Margen de error I. Las palabras

Una máxima que debe tener cualquier escritor, sea lo que sea que escriba es: «Toda palabra cuenta». Ya sea una palabra aislada en un cartel publicitario o una palabra insertada en un texto divulgativo. Las palabras son compañeras que nos ayudan a interpretar la realidad que nos rodea. Cuanto mayor sea nuestro conocimiento de las palabras, mayor será el número de vías que se nos abrirán.

Las palabras nos pueden conmover o hastiar. La línea que separa las emociones de las palabras es muy delgada. Una sola palabra bien colocada puede estremecer a una persona. La clave es encontrar esa palabra, ¿qué sencillo, no? Encontrar la palabra exacta puede ser un proceso agotador, un mar léxico tan amplio que uno puede naufragar y ahogarse sin haber rozado tan siquiera la palabra que busca.

¿Es exagerado este proceso? En absoluto. Si nos fijamos en cómo actúan los gobiernos a la hora de dirigir una sociedad se puede apreciar que lo primero que se hace es transformar la realidad tergiversando o manipulando las palabras. Una palabra bien usada puede hacer odiar al inocente y alabar al culpable.

■ Los diferentes aspectos a tener en cuenta.

Las palabras son capaces de aportar toda una cantidad de información si sabemos dónde buscarla. Dependiendo de cómo contemplemos las palabras pueden presentar un significado general, un sentido particular otorgado por el uso, un nivel morfológico, asociaciones con otras palabras, capacidad de sugerir, el arte de condensar y el poder de delatar quién las usa.

Significado denotativo. Es el significado universal, el que una palabra tiene de forma objetiva para todos los hablantes de una lengua. Este tipo de significación no da lugar a discusiones. La palabra aparece definida en el diccionario. Por ejemplo, correr denota la actividad física, y así aparece reflejada en el diccionario.

Significado connotativo. También conocido como «doble sentido» o «sentido figurado». Es el significado particular que se le otorga a una palabra según el contexto. Este tipo de significados se aplica sobre todo al lenguaje literario, como la poesía. Con el correr del tiempo las palabras sufren cambios semánticos debido a los hechos históricos. Michael Reynols señaló la corrupción del significado de las palabras «honor y coraje» en los años de la II Guerra Mundial. La palabra melancolía es un buen ejemplo de cambio semántico a lo largo de la historia:

«Empieza siendo una parte de la actividad de los humores: melanos jolé, “la bilis negra”. En la antigua Grecia es una locura furiosa. Uno de los síntomas de la melancolía era que los melancólicos se iban al monte a aullar en las noches de luna, o que de repente creían que no tenían cabeza. Los médicos griegos que comentan esto proponen una cura: poner a estos enfermos un casco muy apretado en la cabeza, con lo que acaban por darse cuenta de que si tienen cabeza. Tenía otro síntoma muy interesante para los filólogos españoles: los enfermos de melancolía creían estar hechos de barro quebradizo o vidrio, y tenían un terrible miedo a que alguien se acercara. Años después aparece un tratadito, El problema treinta, según la tradición escrito por Aristóteles, donde se afirma que todas las personas excepcionales son melancólicas. La melancolía, que hasta entonces había sido una locura furiosa, pasa a ser una característica del genio. En el Renacimiento, Marsilio Ficino lo recupera, y vuelve a plantear que la melancolía es la esencia de la genialidad. En el Barroco se pone de moda, Shakespeare muestra algunos personajes preocupados por cómo ser melancólico para no pasar por bestia. Victor Hugo termina por definir la melancolía como el placer de ser desdichado»

—José Antonio Marina—

La morfología. Es la parte que se encarga de explicar la estructura interna de las palabras, las delimita y las clasifica como sustantivos, adjetivos, pronombres, artículos, verbos, adverbios, preposiciones, conjunciones…, y señala el género y el número.

Asociación. Las palabras se relacionan, se conectan y se disocian. Entran en contacto entre sí y establecen jerarquías. La sintaxis permite las relaciones y las organizaciones de las palabras, y muestra cómo las palabras se combinan para formar oraciones, frases o sintagmas.

Capacidad de sugerir. Se podría considerar como la connotación o la significación. La capacidad que tienen las palabras de sugerir un significado diferente al denotado está estrechamente vinculada a la experiencia personal de cada persona. Para una persona la palabra verde puede sugerirle un bello prado entre colinas, para otra persona puede sugerirle el color de la pintura que quiere comprar en Leroy Merlin.

Pueden delatar al escritor. Las palabras pueden ser amigas o enemigas. Hay un dicho que dice «Dime qué palabras escoges y te diré quién eres», ¿o no era así? Hay que ser conscientes de que una sola palabra puede delatar al escritor. Ya sea desde un sustantivo hasta una partícula, cualquier cosa que escribas puede delatarte. Si yo digo «Mis camaradas obreros…» o «La tradición no puede cambiar…», seguramente el lector sabrá de qué pie cojea mi ideología. Por eso, si quieres pasar desapercibido, lo mejor es no usar términos subjetivos o ideológicos en un texto que tenga como receptor al lector en general.

La palabra justa. La palabra justa no es otra cosa que la palabra necesaria. Es importante saber encontrar la palabra ya que, según Ezra Pound, el escritor influye en la sociedad según su capacidad de manejar las palabras. Un escritor que use palabras superfluas, adjetivos estériles, es un escritor que no dice nada. Las palabras pueden expresar todo, pero hay una manera exacta de decir las cosas en cada caso. Sea lo que sea lo que uno quiere decir, hay una sola palabra para expresarlo, un verbo que anime la palabra y un adjetivo que la califique. Es preciso buscar y rebuscar la palabra exacta y no conformarse con algo que se aproxime a la idea. Una máxima que debe tener clara todo escritor es: La precisión en el decir es la única moral de la escritura.

Con todo esto se consigue un texto claro, sin adornos inútiles ni clichés pocos originales. León-paul Fargue dijo: «La prosa recargada de palabras poco usuales, de adjetivos rebuscados, de expresiones inusitadas es propia de los escritores pobres. […] La riqueza de una palabra, su valor de sugerencia poética dependen del lugar en donde se coloca. No me molesta que un escritor escriba un largo relato con un vocabulario redcido, con palabras sumamente corrientes. Lo que no le perdono es que, al describir el taller de un carpintero, desconozca el nombre exacto de cada herramienta o emplee ocho palabras para explicarme lo que en cerrajería se llama simplemente cerradura de bola.»

Antonio Machado, con el ingenio que le caracteriza, ya habló sobre las palabra exacta en su obra Juan de Mairena:

Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle».
Mairena. —No está mal.

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