Anónimo – Hogar dulce hogar.

   La vida está hecha para soñar, y la ilusión es el motor que impulsa nuestros sueños. Los niños son expertos en soñar, el problema de los adultos es que han olvidado cómo ser niños.

   Otra vez estaba en la plaza aquel niño, en el mismo sitio de todos los días, tratando de que alguien jugase con él. Aquel día volvía cansado de un duro día de trabajo y me senté en un banco de la plaza, me recosté sobre el respaldo y miré al cielo, como si esperase un milagro. Cuando miré frente a mí vi al mismo niño de todos los días  – ¿juegas?– me dijo. Le miré y no dije nada, esperando a que se fuese, pero este me insistió  – ¿juegas?-. No tenía ganas de inventar excusas, estaba agotado, así que me levanté y me dispuse a irme pero el niño me cogió de la mano y como si me hubiese robado la fuerza me llevó a toda prisa por las pequeñas callejuelas del viejo barrio.

 – ¿A dónde me llevas?- le pregunté, y él me respondió. – ¡Obvio! ¿No? ¡A mi casa de chocolate!- No podía creer que estuviese haciendo aquel estúpido juego; giramos una esquina de aquella larga callejuela y al fondo vi un pequeño trenecito hecho de madera. – ¡Monta, que lo vas a perder!- no proteste, contra antes terminase antes me quitaría al niño de encima  – ¡Agárrate fuerte!- y el tren, sin que pudiese creerlo, comenzó a moverse muy rápido y nos metimos por un pequeño túnel apestoso que había al final del callejón. El olor pasó de ser pestilente a ser agradable, olía como a… ¿chocolate?, y al fondo me pareció escuchar voces, como si fuesen risas; ya se acercaba el final del túnel y la luz me cegaba la vista.

   Al salir de aquel túnel, me encontré en una sala, no se veía el final de aquel lugar, era enorme, con una tarta gigantesca en el centro, por todas partes habían niños jugando y comiendo; se paró el tren y un hombre dos veces más grande que yo, quien vestía muy raro nos recibió.

   – ¡Bienvenidos mis pequeños amigos!- ¿Pequeños?, me miré y… ¡Ahora era tan alto como aquel niño! Pero realmente no me importaba, lo que quería era ir a jugar con el resto de niños y recuperar la ilusión, sentirme de nuevo bien, feliz, como me sentía antes en mi hogar.

   – ¿Juegas?- Me volvió a preguntar el niño -¡Obvio! ¿No?- le respondí.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

error: Content is protected !!