero y fruto de él nacieron sus tres hijos. Su vida era feliz, hasta que cambió su suerte y la muerte llamó a su puerta.

   Carlos V murió en el año 1380 y con él murieron los libros, abriendo paso a las armas. Años más tarde su padre murió dejando tras de sí deudas que pagar y su marido murió debido a la Peste Negra.

   A sus veinticinco años se encontró en una situación imposible de llevar. Viuda, con tres hijos que mantener, el dolor debido a la pérdida de un hijo recién nacido, una madre a la que cuidar, una sobrina pobre a la que acogió y la responsabilidad que suponía sus dos hermanos menores. Para mantener a su familia tenía dos opciones: el matrimonio o el convento. Ella escogió una tercera vía.

   Con la muerte de su marido se tuvo que enfrentar sola a la difícil sociedad del siglo XIV. Los tribunales de París le negaron el patrimonio que su marido se había ganado. En cuatro ocasiones tuvo que demandarles, pasando humillaciones y vejaciones, como ella misma nos describe:

   —Hubo un tiempo en que se me demandaba judicialmente en cuatro tribunales de París para negarme el patrimonio que mi marido había comprado. Todavía recuerdo cada ocasión que pasé en aquellas salas, cómo aquellas gentes, llenas de vino y de grasa, se burlaban de mis pretensiones. ¡Yo, una mujer, pretender que se me restituyeran los bienes que legítimamente me correspondían, sin más argumento que el de la justicia!

   El periodo que vivió en los tribunales, donde las palabras desdeñosas, la insolencia, las respuestas dilatorias y la humillación, forjaron en Christine un carácter duro, capaz de soportar viento y marea.

   Mientas se enfrentaba a la sociedad de su siglo, tenía que cubrir sus necesidades más básicas. Su talento y su amor por la literatura la llevaron a escribir para poder ganarse el pan. Con mucho sudor y mucha tinta logró abrirse camino entre los escritores de su época, convirtiéndose así en la primera mujer en la historia en ganarse la vida escribiendo. Adquirió fama y su obra viajó más allá de las fronteras francesas. Algunas de sus obras se centraban en temas sociales y políticos, incluso se aproximó a lo que hoy se conoce como la antropología. Otras de sus obras tenían tintes autobiográficos en donde nos cuenta parte de su vida.

   En su visión concebía el mundo como un lugar organizado por las virtudes como la razón, la dignidad, la prudencia, el valor de la palabra, la rectitud y la justicia. Pensaba que cada individuo tenía valor por sí mismo, y que en su capacidad albergaba la posibilidad de hacer el bien para con el resto. Fruto de su visión del mundo nacieron obras como Enseñanzas morales a mi hijo Juan Castel, El libro de las tres virtudes o Proverbios.

La lucha por la igualdad

   Fue un pilar fundamental en su época en la lucha por denunciar la injusticia que se estaba cometiendo con las mujeres por su condición. Defendió la igualdad entre ambos sexos y proclamó que si las mujeres de su época recibiesen la misma educación que los hombres, ellas tendrían las mismas facultades que ellos.

   La Universidad de París, una de las instituciones educativas más poderosas de la época, promovió la publicación y la difusión de una obra llamada Roman de la rose, una obra retorcida que expresaba de forma abierta y sin tapujos el desprecio absoluto por la mujer. Christine no se calló y produjo una de los primeros enfrentamientos feministas de la historia. Abiertamente denunció el trato vejatorio que recibían todas las mujeres sistemáticamente por parte de las instituciones, denunciando además que no eran ellas quienes saqueaban, mataban o violaban.

   La respuesta que recibió fue una carta de la iglesia en donde se manifestaba la compasión que se tenía por la escritora y se invitaba a Christine a que pidiese disculpas por las palabras que dijo.

   Como era natural en Christine, contestó la misiva con argumentos denunciando cómo se ha silenciado a las mujeres y que ella no iba a parar de defender la igualdad entre hombres y mujeres.

   Años más tarde del enfrentamiento entre la Universidad de París y Christine, se fundó la Orden de la Rosa, una organización abierta a mujeres y hombres que querían unirse en la lucha por el honor, la dignidad y la igualdad entre todos los seres humanos.

Su obra La ciudad de las Damas empieza así:

   Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra, bien en escritos y tratados…….. Yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter…….

   Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones ilustres podría estar equivocado. Pero por más que intentaba volver sobre ello, apurando las ideas como quien va mondando una fruta, no podía entender ni asimilar como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y conducta de las mujeres. Al mismo tiempo, sin embargo, yo me empeñaba en acusarlas porque pensaba que sería muy improbable que tantos hombres preclaros, tantos doctores de tan hondo entendimiento y universal clarividencia (me parece que todos habrán tenido que disfrutar de tales facultades) hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras que me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusará o despreciara a las mujeres”.

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