• Seis poemas de Antonio Machado

       Antonio Machado murió el 22 de febrero de 1939. Cruzó los Pirineos a finales del mes de enero, en una caravana de refugiados que huían de los sublevados. Según cuenta su hermano, durante el exilio en Francia, abandonó el hotel sólo en una ocasión para ir a la playa de Boramar, para dar un breve paseo. Falleció absolutamente arruinado.

    Un Loco

    Es una tarde mustia y desabrida
    de un otoño sin frutos, en la tierra
    estéril y traída
    donde la sombra de un centauro yerra.

    Por un camino en la árida llanura,
    entre álamos marchitos,
    a solas con su sombra y su locura
    va el loco, hablando a gritos.

    Lejos se ven sombríos estepares,
    colinas con malezas y cambrones,
    y ruinas de viejos encinares,
    coronando los agrios serrijones.

    El loco vocifera
    a solas con su sombra y su quimera.
    En horrible y grotesca su figura;
    flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
    ojos de calentura
    iluminan su rostro demacrado.

    Huye de la ciudad… Pobres maldades,
    misérrimas virtudes y quehaceres
    de chulos aburridos, y ruindades
    de ociosos mercaderes.

    Por los campos de Dios el loco avanza.
    Tras la tierra esquelética y sequiza
    -rojo de herrumbre y pardo de ceniza-
    hay un sueño de lirio en lontananza.

    Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
    -carne triste y espíritu villano-

    No fue por una trágica amargura
    esta alma errante desgajada y rota;
    purga un pecado ajeno: la cordura,
    la terrible cordura del idiota.

    A un olmo seco

    Al olmo viejo, hendido por el rayo
    y en su mitad podrido,
    con las lluvias de abril y el sol de mayo
    algunas hojas verdes le han salido.

    ¡El olmo centenario en la colina
    que lame el Duero! Un musgo amarillento
    le mancha la corteza blanquecina
    al tronco carcomido y polvoriento.

    No será, cual los álamos cantores
    que guardan el camino y la ribera,
    habitado de pardos ruiseñores.

    Ejército de hormigas en hilera
    va trepando por él, y en sus entrañas
    urden sus telas grises las arañas.

    Antes que te derribe, olmo del Duero,
    con su hacha el leñador, y el carpintero
    te convierta en melena de campana,
    lanza de carro o yugo de carreta;
    antes que rojo en el hogar, mañana,
    ardas de alguna mísera caseta,
    al borde de un camino;
    antes que te descuaje un torbellino
    y tronche el soplo de las sierras blancas;
    antes que el río hasta la mar te empuje
    por valles y barrancas,
    olmo, quiero anotar en mi cartera
    la gracia de tu rama verdecida.
    Mi corazón espera
    también, hacia la luz y hacia la vida,
    otro milagro de la primavera.

    Retrato

    Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
    y un huerto claro donde madura el limonero;
    mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
    mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

    Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
    —ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
    más recibí la flecha que me asignó Cupido,
    y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

    Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
    pero mi verso brota de manantial sereno;
    y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
    soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

    Adoro la hermosura, y en la moderna estética
    corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
    mas no amo los afeites de la actual cosmética,
    ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

    Desdeño las romanzas de los tenores huecos
    y el coro de los grillos que cantan a la luna.
    A distinguir me paro las voces de los ecos,
    y escucho solamente, entre las voces, una.

    ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
    mi verso, como deja el capitán su espada:
    famosa por la mano viril que la blandiera,
    no por el docto oficio del forjador preciada.

    Converso con el hombre que siempre va conmigo
    —quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
    mi soliloquio es plática con ese buen amigo
    que me enseñó el secreto de la filantropía.

    Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
    A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
    el traje que me cubre y la mansión que habito,
    el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

    Cuando llegue el día del último vïaje,
    y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
    me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
    casi desnudo, como los hijos de la mar.

    A Juan Ramón Jiménez

    Era una noche del mes
    de mayo, azul y serena.
    Sobre el agudo ciprés
    brillaba la luna llena,
    iluminando la fuente
    en donde el agua surtía
    sollozando intermitente.
    Sólo la fuente se oía.
    Después, se escuchó el acento
    de un oculto ruiseñor.
    Quebró una racha de viento
    la curva del surtidor.
    Y una dulce melodía
    vagó por todo el jardín:
    entre los mirtos tañía
    un músico su violín.
    Era un acorde lamento
    de juventud y de amor
    para la luna y el viento,
    el agua y el ruiseñor.
    «El jardín tiene una fuente
    y la fuente una quimera…»
    Cantaba una voz doliente,
    alma de la primavera.
    Calló la voz y el violín
    apagó su melodía.
    Quedó la melancolía
    vagando por el jardín.
    Sólo la fuente se oía.

    A don Ramón del Valle-Inclán

    Yo era en mis sueños, don Ramón, viajero
    del áspero camino, y tú, Caronte
    de ojos de llama, el fúnebre barquero
    de las revueltas aguas de Aqueronte.
    Plúrima barba al pecho te caía.
    (Yo quise ver tu manquedad en vano.)
    Sobre la negra barca aparecía
    tu verde senectud de dios pagano.
    Habla, dijiste, y yo: cantar quisiera
    loor de tu Don Juan y tu paisaje,
    en esta hora de verdad sincera.
    Porque faltó mi voz en tu homenaje,
    permite que en la pálida ribera
    te pague en áureo verso mi barcaje.

    A don Miguel de Unamuno

    Este donquijotesco
    don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,
    lleva el arnés grotesco
    y el irrisorio casco
    del buen manchego. Don Miguel camina,
    jinete de quimérica montura,
    metiendo espuela de oro a su locura,
    sin miedo de la lengua que malsina.

    A un pueblo de arrieros,
    lechuzos y tahúres y logreros
    dicta lecciones de Caballería.
    Y el alma desalmada de su raza,
    que bajo el golpe de su férrea maza
    aún durme, puede que despierte un día.

    Quiere enseñar el ceño de la duda,
    antes de que cabalgue, el caballero;
    cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda
    cerca del corazón la hoja de acero.

    Tiene el aliento de una estirpe fuerte
    que soñó más allá de sus hogares,
    y que el oro buscó tras de los mares.
    Él señala la gloria tras la muerte.
    Quiere ser fundador, y dice: Creo;
    Dios y adelante el ánima española…
    Y es tan bueno y mejor que fue Loyola:
    sabe a Jesús y escupe al fariseo.

  • Seis poemas de José Zorrilla

    Ya hace 201 años del nacimiento del poeta José Zorrilla. Queremos recordarle con una selección de lo que considero los  seis mejores poemas de José Zorrilla, poeta y dramaturgo del siglo XIX.

    Corriendo van por la vega

    Corriendo van por la vega
    a las puertas de Granada
    hasta cuarenta gomeles
    y el capitán que los manda.
    Al entrar en la ciudad,
    parando su yegua blanca,
    le dijo éste a una mujer
    que entre sus brazos lloraba:

    “Enjuga el llanto, cristiana
    no me atormentes así,
    que tengo yo, mi sultana,
    un nuevo Edén para ti.

    Tengo un palacio en Granada,
    tengo jardines y flores,
    tengo una fuente dorada
    con más de cien surtidores,
    y en la vega del Genil
    tengo parda fortaleza,
    que será reina entre mil
    cuando encierre tu belleza.
    Y sobre toda una orilla
    extiendo mi señorío;
    ni en Córdoba ni en Sevilla
    hay un parque como el mío.
    Allí la altiva palmera
    y el encendido granado,
    junto a la frondosa higuera,
    cubren el valle y collado.
    Allí el robusto nogal,
    allí el nópalo amarillo,
    allí el sombrío moral
    crecen al pie del castillo.
    Y olmos tengo en mi alameda
    que hasta el cielo se levantan
    y en redes de plata y seda
    tengo pájaros que cantan.

    Y tú mi sultana eres,
    que desiertos mis salones
    están, mi harén sin mujeres,
    mis oídos sin canciones.
    Yo te daré terciopelos
    y perfumes orientales;
    de Grecia te traeré velos
    y de cachemira chales.
    Y te daré blancas plumas
    para que adornes tu frente,
    más blanca que las espumas
    de nuestros mares de Oriente.
    Y perlas para el cabello,
    y baños para el calor,
    y collares para el cuello;
    para los labios…¡amor!

    “¿Qué me valen tus riquezas
    -respondióle la cristiana-,
    si me quitas a mi padre,
    mis amigos y mis damas?
    Vuélveme, vuélveme, moro
    a mi padre y a mi patria,
    que mis torres de León
    valen más que tu Granada”

    Escuchóla en paz el moro,
    y manoseando su barba,
    dijo como quien medita,
    en la mejilla una lágrima:

    “Si tus castillos mejores
    que nuestros jardines son,
    y son más bellas tus flores,
    por ser tuyas, en León,
    y tú diste tus amores
    a alguno de tus guerreros,
    hurí del Edén*, no llores;
    vete con tus caballeros”

    Y dándole su caballo
    y la mitad de su guardia,
    el capitán de los moros
    volvió en silencio la espalda.

    Oriental

    Dueña de la negra toca,
    la del morado monjil,
    por un beso de tu boca
    diera a Granada Boabdil.

    Diera la lanza mejor
    del Zenete más bizarro,
    y con su fresco verdor
    toda una orilla del Darro.

    Diera la fiesta de toros,
    y si fueran en sus manos,
    con la zambra de los moros
    el valor de los cristianos.

    Diera alfombras orientales,
    y armaduras y pebetes,
    y diera… ¡que tanto vales!,
    hasta cuarenta jinetes.

    Porque tus ojos son bellos,
    porque la luz de la aurora
    sube al Oriente desde ellos,
    y el mundo su lumbre dora.

    Tus labios son un rubí,
    partido por gala en dos…
    Le arrancaron para ti
    de la corona de Dios.

    De tus labios, la sonrisa,
    la paz de tu lengua mana…
    leve, aérea, como brisa
    de purpurina mañana.

    ¡Oh, qué hermosa nazarena
    para un harén oriental,
    suelta la negra melena
    sobre el cuello de cristal,

    en lecho de terciopelo,
    entre una nube de aroma,
    y envuelta en el blanco velo
    de las hijas de Mahoma!

    Ven a Córdoba, cristiana,
    sultana serás allí,
    y el sultán será, ¡oh sultana!,
    un esclavo para ti.

    Te dará tanta riqueza,
    tanta gala tunecina,
    que ha de juzgar tu belleza
    para pagarle, mezquina.

    Dueña de la negra toca,
    por un beso de tu boca
    diera un reino Boabdil;
    y yo por ello, cristiana,
    te diera de buena gana
    mil cielos, si fueran mil.

    El trovador

      I
    De un elevado castillo
    que Arlanza orgulloso baña,
    un trovador elegante
    en la puente se paraba.
    En el rastrillo golpea
    con el pomo de una daga,
    y en los góticos salones
    ronco el eco se propaga.
    Un joven doncel, del fuerte
    presentóse en la muralla,
    y con semblante halagüeño
    dijo en alta voz: ¿Quién llama?
    El Trovador que le ha oido
    dirigióle aquesta fabla:
    -Si llegado es en buenhora,
    un pacífico infanzón
    que envía a vuestra señora
    don Rodrigo de Aragón.-
    Se alzó a este tiempo el rastrillo,
    y en el patio tuvo entrada;
    un paje tomó el corcel
    por las riendas plateädas,
    y el gallardo trovador
    por los salones se entraba.

    II

    Confuso ruido se oía
    en la sala principal,
    y el extranjero
    hacía ella se dirigía
    en continente marcial
    muy altanero.
    Hallóla toda ocupada
    de galanes y de bellas
    en gran festín;
    doña Blanca de Moncada
    se ve la primera entre ellas
    como la rosa mas orgullosa
    en un jardín.
    El día feliz memora
    en que la luz primera vió;
    y a su lado
    por eso, gentil señora,
    tanta dama encantadora,
    tanto héroe celebrado
    hoy reunió.

    III

    Entró do estaba el convite
    gentil el recién venido;
    hizo gracia
    con el morado sombrero,
    y atrevido
    en denodado ademán
    a doña Blanca se fué;
    y después de haber pedido
    su venia, ante ella galán
    quedó en pie.
    La dama se la otorgó
    y así el trovador habló:

    IV

     Don Enrique mi señor,
    el cuarto Enrique es,
    me manda donde me ves,
    a mi, que soy trovador,
    trovador aragonés.
    Diz que es hoy vuestro natal,
    y este monarca del mundo
    quiere honrarlo como tal,
    que el cuarto Enrique así val
    como val Juan el segundo.
    Y una trova te ragala
    que trova de amores es
    y ninguna se la iguala;
    por eso vine de gala,
    trovador aragonés.-
    – Yo a tu señor agradezco,
    -doña Blanca respondió-
    de un amor que no merezco
    esta prueba que me dió.
    Y a estas damas placerá
    y galanes que aquí ves
    trova de amores
    que cantará
    trovador aragonés.

    V

    Un dia risueño
    prepara la aurora
    ¡Feliz la señora
    del alto Muñón!
    ¡OH cuántas personas
    se ven a su lado!
    ¡Cuánto señalado
    valiente infanzón!
    Un buho funesto
    que cerca habitaba.
    Lejano graznaba.
    ¡Se le vido huir!
    La blanca paloma
    ocupa su nido;
    su amante gemido
    se acaba de oir.

    Porque hoy es el día
    de Blanca fermosa,
    la más bella rosa
    que tiene el jardín.

    VI

    Su dulce voz espiró,
    y sus ecos repitieron
    las bóvedas de Muñó.
    Y en vano le pidieron
    quedase en el castillo.
    No pueden los caballeros
    ni las damas alcanzallo,
    que ha perdido su caballo
    y mandó
    que le alzaran el rastrillo;
    despidióse muy cortés
    y dijóles al partir:
    ” Quedárame hasta mañana
    en este festín de amor,
    y fuera de buena gana;
    más de Enrique mi señor
    otra la voluntad es,
    y yo soy su trovador,
    trovador y aragonés”.

    A la memoria desgraciada del joven literato

    Ese vago clamor que rasga el viento
    es la voz funeral de una campana;
    vano remedo del postrer lamento
    de un cadáver sombrío y macilento
    que en sucio polvo dormirá mañana.

    Acabó su misión sobre la tierra,
    y dejó su existencia carcomida,
    como una virgen al placer perdida
    cuelga el profano velo en el altar.
    Miró en el tiempo el porvenir vacío,
    vacío ya de ensueños y de gloria,
    y se entregó a ese sueño sin memoria,
    ¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

    Era una flor que marchitó el estío,
    era una fuente que agotó el verano:
    ya no se siente su murmullo vano,
    ya está quemado el tallo de la flor.
    Todavía su aroma se percibe,
    y ese verde color de la llanura,
    ese manto de yerba y de frescura
    hijos son del arroyo creador.

    Que el poeta, en su misión
    sobre la tierra que habita,
    es una planta maldita
    con frutos de bendición.

    Duerme en paz en la tumba solitaria
    donde no llegue a tu cegado oído
    más que la triste y funeral plegaria
    que otro poeta cantará por ti.
    Ésta será una ofrenda de cariño
    más grata, sí, que la oración de un hombre,
    pura como la lágrima de un niño,
    ¡memoria del poeta que perdí!

    Si existe un remoto cielo
    de los poetas mansión,
    y sólo le queda al suelo
    ese retrato de hielo,
    fetidez y corrupción;
    ¡digno presente por cierto
    se deja a la amarga vida!
    ¡Abandonar un desierto
    y darle a la despedida
    la fea prenda de un muerto!

    *

    Poeta, si en el no ser
    hay un recuerdo de ayer,
    una vida como aquí
    detrás de ese firmamento…
    conságrame un pensamiento
    como el que tengo de ti.

    A mi amigo D. Antonio García Gutiérrez.

    ¡Ay! Aparta, falaz pensamiento,
    Que eterno en el alma bulléndome estás,
    Falsa luz que al impulso del viento,
    En vez de guiarme perdiéndome vas.

    Tras de ti por las sombras camino,
    Ni noche ni día descanso tras ti;
    Es seguirte tal vez mi destino,
    Y acaso es el tuyo guardarte de mí.

    Misteriosa visión de mi vida,
    Más vaga que el caos en forma y color,
    Te comprendo en mí mismo perdida,
    Cual sueño penoso, cual sombra de amor.

    Ya tu blanda amorosa sonrisa
    Me presta esperanza, me aviva la fe;
    Cual flor eres que aroma la brisa
    Y en seco desierto olvidada se ve

    Ya tu imagen sombría y medrosa
    Me ciega y me arrastra en su curso veloz,
    Como nube que rueda espantosa
    En brazos del viento al compás de su voz.

    Ya cual ángel de paz te contemplo,
    Y ya cual fantasma sangrienta y tenaz;
    En el valle, en la roca, en el templo,
    Te alcanzo a lo lejos hermosa y fugaz.

    Por doquiera te encuentran mis ojos;
    No miro ni tengo más rumbo doquier,
    Ya te muestres preñada de enojos,
    Fantasma enemiga o risueña mujer.

    Yo no sé de tu esencia el misterio,
    Tu nombre y tu vago destino no sé,
    Ni cuál es tu ignorado hemisferio,
    Ni adónde perdido siguiéndote irá.

    Mas no encuentro otro fin a mi vida,
    Más paz, ni reposo, ni gloria que tú,
    Que en el cóncavo espacio perdida,
    Tu alcázar es su ancho dosel de tisú.

    Por su rica región las estrellas
    A veces brillante camino te dan,
    Y otras veces tus místicas huellas
    Por mares de sombras perdiéndose van.

    Una brisa en las ramas sonando,
    Que dice tu nombre imagino tal vez,
    Y un relámpago raudo pasando,
    Tu forma me muestra en fatal rapidez.

    Yo, postrado al mirarte de hinojos,
    Doquier que apareces levanto un altar,
    Y arrasados en llanto los ojos,
    Tal vez insensato te voy a adorar.

    Mas al ir a empezar mi conjuro,
    Mi torpe blasfemia o mi casta oración,
    El Oriente en su cóncavo impuro.
    Me sorbe irritado mi blanca visión.

    Y tu imagen me queda en la mente
    Informe, insensible, cual bulto sin luz
    Que se crea el temor de un demente,
    De lóbrega noche entre el negro capuz.

    Sueño, estrella o espectro, ¿quién eres?
    ¿Qué buscas, fantasma, qué quieres de mí?
    ¿No hay sin ti ni dolor ni placeres?
    ¿No hay lecho, ni tumba, ni mundo sin ti?

    ¿No hay un hueco do esconda mi frente?
    ¿No hay venda que pueda mis ojos cegar?
    ¿No hay beleño que aduerma mi mente,
    Que hierve encerrada de sombra en un mar?…

    ¡Oh! Si gozas de voz y de vida,
    Si tienes un cuerpo palpable y real,
    Deja al menos, fantasma querida,
    Que goce un instante tu vista inmortal.

    Dame al menos un sí de esperanza,
    Alguna sonrisa, fugaz serafín,
    Con que espere algún día bonanza
    El golfo del alma que bulle sin fin.

    Mas si es sólo ilusión peregrina
    Que el ánima ardiente soñando creó,
    ¡Ay! deshaz esa sombra divina
    Que viene conmigo doquier que voy yo.

    Sí, deshazla, que en vano la miro
    En torno a mis ojos errante vagar,
    Si cual débil y triste suspiro
    Se pierde en los vientos al irla a abrazar.

    Sí, deshazla, que torpe mi mano,
    Su mano en la sombra jamás encontró,
    Ni el más flébil lamento liviano,
    Avaro en mi oído su labio posó.

    Muere al fin, ¡oh visión de mi vida!
    Más vaga que el caos en forma o color,
    A quien siento en mí mismo perdida,
    Cual sueño penoso, cual sombra de amor.

    Mas ¿qué fuera del triste peregrino
    Que cruzando sediento el arenal
    No encontrara jamás en su camino
    Mansa sombra ni fresco manantial?

    De esta vida en la noche tormentosa,
    ¿Qué rumbo ni qué término seguir?
    Sin tu vaga presencia misteriosa,
    Sin tu blanca ilusión, ¿cómo vivir?

    Abriéranse mis ojos a mirarte,
    Mis oídos tus pasos a escuchar,
    Y al fin, desesperados de encontrarte,
    Tornáranse en tinieblas a cerrar.

    Despertara en la noche solitaria
    De tus palabras al fingido son,
    Y sólo respondiera a mi plegaria
    El latido del triste corazón.

    ¡Sombra querida, sin cesar conmigo
    Mis lentas horas hechizando ven,
    Y el desierto arenal será contigo,
    Huerto frondoso y perfumado Edén!

    No expires, misterioso pensamiento
    Que dentro oculto de mi mente vas,
    Aunque no alcance el corazón sediento
    Tu tanta esencia a comprender jamás.

    No sepa nunca tu verdad dudosa;
    Vélame, si lo quieres, tu razón;
    Disípate a lo lejos vagarosa,
    Mas sé siempre mi cándida ilusión.

    Al fin sabré que junto a ti respiro,
    Que estás velando junto a mí sabré,
    Y que aun brilla oscilando en lento giro
    La consumida antorcha de mi fe.

    ¿Qué me importa tu esencia ni tu nombre,
    Genio hermoso, o quimérica ilusión,
    Si en esta soledad, cárcel del hombre,
    Dentro de ti te guarda el corazón?

    ¿Qué me importa jamás saber quién eres,
    Astro de cuya luz gozando voy,
    Término de mi afán y mis placeres,
    Dios que sin fin idolatrando estoy?

    Quienquiera que seas, vano pensamiento,
    Mujer hermosa que soñando vi,
    O recuerdo o tenaz remordimiento,
    Ni un solo instante viviré sin ti.

    Si eres recuerdo endulzarás mi vida,
    Si eres remordimiento te ahogaré,
    Si eres visión te seguiré perdida,
    Si eres una mujer yo te amaré.

    Pereza

    ¡Cuán descansadamente,
    Lejos del vano mundo, se reposa
    A la orilla de límpida corriente
    O de un moral bajo la sombra hojosa!

    En el césped mullido,
    Sin luz los ojos, sin vigor los brazos,
    De la tranquila soledad el ruido
    Se pierde por la atmósfera a pedazos.

    El ánima descansa
    De la ciega pasión y su braveza,
    Y el cuerpo, presa de indolencia mansa,
    Se goza en su pacífica pereza.

    Entonces, no el tesoro
    Ni la sed del placer el alma aviva;
    El más rico licor, en copa de oro,
    Entonces se desprecia y no se liba.

    La mente no se inquieta
    Por pensamientos de dolor cercada:
    Que a su honda languidez yace sujeta,
    Y a su propia impotencia encadenada.

    Sin luz el ojo vago,
    Sin un sonido sobre el labio abierto,
    Pasa la vida cual por hondo lago
    De incierta luz el resplandor incierto.

    Así vuelan las horas,
    Y así pasan pacíficas y bellas,
    Cual las aves del viento voladoras,
    Cual la cobarde luz de las estrellas?.

    Así el pesar se aduerme,
    Y al grato son de una aura que murmura,
    Tal vez se goza del reposo inerme
    Que confunde el pesar con la ventura.

    Así mis horas quiero
    Que pasen sin valor y sin fortuna,
    Ya al manso son del céfiro ligero,
    Ya al resplandor de la amarilla luna.

    Ven, amorosa Elvira,
    Ven a mis brazos, que de amor sediento,
    El perezoso corazón suspira
    Por ver tus ojos, por beber tu aliento.

    Ven, adorado dueño,
    Sepa que estás, en mi descanso inerte,
    Cercado mí para velar mi sueño;
    Cerca, hermosa, de mí cuando despierte.

    Yo, en la hierba tendido,
    En la sombra de un álamo frondoso,
    Entreveré, con ojo adormecido,
    Cuál velas mi descanso silencioso.

    El sol, a lento paso,
    Hundió en el mar su faz esplendorosa,
    Marcando su camino en el ocaso
    Vivo arrebol de púrpura y de rosa,

    El agua, mansamente,
    Con monótono arrullo le despide;
    Y arrastrando sus ondas lentamente,
    El ancho espacio de sus ondas mide.

    Sólo queda en la tierra
    El vapor del crepúsculo dudoso,
    Y el vago aroma que la flor encierra,
    Se esparce por el aire vagaroso.

    Y las fuentes corriendo,
    Y las brisas volando, se estremecen,
    Y su soplo en los árboles creciendo,
    A su soplo los árboles se mecen.

    Trémulas van las olas
    Bajo sus alas mansas y ligeras,
    Reflejando las sueltas banderolas
    De las naves que el mar surcan veleras.

    Y la luna argentina,
    La bóveda al cruzar del firmamento,
    La inmensidad del Bósforo ilumina,
    Color prestando al invisible viento.

    Y al son del mar vecino,
    Y al murmullo del viento caluroso,
    Y al reflejo del éter cristalino,
    Se aduerme el cuerpo en lánguido reposo

    En la quietud amiga
    De la callada noche macilenta,
    Hasta la misma languidez fatiga,
    Y el ánima se rinde soñolienta.

    ¡Oh! Bien haya el estío
    Con su tranquila y bochornosa calma,
    Que roba al corazón su ardiente brío
    Y en blanda inercia nos aduerme el alma

    Ya de ese insomnio presa,
    Me faltan voluntad y pensamiento,
    Y hasta mi cuerpo sin valor me pesa,
    Y el son me cansa de mi propio aliento.

    Dadme deleites, dadme;
    Henchidme de placeres los sentidos;
    Venid, eunucos, y al harén llevadme
    En vuestros brazos, al placer vendidos.

    Abridme esas ventanas,
    Dadme a beber el aura de la noche
    Y a saborear las ráfagas livianas
    Que a la flor rasgan su aromado broche.

    Quiero al son de las olas
    Secar un corazón en solo un beso;
    Traedme mis esclavas españolas,
    Que el mío tienen en sus ojos preso.

    Venid, venid, hermosas,
    Divertidme con danzas y canciones;
    Venid en lechos de fragantes rosas,
    Venid, blancas y espléndidas visiones,

    Quemad en mis pebetes
    Cuanto aroma encontréis en mi palacio,
    Y respiren sus anchos gabinetes
    Ámbar opreso en reducido espacio.

    Ven, voluptuosa Elvira,
    Trénzame con tu mano mis cabellos;
    Y tú, Inés, por quien Málaga suspira,
    Nardo derrama y azahar en ellos.

    Traedme a esos esclavos
    Que aportan mis bajeles viento en popa;
    Presa que hicieron mis piratas bravos
    En un rincón de la dormida Europa.

    Vengan a mi presencia,
    Y al son de sus extraños instrumentos
    Sirvan a mi poder y a mi opulencia,
    Si no con su canción, con sus lamentos.

    Dadme deleites, dadme;
    Cúbreme, Elvira, con tu chal de espumas,
    Y las tostadas sienes refrescadme
    Con abanicos de rizadas plumas.

    Suene en mi torpe oído
    Su suave son como murmullo blando
    De arroyo que a la mar baja perdido,
    De peña en peña juguetón rodando;

    Cual tórtola que llama,
    Con lento arrullo que en el viento pierde,
    La descarriada tórtola a quien ama,
    De árbol sombrío en el columpio verde.

    Danzad mientras reposo,
    Cantad en derredor mientras descanso,
    Y no sienta en mi sueño voluptuoso
    Más que murmullo lisonjero y manso.

  • El día que Hemingway mató a su gato

       Quienes conocen la figura del afamo escritor americano Ernest Hemingway sabrán que fue un amante absoluto de los gatos. Es muy común encontrar fotos antiguas del escritor posando junto con sus gatos. En Cayo Hueso, lo que fue su hogar, vivía junto con una veintena de gatos que habrían descendido de su primer gato, Snowball, un regalo de un capitán de barco en 1930. Su gato contaba con una particularidad, en sus patas tenía seis dedos, y lo puedes comprobar. Si vistas la casa museo de Hemingway podrás ver que algunos de los gatos que viven allí, casi medio centenar, comparten la misma mutación genética que Snowball.

       ¿Cómo era posible pues que alguien tan amante de los animales pudiese disparar, como él decía, a una «fábrica de ronroneo» y «esponjas de amor»? Lo explica en una carta que envió a Gianfranco Ivancich, un veneciano que conoció en 1949:

    “Querido Gianfranco:

    Justo cuando acabé de escribirte y mientras ponía la carta en el sobre Mary bajó de la Torre y dijo: “algo horrible le ha pasado a Willie”. Salí y encontré a Willie con sus dos patas derechas rotas: una por la cadera y la otra por debajo de la rodilla. Un coche debió de haberle pasado por encima o alguien lo había golpeado con un palo. Había vuelto a casa sobre las patas de un solo lado. Era una fractura múltiple con mucha suciedad en la herida y fragmentos sobresaliendo. Pero él ronroneaba y parecía seguro de que yo podría solucionarlo.

    Hice que René trajera un bol de leche para él y René lo sostuvo y lo acarició para que Willie estuviera bebiendo leche mientras yo le disparaba en la cabeza. No creo que sufriera y los nervios habían sido machacados así que las piernas no habían empezado a dolerle realmente. Monstruo quiso dispararle por mí, pero no podía delegar la responsabilidad o dejar una posibilidad de que Will supiera que alguien iba a matarlo.

    He tenido que disparar a gente, pero nunca a nadie que hubiera conocido y querido durante once años. Ni tampoco a nadie que ronroneara con dos piernas rotas”.

  • Seis poemas de Miguel Hernández

       Pese a su prematura muerte, nos legó una obra poética envidiable. La guerra nos arrebató  muchos jóvenes con talento, de un bando y de otro. Es un sentido homenaje recordar siempre a aquellos que fueron devorados por el fuego de la guerra. Estos son los seis poemas de Miguel Hernández, el poeta del pueblo, que he querido destacar:

    Canción última

    Pintada, no vacía:
    pintada está mi casa
    del color de las grandes
    pasiones y desgracias.

    Regresará del llanto
    adonde fue llevada
    con su desierta mesa
    con su ruinosa cama.

    Florecerán los besos
    sobre las almohadas.
    Y en torno de los cuerpos
    elevará la sábana
    su intensa enredadera
    nocturna, perfumada.

    El odio se amortigua
    detrás de la ventana.

    Será la garra suave.

    Dejadme la esperanza.

    Vientos del pueblo me llevan

    Vientos del pueblo me llevan,
    vientos del pueblo me arrastran,
    me esparcen el corazón
    y me aventan la garganta.

    Los bueyes doblan la frente,
    impotentemente mansa,
    delante de los castigos:
    los leones la levantan
    y al mismo tiempo castigan
    con su clamorosa zarpa.

    No soy un de pueblo de bueyes,
    que soy de un pueblo que embargan
    yacimientos de leones,
    desfiladeros de águilas
    y cordilleras de toros
    con el orgullo en el asta.
    Nunca medraron los bueyes
    en los páramos de España.

    ¿Quién habló de echar un yugo
    sobre el cuello de esta raza?
    ¿Quién ha puesto al huracán
    jamás ni yugos ni trabas,
    ni quién al rayo detuvo
    prisionero en una jaula?

    Asturianos de braveza,
    vascos de piedra blindada,
    valencianos de alegría
    y castellanos de alma,
    labrados como la tierra
    y airosos como las alas;
    andaluces de relámpagos,
    nacidos entre guitarras
    y forjados en los yunques
    torrenciales de las lágrimas;
    extremeños de centeno,
    gallegos de lluvia y calma,
    catalanes de firmeza,
    aragoneses de casta,
    murcianos de dinamita
    frutalmente propagada,
    leoneses, navarros, dueños
    del hambre, el sudor y el hacha,
    reyes de la minería,
    señores de la labranza,
    hombres que entre las raíces,
    como raíces gallardas,
    vais de la vida a la muerte,
    vais de la nada a la nada:
    yugos os quieren poner
    gentes de la hierba mala,
    yugos que habéis de dejar
    rotos sobre sus espaldas.

    Crepúsculo de los bueyes
    está despuntando el alba.

    Los bueyes mueren vestidos
    de humildad y olor de cuadra;
    las águilas, los leones
    y los toros de arrogancia,
    y detrás de ellos, el cielo
    ni se enturbia ni se acaba.
    La agonía de los bueyes
    tiene pequeña la cara,
    la del animal varón
    toda la creación agranda.

    Si me muero, que me muera
    con la cabeza muy alta.
    Muerto y veinte veces muerto,
    la boca contra la grama,
    tendré apretados los dientes
    y decidida la barba.

    Cantando espero a la muerte,
    que hay ruiseñores que cantan
    encima de los fusiles
    y en medio de las batallas.

    Elegía

    (En Orihuela, su pueblo y el mío, se
    me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
    con quien tanto quería.)

    Yo quiero ser llorando el hortelano
    de la tierra que ocupas y estercolas,
    compañero del alma, tan temprano.

    Alimentando lluvias, caracolas
    y órganos mi dolor sin instrumento.
    a las desalentadas amapolas

    daré tu corazón por alimento.
    Tanto dolor se agrupa en mi costado,
    que por doler me duele hasta el aliento.

    Un manotazo duro, un golpe helado,
    un hachazo invisible y homicida,
    un empujón brutal te ha derribado.

    No hay extensión más grande que mi herida,
    lloro mi desventura y sus conjuntos
    y siento más tu muerte que mi vida.

    Ando sobre rastrojos de difuntos,
    y sin calor de nadie y sin consuelo
    voy de mi corazón a mis asuntos.

    Temprano levantó la muerte el vuelo,
    temprano madrugó la madrugada,
    temprano estás rodando por el suelo.

    No perdono a la muerte enamorada,
    no perdono a la vida desatenta,
    no perdono a la tierra ni a la nada.

    En mis manos levanto una tormenta
    de piedras, rayos y hachas estridentes
    sedienta de catástrofes y hambrienta.

    Quiero escarbar la tierra con los dientes,
    quiero apartar la tierra parte a parte
    a dentelladas secas y calientes.

    Quiero minar la tierra hasta encontrarte
    y besarte la noble calavera
    y desamordazarte y regresarte.

    Volverás a mi huerto y a mi higuera:
    por los altos andamios de las flores
    pajareará tu alma colmenera

    de angelicales ceras y labores.
    Volverás al arrullo de las rejas
    de los enamorados labradores.

    Alegrarás la sombra de mis cejas,
    y tu sangre se irán a cada lado
    disputando tu novia y las abejas.

    Tu corazón, ya terciopelo ajado,
    llama a un campo de almendras espumosas
    mi avariciosa voz de enamorado.

    A las aladas almas de las rosas
    del almendro de nata te requiero,
    que tenemos que hablar de muchas cosas,
    compañero del alma, compañero.

    No quiso ser

    No conoció el encuentro
    del hombre y la mujer.
    El amoroso vello
    no pudo florecer.

    Detuvo sus sentidos
    negándose a saber
    y descendieron diáfanos
    ante el amanecer.

    Vio turbio su mañana
    y se quedó en su ayer.

    No quiso ser.

    Jornaleros

    Jornaleros que habéis cobrado en plomo
    sufrimientos, trabajos y dineros.
    Cuerpos de sometido y alto lomo:
    jornaleros.

    Españoles que España habéis ganado
    labrándola entre lluvias y entre soles.
    Rabadanes del hambre y el arado:
    españoles.

    Esta España que, nunca satisfecha
    de malograr la flor de la cizaña,
    de una cosecha pasa a otra cosecha:
    esta España.

    Poderoso homenaje a las encinas,
    homenaje del toro y el coloso,
    homenaje de páramos y minas
    poderoso.

    Esta España que habéis amamantado
    con sudores y empujes de montaña,
    codician los que nunca han cultivado
    esta España.

    ¿Dejaremos llevar cobardemente
    riquezas que han forjado nuestros remos?
    ¿Campos que ha humedecido nuestra frente
    dejaremos?

    Adelanta, español, una tormenta
    de martillos y hoces: ruge y canta.
    Tu porvenir, tu orgullo, tu herramienta
    adelanta.

    Los verdugos, ejemplo de tiranos,
    Hitler y Mussolini labran yugos.
    Sumid en un retrete de gusanos
    los verdugos.

    Ellos, ellos nos traen una cadena
    de cárceles, miserias y atropellos.
    ¿Quién España destruye y desordena?
    ¡Ellos!¡Ellos!

    Fuera, fuera, ladrones de naciones,
    guardianes de la cúpula banquera,
    cluecas del capital y sus doblones:
    ¡fuera, fuera!

    Arrojados seréis como basura
    de todas partes y de todos lados.
    No habrá para vosotros sepultura,
    arrojados.

    La saliva será vuestra mortaja,
    vuestro final la bota vengativa,
    y sólo os dará sombra, paz y caja
    la saliva.

    Jornaleros: España, loma a loma,
    es de gañanes, pobres y braceros.
    ¡No permitáis que el rico se la coma,
    jornaleros!

    Nanas de la cebolla

    La cebolla es escarcha
    cerrada y pobre:
    escarcha de tus días
    y de mis noches.
    Hambre y cebolla:
    hielo negro y escarcha
    grande y redonda.

    En la cuna del hambre
    mi niño estaba.
    Con sangre de cebolla
    se amamantaba.
    Pero tu sangre,
    escarchada de azúcar,
    cebolla y hambre.

    Una mujer morena,
    resuelta en luna,
    se derrama hilo a hilo
    sobre la cuna.
    Ríete, niño,
    que te tragas la luna
    cuando es preciso.

    Alondra de mi casa,
    ríete mucho.
    Es tu risa en los ojos
    la luz del mundo.
    Ríete tanto
    que en el alma al oírte,
    bata el espacio.

    Tu risa me hace libre,
    me pone alas.
    Soledades me quita,
    cárcel me arranca.
    Boca que vuela,
    corazón que en tus labios
    relampaguea.

    Es tu risa la espada
    más victoriosa.
    Vencedor de las flores
    y las alondras.
    Rival del sol.
    Porvenir de mis huesos
    y de mi amor.

    La carne aleteante,
    súbito el párpado,
    el vivir como nunca
    coloreado.
    ¡Cuánto jilguero
    se remonta, aletea,
    desde tu cuerpo!

    Desperté de ser niño.
    Nunca despiertes.
    Triste llevo la boca.
    Ríete siempre.
    Siempre en la cuna,
    defendiendo la risa
    pluma por pluma.

    Ser de vuelo tan alto,
    tan extendido,
    que tu carne parece
    cielo cernido.
    ¡Si yo pudiera
    remontarme al origen
    de tu carrera!

    Al octavo mes ríes
    con cinco azahares.
    Con cinco diminutas
    ferocidades.
    Con cinco dientes
    como cinco jazmines
    adolescentes.

    Frontera de los besos
    serán mañana,
    cuando en la dentadura
    sientas un arma.
    Sientas un fuego
    correr dientes abajo
    buscando el centro.

    Vuela niño en la doble
    luna del pecho.
    Él, triste de cebolla.
    Tú, satisfecho.
    No te derrumbes.
    No sepas lo que pasa
    ni lo que ocurre.

  • La reducción a lo absurdo

       Hay debates que no me entran en la cabeza. Últimamente las redes sociales no dejan de bombardear con mensajes acerca de la inmersión lingüística. De vez en cuando buceo entre los mensajes más destacados y uno no acaba de comprender exactamente dónde diantres está el problema. La tontuna fratricida que está viviendo España no tiene ningún sentido, ninguno. Con el tiempo he aprendido que cuando dos noticias rozan los extremos opuestos, la verdad se haya en la frontera que los separa. Ni sectarismo lingüístico ni desprecio a la lengua. Al final uno acaba percibiendo que la gente vive más en la “realidad” virtual, que en el mundo real. No se justifica un comentario una tarde con los amigos diciendo “esto es así porque yo lo he vivido”, sino que se justifica con “esto es así porque así lo he leído”.

    «Con el tiempo he aprendido que cuando dos noticias rozan los extremos opuestos, la verdad se haya en la frontera que los separa.»

       No voy a entrar a defender si en un sitio se aparta el castellano o si en otros sitios se aparta el catalán, el euskera, el gallego o el aranés, no lo voy a hacer porque eso es entrar en el debate absurdo. Lo que voy a defender es la cultura de todos. España es uno de los países más ricos a nivel cultural y más despreciado por sus ciudadanos. ¿Cómo hemos llegado a un punto en el que la cultura se desprecia de tal forma? Tendríamos que abanderar la diversidad lingüística como icono de nuestra patria. ¿Cuántos países pueden decir que entre sus fronteras se habla tantas lenguas diferentes? ¿Por qué no somos capaces de sentirnos orgullosos de lo que tenemos? Cuando leo que hay gente que desprecia el aranés, el gallego, el euskera, el catalán o el castellano, me estalla la cabeza.

       Somos ahora mismo nuestro mayor enemigo. Somos nuestra propia inquisición tratando de establecer una política discriminatoria basada en el argumento cero. Yo me eduqué en la escuela aprendiendo en un colegio de monjas coneixement del medi, matemàtiques, lengua, música, etc… alternando algunas en castellano y en valenciano, y no recuerdo que existiese un debate tan ridículo como el que se está dando hoy en día. Si en un territorio hay varias lenguas oficiales ¿Qué problema hay en aprenderlas? ¿Por qué una tiene que ser exclusiva de la otra?

    «no defiendo ninguna postura política, defiendo la cultura, sin distinción de raza, sexo, ideología política o creencias.»

       Sinceramente, creo que estamos llegando a un punto en donde cualquier aspecto de la vida, ya sea político, religioso o cultural se le está aplicando la reducción al absurdo. Los debates que se tratan, la forma en que se tratan, los argumentos que se aportan y el trato a quien piensa diferente evidencia la falta de madurez que estamos teniendo en España. Me siento identificado con el castellano, con el catalán, con el euskera, con el gallego y con el aranés. Me siento orgulloso de que en España todos tengamos una lengua común y que en algunas zonas del territorio se hable en una lengua propia. Me siento orgulloso de que haya gente que promueva el aprendizaje, que nuestro Instituto Cervantes, con presencia en muchos países del mundo, de cursos de lenguas como el euskera, el catalán o el castellano en países como China o Rusia.

       El día que dejemos de despreciar nuestra cultura y empecemos a sentirnos orgullos de nuestra identidad multicultural, seremos uno de los países más destacados por su cultura, por su historia, por sus lenguas. Tenemos algo que el dinero no puede comprar: una riqueza cultural envidiable. Ahora toca defender esa identidad.

       Como aclaración, no defiendo ninguna postura política, defiendo la cultura, sin distinción de raza, sexo, ideología política o creencias.

  • Seis poemas de Gustavo Adolfo Bécquer

    Seis grandes poemas de Gustavo Adolfo Bécquer

    Hoy se cumple 182 años del nacimiento del poeta Sevillano. Repasamos seis de sus mejores poemas.

       Se cumple 182 años del nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer. Nació el 17 de febrero de 1836, y falleció el 22 de diciembre de 1870. Su vida está llena de luces y sombres, de rimas y leyendas, de amores y desamores. Tras 182 años de su nacimiento, repaso lo que considero sus 6 mejores poemas de Gustavo Adolfo Bécquer.

    Rima XIII

    Tu pupila es azul y cuando ríes
    su claridad suave me recuerda
    el trémulo fulgor de la mañana
    que en el mar se refleja.
    Tu pupila es azul y cuando lloras
    las trasparentes lágrimas en ella
    se me figuran gotas de rocío
    sobre una violeta.
    Tu pupila es azul y si en su fondo
    como un punto de luz radia una idea
    me parece en el cielo de la tarde
    una perdida estrella.

    Rima XXI

    ¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
    en mi pupila tu pupila azul,
    ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
    Poesía… eres tú.
    RIMA XXIII
    [A ella. No sé…]
    Por una mirada, un mundo;
    por una sonrisa, un cielo;
    por un beso… ¡Yo no sé
    qué te diera por un beso!

    Rima XXXV

    ¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día,
    me admiró tu cariño mucho más;
    porque lo que hay en mí que vale algo,
    eso… ni lo pudiste sospechar.

    Rima XXXVIII

    Los suspiros son aire y van al aire.
    Las lágrimas son agua y van al mar.
    Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
    ¿sabes tú adónde va?

    Rima XLIV

    Como en un libro abierto
    leo de tus pupilas en el fondo.
    ¿A qué fingir el labio
    risas que se desmienten con los ojos?
    ¡Llora! No te avergüences
    de confesar que me quisiste un poco.
    ¡Llora! Nadie nos mira.
    Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro.

    Rima LIII

    Volverán las oscuras golondrinas
    en tu balcón sus nidos a colgar,
    y otra vez con el ala a sus cristales
    jugando llamarán.
    Pero aquellas que el vuelo refrenaban
    tu hermosura y mi dicha a contemplar,
    aquellas que aprendieron nuestros nombres…
    ¡esas… no volverán!.

    Volverán las tupidas madreselvas
    de tu jardín las tapias a escalar,
    y otra vez a la tarde aún más hermosas
    sus flores se abrirán.
    Pero aquellas, cuajadas de rocío
    cuyas gotas mirábamos temblar
    y caer como lágrimas del día…
    ¡esas… no volverán!

    Volverán del amor en tus oídos
    las palabras ardientes a sonar;
    tu corazón de su profundo sueño
    tal vez despertará.
    Pero mudo y absorto y de rodillas
    como se adora a Dios ante su altar, …
    como yo te he querido…; desengáñate,
    ¡así… no te querrán!