Mitos y leyendas de la península: La cruz del Diablo.

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   La cruz del Diablo.

 El norte de España es un lugar donde la modernidad y la leyenda conviven en extraña armonía. Sus paisajes y sus montañas son morada de leyendas y mitos que han ido pasando por tradición oral de generación en generación. Los Pirineos se presentan como un imponente muro que se levanta impasible, mostrándose como una ola a punto de romper. El clima, la montaña y el misterio, así se resume el Pirineo.

   Hay una leyenda que se ha mantenido como testigo inmortal con el paso del tiempo gracias al danzar de la pluma de Gustavo Adolfo Bécquer, poeta y cronista de su tiempo. El escritor del romanticismo pasó un verano en la fonda Cal Penató en Bellver de Cerdaña, donde una pequeña placa conmemorativa nos recuerda el paso del poeta del romanticismo.

   Las solitarias calles de Bellver fueron cómplices del poeta. Entre sus callejones y esquinas el poeta paseó cavilando sobre la pluma y el papel. Aun hoy en día uno puede imaginarse al poeta caminando. En esas calles el poeta escribió una leyenda que estremece a los habitantes pirenaicos.

   Esa leyenda llevó a la inmortalidad a las ruinas del castillo, la torre de la prisión y a San Martí dels Castells. Gracias a Bécquer, Bellver de Cerdeña permanece en la memoria de todos.

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   La leyenda

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   Dice la leyenda que en Bellver de Cerdaña, una población del Pirineo, vivía un señor feudal quien era conocido como el señor de Urgellet o señor del Segre. Tenía fama de tirano y cruel con sus súbditos, a quienes los tenia atemorizados y doblegados constantemente. Un día, el señor de Urgellet marcha para unirse a la batalla contra los árabes. Para asegurarse la victoria el señor vende su alma al diablo. A los años el señor regresa a sus tierras reclamando sin miramientos los diezmos atrasados a sus siervos. La cantidad que exigía el señor era impagable y a causa de ello el pueblo entra en cólera. Al amparo de la noche, los siervos deciden atacar al señor feudal, tomando por sorpresa el castillo y dando muerte al tirano.

   La calma reinó durante unos años en Bellver de Cerdaña, pero un día empiezan a suceder hechos extraños. El rebaño y sus pastores comienzan a desaparecer o al amanecer se encuentran sus cadáveres, incluso durante las noches podía verse luces en el antiguo castillo. Todos en el pueblo pensaban que eran bandidos, pero ninguno se atrevía a hacerles frente.

   Un día la insolencia de los bandidos llega a tal punto que asaltan la casa de uno de los aldeanos. Sus vecinos acuden en su ayuda, iniciándose por las calles una lucha armada. Uno de los bandidos es herido de muerte y el pueblo le arranca una confesión. El bandido les dijo que eran un grupo de asaltadores dirigidos por un hombre al que nunca han visto ya que siempre va con una armadura y un yelmo. Nunca se le ha visto el rostro, nunca come, y su crueldad hacia las personas tiene atemorizados a los propios bandidos.

   Atemorizados, los habitantes del pueblo acuden a un viejo anacoreta para pedirle consejo cobre qué hacer. El viejo les cuenta cómo en el pasado, una noche el pueblo atacó al señor de Urgellet, dándole muerte al amparo de la noche. El pueblo decidió que harían lo mismo. Esperaron al amparo de la noche. Armados con hoces y hachas, mientras los bandidos dormían, asaltaron el castillo. El único que puso resistencia fue el jefe de los bandidos, como si estuviese en contaste vigilia.

   Fuera quien fuese aquel jefe, todos fueron apresados  llevados a juicio. El tribunal, compuesto por gente de confianza de Urgel, le pide al jefe que se descubra, pero este se mantiene inmutable, sin mediar palabra. Ante la insistencia de los jueces, un alguacil se acerca al detenido y le levanta el yelmo, para dejar al descubierto el rostro del jefe. En la sala sólo se escuchó el grito de terror al descubrir que tras el yelmo no había rostro alguno. Todos los habitantes del pueblo abandonan aterrados el juicio. Los jueces disponen prisión para todos, dejando en una celda apartada al cabeza de los bandidos.

   Mientras esperan veredicto, el alcaide de la prisión, al escuchar la historia, decide verlo con sus propios ojos. Entró a la celda y descubrió el rostro del líder de los bandidos, pero no existe tal rostro. En ese momento, la armadura se lanza decidida sobre el alcaide consiguiendo reducirle y escapando de su cautiverio.

   Los jueces mandan a todas sus fuerzas a apresar de nuevo al preso fugado. Pasados los días es detenido de nuevo. El anacoreta les dijo que quien se ocultaba detrás del yelmo era el antiguo señor de Urgellet, quien vagaba en pena al haber vendido su alma al diablo. Se convino que la armadura fuese fundida y que se convirtiese en una cruz. Para asegurarse de que el reo no se escapase, se dispuso que la armadura fuese repartida entre todos los vecinos de la población, y con gran resistencia así se hizo.

   El día de la ejecución, los vecinos de Bellver formaron una fila en la puerta de la herrería, cada uno con su trozo de armadura, arrojándolo a las fraguas. Cada trozo que era arrojado al fuego producía un horrible alarido que hacía que los habitantes se sobrecogiesen. Cada golpe de martillo acrecentaba los gritos. Al final, todos los trozos fueron fundidos y la cruz fue forjada. Lejos de las miradas de los curiosos, en mitad del bosque se dispuso un pilar de alabastro donde se colocaría la cruz.

   Algunas noches, según cuentan los habitantes, puede oírse los gritos del maldito implorando el perdón de Dios, pero nadie se atreve a acercarse. La cruz permanece sola ya que nadie quiere acercarse a «La cruz del diablo».

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