La última noche de Lorca [Recreación]

 «La última noche de Lorca» es una recreación basada en diferentes entrevistas que realizó Agustín Penón en su investigación sobre el asesinato de Federico García Lorca:

   El silencio en Las Colonias daba casi tanto miedo como el sonido que producían los rifles del pelotón de fusilamiento. Quejidos, gritos, lloros y lamentos. Lejos quedaron los sonidos de Granada; aquí, en Viznar, sólo se oía el sonido de la guadaña de la muerte.

¿Qué hora es, Manuel?, dijeron que iban a venir a las ocho y cuarto. Cuanto antes pase esto mejor. 

Son las ocho, no tardarán en llegar. De todas formas ¿qué más te da? Hoy terminaremos con estos, mañana vendrán más. 

No hace falta que me lo recuerdes, esto no es plato de buen gusto. Lo último que me apetece es ser el mensajero de ningún verdugo. El día de mañana nos pasará factura, ya lo verás. 

   Manuel y José hacían tiempo mientras esperaban al resto. Por la mañana les habían anunciado la llegada de nuevos presos sentenciados a muerte. La tarde ya daba sus últimos suspiros de vida cuando fuera de la casa escucharon el ruido del motor de un camión que se acercaba. El vehículo se detuvo y al silencio le siguió unas voces que lanzaban ordenes.  «¡Entrad dentro! Y no hagáis nada ni valiente ni estúpido.» A José le recorrió un escalofrío por la espalda. La voz que escuchó era, sin lugar a dudas, la de El Panaero, un canalla de tomo y lomo que llevaba a los presos como ganado.

— Oye, Panaero, ¿Quienes son los presos?

¿Qué más da? Son todos unos rojos. Aunque ahí tienes a un profesor y a un piquito de oro. Hablando de piquito de oro… el tío tiene un encendedor de oro. Es una lástima, ya sabes… que se lleve algo tan valioso a la tierra… Trivaldi, a ver si me lo consigues. 

—¡Vete a hacer puñetas! —¿qué habrá hecho un profesor para acabar aquí? Si no tendrá más de 60 años… «Disculpe», dijo el otro prisionero.

¿Qué quieres? 

¿Es usted José Trivaldi? —le preguntó.

Así es.

¡Qué bueno tenerle aquí! Su padre y yo fuimos muy buenos amigos. Me enteré de su pérdida, lo lamento mucho. 

¿Pero quién es usted?

Perdone mi aspecto, soy Federico García Lorca.

   José Trivaldi se quedó perplejo. Había visto alguna vez a Federico, pero nunca con ese aspecto. Parecía que le hubiesen apaleado antes de venir. Mientras lo miraba se preguntaba qué habría hecho el poeta para que lo hubiesen llevado a Las Colonias; no era la clase de preso que solían traer a Las Colonias

¿Y usted podría decirme a lo que hemos venido?

   José no supo qué decir. Dudó durante un segundo que se le hizo tan largo como una jornada. ¿Cómo le iba a contar la verdad a alguien como Lorca? «Habéis venido a levantar unas fortificaciones cerca del frente, montaña arriba, además se necesitan hacer unas carreteras que conecten con el frente», le dijo.

¿Carreteras? Oiga, yo en mi vida me las he visto más grandes… Quizás en vez de trabajar en las obras podría hacer algo mejor, podría representar alguna de mis obras para engrosar los fondos del ejército. Sería dinero para el ejército —repitió nervioso. —¿Quiere un cigarro?

Muy amable, pero no se levante, tíremelo desde donde está.

No temerá que vaya a escaparme, ¿verdad? —dijo mientras señalaba el fusil. —Es usted quien tiene un arma, yo no.

Lo siento, pero estoy de guardia y podría verme algún superior, tíremelo y ya lo cogeré.  

   Durante un buen rato estuvieron fumando sin saber muy bien qué decirse. Quizás Lorca realmente no sospechaba qué hacía allí, pero José si lo sabía. Tras un largo silencio Lorca le preguntaba si le traerían el periódico mañana o si podrían traerle un paquete de tabaco. José le respondía a todo que sí, ¿cómo le iba a decir a un condenado a muerte que no?

   El cuarto daba una imagen deplorable . En un rincón había un puñado de mantas apiladas, tras lo barrotes se podía ver las ramas de los árboles mecerse con el viento, y en el suelo se veía reflejada la luz de una luna creciente. En el ambiente se respiraba un tenso silencio. La incertidumbre y el miedo dominaron el cuarto, pero a la una de la noche el miedo dio paso al pánico y la incertidumbre a la desesperación. En aquella hora José apareció en el cuarto, despertando a los prisioneros que estaban aun durmiendo.

—Señores, tengo que comunicarles una noticia muy desagradable.

   Federico fue de los primeros en levantarse.

—Hable usted…. ¿Pero de qué se trata? —dijo Federico.

—Ustedes están aquí porque se les ha condenado a muerte. En unas horas vendrán a por ustedes, si tienen que dejar algo por escrito, ponerse en paz con Dios, o dejar algún objeto para la familia, lo tienen que hacer ahora, yo me encargaré personalmente de que llegue a sus familiares.

   Aquella noticia congeló el rostro de Federico. El resto de los presos se levantaron desesperados, se lamentaron por la injusticia que se iba a cometer, los gritos y los lloros se escucharon hasta la segunda planta. Al rededor de Federico todo era caos; él estaba casi ajeno a todo lo que ocurría. Al cabo de unos segundos volvió en sí.

—¿Qué me está diciendo? —dijo con la voz entrecortada.

—Lo siento mucho, la responsabilidad no es mía, sólo obedezco órdenes.

—¡Esto es un crimen! Una canallada, ¡Pero si yo no he hecho nada!, ¡No he hecho nada!

—Lo último que se pierde es la esperanza. —le dijo para calmarle. —A veces, a última hora llega un indulto. De momento lo único que pueden hacer es escribir su testamento, prometo que haré que llegue a sus familias. ¿Algunos de ustedes quieren confesarse? —nadie contestó.

   Pasaron tres horas que fueron todo un mundo hasta que llegaron los soldados que formaban el pelotón de fusilamiento.

 —¿Estos son? —dijo uno de los soldados.

—Si, son ellos.

—¡Venga, levantaos! —dijo dando golpes a la puerta. A Federico lo vi levantarse tembloroso, no se atrevía a mirar a los soldados a la cara, temeroso de ser apaleado por ello. Antes de salir por la puerta de Las Colonias se giró y me dijo:

—Me gustaría confesarme.

—Ya no puede ser, usted tuvo su tiempo para hacerlo, ahora ya es tarde.

—¿Entonces me condeno?

—Aún puede salvarse con un verdadero acto de arrepentimiento.

—¿Un verdadero acto de arrepentimiento?

—Si, rece el Señor mío Jesucristo.

—Es que no lo se. Mi madre me lo enseñó, pero lo he olvidado…

—Yo lo recitaré y usted lo repite.

   Terminaron juntos la oración e hicieron la señal de la cruz. José y Federico se fundieron en un profundo abrazo, roto por un militar que tiró por el brazo del poeta «¡Vamos!». Por la puerta de Las Colonias, recortada su figura en el marco de la puerta, reflejando en el suelo su sombra por la luz de la luna, se iba Federico García Lorca. Los soldaos se llevaron a los prisioneros, y José había terminado su guardia. Subió las escaleras hasta la segunda planta, directo a su cuarto. Mientras se quitaba la ropa notó cómo las extremidades comenzaban a temblarle, sentía como si fuese a darle un ataque de pánico. Se irguió y tomó aire. A través de la ventana vio asomar los primeros rayos de sol, y a lo lejos escuchó el sonido de los rifles. El día comenzaba, pero sin Federico García Lorca.

   Federico y sus verdugos.

   Echaron a andar, o mejor dicho, ordenaron con lenguaje soez a Federico que caminase. El poeta caminó hacia un olivo y, estando ya muy cerca del olivo, mientras caminaba hacia él, sonó el primer disparo. Federico sintió la fuerza de la bala, y le hizo tambalearse unos cuantos paso, hasta el punto que se dejó caer cuando las fuerzas le flaqueaban. En su caída se abrazó a un olivo y volvió su cabeza para mirar con rabia a sus verdugos. No murió inmediatamente, su rostro estaba cubierto con su sangre, y su amor por la vida le dio fuerzas para tratar de levantarse, una y otra vez, pero siempre desfallecía. Vivió lo suficiente como para verse morir. Estando ya con su último aliento se acercó uno de los verdugos y tendido en el suelo, Lorca recibió el último disparo.

   Dejaron su cuerpo allí, donde había caído, debajo de un olivo, hasta que la tierra lo cubrió en su fosa.

Una vez que Federico ya había muerto, «El Panaero» fue a casa de don Federico García Rodríguez . Este capítulo lo describe así Paquito el de Loja:

   «Los padres de Federico estaban viviendo en casa de su hija Concha, en la calle de San Antón. Aquella mañana, como era habitual, fui a llevarles cigarros y algunos periódicos, y para preguntarles si aquel día me necesitaban como chófer. Mientras estaba con ellos tocaron a la puerta. Bajó doña Vicenta para ver quién era, enseguida volvió a entrar al cuarto con una nota en la mano y se la dio a Don Federico, que leyó la nota: «Papá, entrega al dador 2000 pesetas…», y don Federico, sin dudarlo, le dijo a doña Vicenta: «Dáselas». Me pareció escuchar que era para ayudar a escapar a Federico, que estaba, según creían ellos, vivo en Víznar. Mientras doña Vicenta iba a por el dinero yo me asomé por la puerta y cuando vi al mensajero se me heló el corazón, porque se trataba de El Panaero, el más criminal de todos los asesinos de la Escuadra Negra. Al vernos hablar doña Vicenta pensó que nos conocíamos, que eramos amigos, pero nada más lejos de la realidad. Cuando le dieron el dinero El Panaero me dijo que fuese con ellos y me dijo: «Eso que viste del papel, cuidado con ni siquiera mencionarlo a nadie. Porque te puede costar un disgusto. Toma, coge un Lucky, este paquete estaba en sus bolsillos. A tu señorito lo hemos fusilado esta mañana.»

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