Ocho curiosidades de Miguel Hernández

Su vida transcurrió entre cabras, poemas y rifles. Fue considerado como uno de los mejores poetas del siglo y, aunque murió joven, vivió lo suficiente para dejar un legado poético que sigue vivo hoy en día.

Estas son las ocho curiosidades de Miguel Hernández:

A los 14 años su padre decidió sacarlo del colegio para que se dedicase al pastoreo:

Era pastor a los 14 años cuando ya sabía leer y escribir. Su padre le sacó del colegio y cuando lo encontraba leyendo algún libro le propinaba un golpe en la cabeza. La lectura fue su gran devoción, pero no la única. Josefina Manresa en una entrevista contó una conversación que tuvo con Miguel:

Estando nosotros tan felices juntos, sentados en el corral, y en frente la cabra en su aposento, tan triste y sola, rumiando, se me ocurrió decirle a Miguel: «¡Qué lástima que la cabra sea cabra!». Y el me respondió: «A lo mejor ella se está compadeciendo de ti porque eres persona». 

Fue un niño travieso. Siendo pequeño robó a los curas y alarmó a todo el pueblo con los toros.

Según cuenta un amigo, Miguel era un niño muy inquieto y travieso. No buscaba hacer el mal a ningún vecino, sólo quería divertirse. En una ocasión, durante las fiestas de Orihuela, cuando Miguel tenía 16 años, se le ocurrió hacer una trastada aprovechando que habían traído los toros que se iban a usar en la fiesta sueltos por la calle. Por aquel entonces las familias tenían la costumbre de sacar las mesas a la calle y cenar todos juntos. Miguel fue a casa de su amigo con un cencerro y les dijo: «Vosotros id delante de mi gritando “¡Que vienen los toros, que vienen los toros!”, y yo iré detrás de vosotros haciendo ruido con el cencerro». Y así fue, los amigos de Miguel gritando y él detrás con el cencerro al cuello, dolón-dolón. En el pueblo se armó una muy gorda, la gente ni siquiera siguió cenando.

A las entrevistas de trabajo iba con alpargatas y sin calcetines.

Pablo Neruda, ante la insistencia de Miguel Hernández por contar con la ayuda de Lorca, le avisó que no contara con él porque despreciaba su vulgaridad y su rusticidad. En una entrevista, Pablo Neruda dijo: «Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Me narraba cuán impresionante era poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Se encaramaba a un árbol de la calle y, desde las más altas ramas, silbaba o trinaba como sus amados pájaros natales. Como no tenía de qué vivir le busqué un trabajo. Alborozado dije al poeta: “Al fin tienes un destino. El vizconde te coloca. Serás un alto empleado. Dime qué trabajo deseas ejecutar para que decreten tu nombramiento.” Con ojos brillantes del que ha encontrado la solución a su vida, me dijo: “¿No podría el vizconde encontrarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid?”».

La presencia de Miguel Hernández producía alergia a Lorca

Pese a que le gustaba a Lorca lo rudo que era Miguel Hernández, su mera presencia le producía alergia. El resto de intelectuales lo aceptaron, a sabiendas de lo provinciano que era. Rafael Alberti describió a Miguel así: «Miguel Hernández olía a oveja y calzón de pana.», y Octavio paz decía: «Poseía una voz de bajo, un poco cerril, un poco de animal inocente; usaba pantalones de pana y alpargatas».

Miguel Hernández siempre fue fiel a su estilo y hacía caso omiso a cualquier crítica acerca de su forma de vestir. En una visita a Rusia protestó porque le obligaron a ponerse «un traje azul, corbata, zapatos, que me duelen mucho por cierto y echo de menos mis esparteñas».

Fue de los pocos intelectuales del siglo XX que fue a las trincheras

A diferencia de Miguel Hernández, muchos de los intelectuales de su época pertenecían a la clase burguesa. El poeta cabrero estaba comprometido con la causa republicana, y a los dos días de alistarse al Quinto Regimiento fue enviado a Cubas de la Sagra, un pueblo madrileño. Allí se dedicó a abrir zanjas y cavar trincheras; fue soldado raso, tal y como el deseaba desde un principio, y acabó por estar en la primera línea de fuego.

Bonifacio Méndez, compañero de la guerra del poeta, dijo: «Miguel era un luchador, sabía por qué se luchaba y lo hacía con toda su alma porque siempre daba la cara. Ninguno de los poetas de la época tenía nada que ver con Miguel Hernández, casi todos procedían de la clase burguesa, tenían medios, estaban adulados… Es muy difícil que se vuelva a dar un caso así y en un momento histórico como la Guerra Civi».

Discusión con Rafael ALberti por sus fiestas durante la guerra.

La guerra ya estaba muy avanzada en febrero de 1939 y Miguel Hernández regresaba del frente. Atrás, en la trinchera, dejó amigos, dolores y sangre. Ya en Madrid se dirige a la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para estar al tanto de las últimas novedades y noticias de sus compañeros intelectuales. Al llegar pudo oír el sonido de las risas, los brindis y la música. Había una fiesta en la sede organizada por Maria Teresa Leon para conmemorar a la mujer antifascista. Fue entonces cuando Miguel Hernandez le dijo a Rafael Alberti, pareja de la anfitriona: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta». Alberti le retó a que si tenía valor, repitiese aquellas palabras para que todo el mundo las pudiese escuchar, de ese modo, Miguel Hernández se acercó a una pizarra que había en una de las paredes y escribió: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta»

Estuvo en 18 cárceles

El poeta cabrero pasó por 18 cárceles, no sólo durante la Guerra Civil, sino también durante la posguerra. Todas aquellas cárceles fueron un suplicio. En todas fue torturado, privado de la comida y el agua; sin abrigo durante el frío y la humedad. Enfermó de gravedad con la  tuberculosis y su muerte fue agonizante. Pese al sufrimiento, siempre intentó calmar a sus familiares desdramatizando su situación: «La otra noche me desperté y tenía una rata al lado de la boca. Esta mañana me he sacado otra de la manga del jersey y todos los días me quito boñigas suyas de la cabeza. Viéndome la cabeza cagada por las ratas, me digo: “¡Qué poco vale uno ya! Ya tengo ratas, piojos, pulgas, chinches y sarna. Este rincón que tengo para vivir será muy pronto un parque zoológico o mejor dicho, una casa de fieras.”»

Murió con 31 años

El 28 de marzo de 1942, un sábado, vísperas de Domingo de Ramos, fallecía  «el recluso hospitalizado en esta Enfermería, Miguel Hernández Gilabert», así lo registró en el informe el Servicio de Médicos de la cárcel de Alicante.

Aquella mañana llegaría Josefina, pero los carcelarios no dejaron que entrase y ella se marchó, con miedo a preguntar nada: «No tenía valor de que me aseguraran su muerte».

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