Crónica de una muerte: Federico García Lorca.

—13 de julio—

En aquella fecha, Federico García Lorca se encontraba en Madrid, como era habitual en su última etapa. Durante la mañana del 13 de julio estuvo en las oficinas de Cruz y Raya, donde dejaría el manuscrito: «Poeta en Nueva York». Había quedado por la mañana con osé Bergamín para dejarle una copia del manuscrito, pero no lo encontró, así que dejo una nota en su oficina con con la obra: «Querido Pepe: He estado a verte y creo que volveré mañana. Abrazos de Federico».

El resto del día estuvo con su amigo, Rafael Martínez Nadal. Durante el día hablaron sobre la preocupación que sentían ambos acerca de la situación política que había en España. A mitad tarde fueron a la estación y en su despedida Federico dijo a su amigo: «No quiero seguir en Madrid, en la Huerta estaré más seguro. Rafael, estos campos se van a llenar de muertos». En la estación, frente al vagón de Lorca, los dos amigos se despidieron, dándose sin saberlo un último adiós.

—14 de julio—

El 14 de julio, tres días antes del comienzo del estallido de la sublevación en Melina, Lorca se instala en la Huerta de San Vicente, la casa de verano de los Lorca, en Granada.

—16 de julio—

La situación política en Granada era muy tensa y Federico no se encontraba seguro, sentía constantemente que lo vigilaban. El 16 de julio se celebraba la fiesta de la Virgen del Carmen y los Lorca iban a celebrar aquel día en la Huerta del Tamarit, hogar de la hermana de Federico, Clotilde, prima de Federico. La inestabilidad política y la inseguridad de Federico hizo que los Lorca no fuesen a celebrar la fiesta, por el contrario enviaron un regalo con una nota en donde Federico pedía disculpas por no poder ir, ya que según él no se encontraba bien. Los días pesaban mucho sobre Federico, sumiéndose en una profunda depresión y asustado por el clima que se respiraba en Granada.

   El diario Ideal publicó el 16 de julio: « CARNET MUNDANO: Viajeros. Se encuentra en Granada el poeta granadino don Federico García Lorca. En Granada todos sabían que Lorca había llegado a la ciudad.

—17 de julio—

El periódico Ideal se hace eco de un hecho preocupante: «Gran ofensiva contra los fascistas de Toledo. El Gobernador dijo que había impuesto multas de 2000 pesetas a los vecinos de Mora, Pedro Soriano y Pablo Fernández que saludaban a lo fascista e hicieron varios disparos atemorizando a los vecinos. También impuso una multa al sacerdote Vicente Ruiz, que según el Gobernador, hizo manifestaciones fascistas… La policía murciana fue movilizada para detener al «General Fascista». El detenido no tiene graduación, vestía sólo una camisa azul.»

—18 de julio—

La familia Lorca reunida celebra, sin mucha alegría, el santo de Federico García Rodríguez, padre de Federico García Lorca. Esta fecha estaba señalada en el calendario de los Lorca, para su padre era muy importante que toda la familia permaneciese unida el día de su santo. Nunca faltaron a la celebración que hacían en la Huerta de San Vicente, pero en aquel año los ánimos no estaban para celebraciones.

El diario ABC publicó lo que sería el inicio de la sublevación: «Una parte del Ejército de Marruecos se ha levantado en armas contra la República»

—20 de julio—

El Alzamiento Nacional tuvo lugar en Granada el 20 de julio de 1936, justo tres días después de la llegada de Federico García Lorca. Ese mismo día, por la tarde, el teniente de Infantería Miguel del Campo toma el Ayuntamiento de Granada y detiene en su despacho al alcalde socialista Manuel Fernández Montesinos, marido de Concha García Lorca. Tras su detención fue inmediatamente destituido del cargo y llevado a la prisión provincial de Granada. Concha García Lorca, sus tres hijos y la criada Angelina, se encontraban en la Huerta de San Vicente el día de la detención. Desde aquel día la familia permanecería en la Huerta de San Vicente.

   Los primeros días del Alzamiento Nacional se produjeron bombardeos en Granada. Angelina, la criada de Concha García Lorca le contó en una entrevista a Agustín Penón que Lorca era un hombre de poco valor: «No tenía valor para matar una mosca. Y que si hubiera sido valiente se habría puesto un mono y se habría pasado al otro lado como entonces hacían muchos». Federico todavía estaba en la Huerta de San Vicente cuando ya había guerra, enseguida empezaron los bombardeos, y en cuanto se oían los aeroplanos Federico se asustaba tantísimo que se escondía debajo del piano entre Concha y ella (Angelina).»

—21 de julio—

Durante estas fechas, en torno al 21 de julio, Federico García Lorca ya estaba en el punto de mira de sus enemigos. José María Nestares contó a Agustín Penón que Lorca ya tenía miedo de ser detenido las primeras semanas. José María Nestares fue testigo de un episodio sobre la búsqueda de Lorca:

   Verá, yo vivía entonces en la Acera de Darro, en la casa que ahora es el nº 2; el tío de Federico, don Francisco García, vivía en el nº 6, y en el nº 8 vivieron los García Lorca hasta que se mudaron. Pocos días después de que se produjera el alzamiento, yo estaba asomado al balcón una noche, la calle estaba oscurísima, no se veía un alma por ella. De repente aparecieron dos coches, los fusiles asomaban por las ventanillas como si fueran las púes de dos erizos gigantes. Se pararon delante de mi casa, creí que venían por mí y, a pesar de mi miedo, escondido en la sombra seguí mirando. Enfocaron con los faros el numero de la puerta y una voz dijo: «No, aquí no es». Siguieron hasta el nº 6 y allí pararon. De repente tuve la sensación de estar presenciando una de esas películas cómicas del cine mudo, porque de aquellos coches empezaron a salir una retahíla de hombres armados que a mí me pareció interminable, muchos más de los que normalmente pueden caber en ellos. Llamaron a la puerta y como no contestaba nadie rompieron con los fusiles la cerradura y entraron dentro de la casa. Los escuché dar golpes, eran unos porrazos como si rompieran algo, pasaría un cuarto de hora antes de que volvieran a salir diciendo: «No, aquí no es.» En cuanto se alejaron llamé a la Huerta de San Vicente, porque no me atreví a ir personalmente. Tardaron en coger el teléfono y desde que la criada contestó hasta que Federico se puso transcurrió un tiempo y noté por su voz que tenía miedo: «¿Quién es…?» «Soy yo, Pepito». Federico respiró aliviado: «¡El susto que nos has dado a todos!» Tuve que decirle lo que pasaba con cuidado, porque sabía que había escuchas en los teléfonos, así que sólo le dije: «Unos señores acaban de venir a casa de tu tío y me parece que te buscaban a ti…». Claro, no les dije que iban todos armados y que vestían la camisa de Falange, pero él lo entendió y me dio las gracias.

El diario Ideal en grandes titulares proclamó: «AYER FUE PROCLAMADO EL ESTADO DE GUERRA.»

—2 al 3 de agosto—

Aurelia González García, prima del poeta, vivía por entonces en el pueblo natal de Federico, Fuente Vaqueros. El marido de Aurelia luchó por los republicanos cuando se alzaron los sublevados, y aquella noticia lo sabían todos en el pueblo en Granada. Debido a ello vivió horrorizada desde el comienzo de la Guerra Civil porque en más de una ocasión la llamaron desde el Gobierno de Granada para que testificase. Los Lorca aún se encontraban en la Huerta de San Vicente, y Aurelia fue a verlos, pero lo hizo con mucho miedo porque en aquellos días era muy frecuente que parasen al azar a la gente por la calle, y algunos acababan en la cuneta. Antes de llegar a tocar la puerta, Federico había visto llegar a través de la ventana a Aurelia y, sabiendo por lo que estaba pasando, consiguió sacar fuerzas y salir muy cariñoso y efusivo, como lo había sido antes de la Guerra Civil, para que se sintiese bien.

—6 al 10 de agosto—

Angelina, criada de los Lorca por aquel entonces, afirmó en una entrevista que le hizo Agustín Penón que, en la Huerta de San Vicente, se efectuaron muchos registros. En la entrevista señaló el terror y la incertidumbre que se vivía en Granada. Angelina le contó a Agustín el episodio que se vivió en la Huerta de San Vicente cuando unos individuos no identificados fueron a registrar la casa:

«Había varios guardias hablando con Federico cerca de la escalera. Hablaban muy alto, yo estaba asustaíca perdía y no pude oírlo todo. De repente los guardias empezaron a insultar a Federico llamándole a voces «Maricón». Y uno de los guardias le pegó con la culata del fusil. Se cayó de culo. Le pegaron también en el pecho además de llamarle maricón. Luego, a Federico le dolía todo el cuerpo. Entonces yo cogí a los niños y me los llevé, por eso no oí más.»

El día 6, 7 y 8 de agosto comenzaría la pesadilla para los Lorca. Aquellos días era muy frecuente ver a gente merodear al rededor de la Huerta de San Vicente. Al principio merodeaban, mirando a través de la verja, pero nunca se acercaban demasiado. Aquello se repitió los días siguientes, hasta el 9 de agosto. Por la mañana, dos hombres, sin identificación, se acercaron a la Huerta, y desde la verja hacían gestos y aspavientos, señalado al interior de la finca. Al rato, sin haber hablado con nadie de la finca, se fueron. Quizás creyeron que nadie los había visto pero, desde la segunda planta de la Huerta de San Vicente, Lorca miraba casi sin respiración la escena. Aquella visita asustó mucho a Federico, durante toda la tarde estuvo sentado cerca de la ventana, asustado, fumando sin parar, y sin hablar con nadie. Llegada la tarde, en torno a las cinco, los dos individuos volvieron.

   Dentro de la finca, inspeccionaron el jardín y los alrededores de la casa. Los dos hombres entraron en la casa de Gabriel Perea Ruiz, casero de la Huerta. Sacaron a empujones a Gabriel  y Federico sólo alcanzó a oír las amenazas que le hacían de torturarle y matarle si no colaboraba con ellos. Mientras amenazaban con matar a su familia, Federico vio cómo los sacaban de su casa, ante la mirada desesperada de Gabriel. Federico protestó por la injusticia que se iba a cometer, pero los dos tipos se abalanzaron encima de él, y lo arrojaron al suelo, gritándole maricón.

   La criada de los Lorca huyó de la Huerta con los niños, y fue a casa de un vecino. Seguramente desde allí llamó a la Jefatura de la Falange para advertir del crimen que se iba a cometer, ya que al poco tiempo de huir, llegaron unos falangistas que detuvieron a los intrusos. Todo acabó bien, pero Federico fue consciente de que no podía quedarse allí. Lo habían reconocido y lo tenían localizado. Con la constante sospecha de ser vigilado, y tras el último episodio vivido en la Huerta, decide que debe marchase y buscar refugio en un lugar seguro, en casa de Luis Rosales, cuya familia son miembros de la Falange.

   A partir de aquí, Lorca ya no vive en la Huerta de San Vicente.  La misma noche del 9 de agosto huye al centro de Granada, a la casa de los Rosales. Antes de huir, Luis Rosales advirtió a la familia de que posiblemente volverían a hacer registros en la Huerta, y aquello no se hizo esperar. Al día siguiente volvieron a la Huerta y preguntaron por Federico, pero el poeta ya no vivía allí. Aun así los registros no cesaron y una noche, a las tres de la madrugada, tocaron a la puerta, todos estaban aterrorizados. Angelina se encontraba al lado de Concha García Lorca y las dos estaban temblando de miedo sin atreverse a abrir la puerta. Insistieron con más fuerza y pensaron que no tenía más remedio que abrirles. Concha, la hermana de Lorca, se acercó y preguntó: «¿Quién es…?». «Abran ustedes, que es la autoridad» le contestaron. Concha entonces abrió y resulta que uno de ellos era un buen amigo suyo y cuando le dijo que Federico ya no vivía allí le contestó: «Señora, acepto su palabra» y se fueron sin registrar. Angelina recuerda que cuando salió al portal recordaba una gran cantidad de vehículos en la carretera que llevaba a la Huerta. La búsqueda de Federico García Lorca se hizo real para los Lorca.

   En realidad los dos individuos que fueron a la Huerta de San Vicente no buscaban a Federico García Lorca sino al hermano de Gabriel Perea Ruiz, el casero de la finca. Su hermano estaba acusado de haber tomado partido en el incendio de la iglesia de Asquerosa. La casa de Gabriel estaba pegada a la Huerta de San Vicente y la búsqueda del hermano salpicó a los Lorca.

—11 de agosto—

Federico García Lorca busca refugio en casa de los Rosales.

Según contó Paquito el de Loja, el chófer de los García Lorca un día, semanas después de que estallase la Guerra Civil, don Federico le pidió que fuese a la Huerta de San Vicente para hacer un recado. Sobre las diez de la noche llegó a la Huerta y le dijo don Federico que tenían que llevarse a su hijo a casa de los Rosales. Federico que se metió en el coche con un hatillo de ropa. Al entrar en el coche Federico le preguntó si sabía dónde estaba la casa de los Rosales, como no lo sabía le indicó el camino. Fueron por las calles más solitarias, ocultos a las miradas, hasta llegar a la calle Ángulo nº 1, y allí pararon. Durante todo el viaje, Federico no dijo ni una palabra. Bajó del coche y con el hatillo de ropa esperó hasta que abriesen la puerta y allí se despidieron.

—16 de agosto—

En torno a las cinco de la tarde la calle Angulo nº1 estaba completamente rodeada por soldados y voluntarios armados. En el patio interior de la casa se encontraba Federico García Lorca y la familia de los Rosales, todos menos Luis, su amigo. Cuando Federico vio llegar a Miguel Rosales junto con Ruiz Alonso, supo que algo iba mal. «Federico, tengo orden de llevarte al Gobierno», dijo Miguel Rosales con pesar. «Bueno, muy bien…» y añadió: «Tendré que cambiarme, no puedo ir así…» Federico iba casi en pijama, nunca salía de casa. Según dicen los testigos, Federico tardó más de media hora en cambiarse. Cuando bajó le dijeron que sólo iban a hacerle unas preguntas, y Federico, con una aparente pero irreal tranquilidad, dijo: «Me parece bien. Así se aclarará todo de una vez. Me daría miedo caer en manos de fanáticos sin ley […] No tengo nada que temer. Por favor Miguel, busca a pepe». Pepe era el único que podía hacer algo por sacarlo de allí, pero no llego a tiempo.

Llevaron a Federico al Gobierno. Allí, en el edificio que actualmente ocupa la Facultad de Derecho de la UGR, habilitaron una habitación para interrogar a Lorca. Los pocos que pudieron verlo afirmaron que durante aquellas horas no dejó de fumar, se le notaba muy preocupado. En aquel cuarto esperó hasta que comenzó el interrogatorio. Es muy probable que le propinasen golpes pues algunos testigos señalaron que tenía un aspecto lamentable.
Paralelamente a estos hechos, el mismo día que estaban interrogando a Federico, su cuñado, Manuel Fernández Montesinos, fue fusilado.

—17 de agosto—

Federico García Lorca es llevado con nocturnidad a Víznar y en la madrugada sería fusilado junto con otros presos.

—18 de agosto—

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