• Mitos y leyendas de la península: La campana de Huesca.

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       El día en que los restos de Alfonso I fueron llevados  el monasterio de Montearagón, su última morada, Ramiro, quien fue llamado a acompañar a su hermano, llevaba ya unos años como prior en San Pedro el Viejo de Huesca. Antes fue abad de San Juan de la Peña, mítico lugar de leyenda, y de Sahagún, además de obispo de Burgos y Pamplona.

       Ramiro, hombre tranquilo, no deseaba abandonar la paz que le otorgaba los muros del claustro, pero los nobles lo aclamaron como rey tras morir su hermano Alfonso.

       Cuando tomó el poder, aquellos que lo sentaron en el trono, maquinaban cómo hacerle caer del mismo. Todos los conspiradores gozaban de fama brava y valentía, señores de castillos inexpugnables, con linaje noble. Incluso entre los conspiradores se encontraban gente de fe como un abad y un obispo.

       Muchos de estos conspiradores los tenía cerca, notando el frío del acero en su espalda, incluso dentro de los muros de palacio. Ramiro, como hombre de fe, se vio obligado a defender el trono que dispuso Dios para él. ¿Cómo iba a ceder ante los conspiradores? La unidad y el bienestar de su pueblo dependían de mantener el trono.

       Ramiro fue siempre un hombre tranquilo, y las intrigas le eran ajenas a su vida, y por ello dudaba en su decisión. En su cavilar reconoció que ante una conspiración, la rectitud, la virtud, el bien y la justicia no serían suficientes.

       — Debemos disponer ya de la decisión que nos salve–le dijo a uno de sus consejeros-, para que llegado el momento actuemos.

       Buscando la tranquilidad, el rey Ramiro II paseaba por el jardín, por los solitarios pasillos o en la intimidad de su alcoba. Constantemente se preguntaba:

       — ¿Qué hacer, Señor? Señálame el camino…

       Entre sus viejas amistades contaba con un maestro y director espiritual, quien ahora era abad en San Juan de la Peña. Ramiro II le respetaba y lo amaba. Sabía que el le daría la respuesta que el buscaba desesperadamente.

       —No hay mejor consejero –se dijo Ramiro II- que pueda darme el consejo apropiado para resolver este desafortunado entuerto.

       Al amparo de la noche, el rey envió a uno de sus mensajeros a San Juan de la Peña.

       —Infórmale –le dijo el rey- de la conspiración que hay contra la corona. Dile que su consejo es necesario. Ten en cuenta que el abad no tiene permitido hablar,  pero no te preocupes, el encontrará la manera de indicarte qué debo hacer.

       A galope tendido, el mensajero no tardó más que unas horas en llegar al monasterio. El abad era un hombre imponente, de gran altura, ataviado con su hábito negro. La capucha le ocultaba parte del rostro, mostrando su espesa barba y unos ojos negros e inquisitivos.

       El emisario informó al abad de la situación de su antiguo discípulo. Sin mediar palabra, el abad le indicó al mensajero que lo siguiera. Lo llevó a un huerto, mientras por el horizonte asomaban los primeros rayos de luz. Cerca se pudo escuchar el canto insolente de un gallo. El aire de la mañana mecía la hierba y las hojas de los árboles bailaban al son del viento. Unas espigas maduras ondeaban suavemente. El abad tomó una hoz con su mano y, tras mostrársela con insistencia al mensajero, cortó todas las espigas que sobresalían, dejando las más bajas intactas. El abad lanzaba cortes seguros, contundentes, pero suaves y sin ruido alguno.

       Cuando terminó el abad miró fijamente con sus ojos negros al mensajero.

       — ¡He comprendido! –dijo el emisario al observar las espigas esparcidas por el suelo. Tras despedirse del abad, partió a galope para informar de su reunión con el abad al rey Ramiro II el Monje.

       Un día se anunció que el monarca aragonés deseaba construir una campana enorme. Aquella campana debía oírse desde el Pirineo hasta el Ebro, desde Sobrarbe hasta Navarra. Todos tomaron por locura aquella decisión. Pasaron los días hasta que el rey anunció que la campana ya había sido fundida y colocada en un lugar de palacio.

       — Espero a todos los nobles para mostrársela – dijo el monarca.

       La nobleza asistió a la llamada. El rey los recibió cortésmente, agasajándolos con abundante comida. Tras la recepción pidió a los nobles que lo siguiesen a una sala espaciosa en  palacio. Los nobles que entraron en la sala aguardaron con silencio y consternación, incluso hubo algunos que no pudieron reprimir un grito de espanto, y no era para menos. En el centro de la sala había quince cabezas separadas de sus cuerpos, dispuestas en el centro, formando un círculo.

       — ¿Qué os parece la campana? –preguntó el rey-. ¿Habéis visto el badajo?

       Y señaló a una cuerda que colgaba del techo, sosteniendo esa cuerda la cabeza del obispo que conspiraba contra la corona, balanceándose levemente como un péndulo.

       Allí se encontraban las cabezas de todos los nobles que conspiraron contra la corona. No hubo necesidad de decir los nombres porque, tras grotescas expresiones, se reconocía al criminal.

       En la sala reinaba un silencio sepulcral. El rey habló entonces:

       — ¿No es cierto, señores, que la campana que tienen ante ustedes es la campana más famosa de todos los tiempos? Os aseguro que esta campana se escuchará desde el Pirineo hasta el Ebro, desde Sobrarbe hasta Navarra. Y recordad los que aún respiráis, que nunca se os olvide, que si la idea de conspirar os viene a la mente, escucharéis su terrible sonido.

       Y abriéndose paso entre los nobles, el rey Ramiro II el Monje salió de la estancia, dejando en ella a los nobles aragoneses aterrados.

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  • Pura paja

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       Hace tiempo disfrutaba de la televisión viendo los debates políticos que hacen en las cadenas españolas, y me resultaba muy interesante ver cómo unos a otros trataban de desarmarse dialécticamente. Y había debates muy buenos, pero hace ya unos años que he perdido el gusto por verlos. A medida que iba analizando cómo debatían me di cuenta de una cosa: aquello no era un debate sino pura paja.

       Os quiero presentar a alguien que quizás muchos ya conozcáis. ¿Conocéis a Don Hombre de Paja? Este señor es un pelele, un muñeco de trapo usado, un ridículo que trata de ser una realidad que no es, pero se lo trabaja muy duro y muchas veces, con argucias y juego sucio, llega a parecerlo.

       ¡Maldita falacia del hombre de paja! El día que llegó, tocó la puerta, entró y jamás se marchó. Es muy corriente verlo en los debates políticos. La falacia del hombre de paja se ha presentado al mundo como un “recurso” para poder tumbar los argumentos de la oposición. ¿Aún no os suena? Con un ejemplo lo ilustro:

       Un día, mientras paseaba con mi mujer por la calle principal de mi ciudad, un hombre se nos acercó:

       — ¡Buenos días pareja! ¿Tenéis un segundo para hablar sobre los niños de África?

       — Lo siento caballero, pero no tenemos tiempo.

       — Osea que odiáis a los niños de África y lo que queréis es que se mueran de hambre, ¿no?

       —…

       ¿A que ahora ya conocéis a Don Hombre de Paja? ¿A quién no se le ha aparecido alguna vez a través de un rostro amistoso? Básicamente consiste en reducir a lo absurdo una tesis para poder tumbarla dialécticamente con argumentos pobres. Muchos hablan de él como un recurso lingüístico legítimo, y es cierto, todo lo que no conlleve violencia es legítimo, pero en vez de calificarlo como un recurso lingüístico habría que calificarlo como pobreza lingüística. Fue por ese maldito “recurso” por lo que dejé de ver los debates televisivos, porque la verdad ha pasado a un segundo plano, o un tercer plano, y lo que realmente importa es hacerle creer a la gente lo que tu dices, aunque sea una mentira. Sinceramente, lo último que me apetece durante el día es que me tomen por estúpido, así que cerré aquella puerta para no abrirla.

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  • Rostros ocultos

    La literatura es una de las expresiones culturales más nobles que ha adquirido la humanidad. Como ocurre con todas las expresiones, por muy ideales que sean, están sujetas a la condición humana. Así, del mismo modo que la literatura es un arte noble, también ha sido un mundo muy injusto para la otra mitad de la humanidad. A lo largo de la historia de la humanidad hemos visto como las letras han convertido a personas comunes en personajes famosos por sus obras. Son muchos los escritores que han visto reconocido su esfuerzo, pero ¿y las escritoras? Han sido muchos los casos en donde las escritoras fueron rostros ocultos. ¿El motivo?: ser mujer.

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  • El Pato Donald era nazi

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       ¿Quién no recuerda el oscuro pasado del Pato Donald cuando se unió al bando nacional-socialista? Así es, el Pato Donald era nazi, pero no es lo que ustedes creen que es. Der Fuehrer’s Face es un cortometraje americano producido por la compañía Walt Disney Productions, publicado en el año 1943 por RKO Radio Pictures.

       El fin del cortometraje era vender bonos de guerra, siendo un gran ejemplo de propaganda en donde mezclaba la inocencia de los dibujos animados con el horror de la Alemania Nazi. El corto fue dirigido por el director Jack Kinney y escrito por Joe Grant. La canción de la película, compuesta por Oliver Wallace, se popularizo en la época, y fue usada para caricaturizar la imagen de Hitler y su régimen.

       El corto ganó los premios de la Academia al Mejor Cortometraje de Animación, siendo la única película en donde el Pato Donald en solitario recibe un premio. Años más tarde, en 1994, se posicionó en el puesto 22 de la lista “Los 50 mejores dibujos animados”. La película por el contrario no fue muy divulgada debido a que aparece el propio Pato Donald como un nazi, y su espíritu propagandístico se alejaba de la línea que quería mantener Walt Disney.

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     El Pato Donald despierta un día en Nutzi Land, que fonéticamente se parece mucho a Nazi Land pero que se traduce como Tierra de Locos. A primera hora de la mañana, para despertar a los habitantes de Nutzi Land, una banda de música nazi toca Fuehrer’s Face. La banda se compone por caricaturas de Hideki Tojo, Göring, Goebbels y Mussolini. En la canción defiende la superioridad de la raza aria y se muestran orgullosos de hacer el saludo nazi.

       La banda de música despierta a Donald. En esta escena se muestra la precariedad de la vida de los alemanes, viendo cómo Donald moja un grano de café en agua hirviendo, y en donde corta una rebanada de pan dura.  Mientras se toma su desayuno le ponen un ejemplar del Mein kampf para que lo lea. Esa escena resume muy bien la precariedad y el adoctrinamiento nazi.

       Tras un precario desayuno, Donald es llevado a la fuerza a su trabajo en una fábrica donde montan obúses. Algunas espoletas traen consigo imágenes de Hitler, así que Donald se ve obligado a hacer el saludo cada vez que ve una imagen de Hitler. El trabajo se muestra agotador y el único descanso que tiene es hacer gimnasia mientras saluda la imagen de Hitler. Cuando vuelve a su trabajo el caos estalla, se le acumula los proyectiles y las imágenes de Hitler, volviéndose loco, hasta que finalmente despierta de la pesadilla en una cama en Estados Unidos. Al notar que todo ha sido una horrible pesadilla se acerca a la Estatua de la Libertad y la abraza con fervor, sintiéndose orgulloso de ser un ciudadano de Estados Unidos.

       La última escena es la más simbólica, en la que aparece una caricatura de Hitler a la que se le arroja un tomate.

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  • Kafka, una niña y su muñeca

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       Aún hoy en día el parque conserva el verdor y las sendas que discurren entre bancos pintados de rojo. Fue allí donde un día del año 1923 sucedió una historia de Kafka, una niña y su muñeca. Mientras Kafka y su mujer Dora Diamant paseaban por el parque Steglitz, en Berlín, se encontraron con una niña que lloraba sin consuelo porque su muñeca se había perdido. El escritor de “La Metamorfosis”, se acercó a la niña y le dijo «Tu muñeca no se ha perdido, querida. Se ha ido de viaje.»

       La niña insistió al escritor y le preguntó cómo era posible que él supiese eso.  Kafka, sin dudarlo un segundo, le respondió que su muñeca le había enviado una carta, pero que por desgracia no la llevaba consigo en ese momento. El escritor le prometió que si al día siguiente ella volvía por el parque a esa hora, él le llevaría la carta.

       Así fue como Kafka se convirtió en el cartero que llevaba la correspondencia de la muñeca a su amiga. Durante tres semanas mantuvo ilusionanda a la niña, escribiendo para ellas las cartas en nombre de la muñeca. Cada día le llevaba una carta diferente, enviada desde diferentes países del mundo: Londres, Paris incluso Berlín. Kafka se las leía en voz alta, y así la niña mantuvo la ilusión, hasta que llegó la última carta. En esa última carta la muñeca le contaba que contraía matrimonio y «Tu misma comprenderás que en el futuro tendremos que renunciar a volver a vernos».

       La niña en ese momento ya era otra, por lo que no le resulto difícil despedirse de la muñeca.

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    ¿Real o ficción?

       Es muy probable que nunca ocurriese pero ¿qué más da? Lo importante de esta historia no es si es real o ficticia, sino lo que encierra detrás de la misma. Kafka nos enseña que es posible reparar una pérdida poniendo palabras donde sólo había ausencia.

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  • Los Códice Madrid I-II

    España puede sentirse orgullosa de tener entre sus tomos uno de los mayores tesoros de la cultura europea. La Biblioteca Nacional de Madrid tiene entre sus tomos los Códice Madrid I-II. ¿Cómo han llegado a España? La desinformación, el desinterés y la casualidad, quisieron que contásemos con dos tomos de un valor cultural incalculable.

    Uno de los mayores méritos que ha tenido Leonardo da Vinci es que ha legado a la humanidad una cultura de un valor incalculable. Sus trabajos en el mundo de la ciencia y la ingeniería, además de las artes humanísticas como la pintura, escultura, escritura, botánica, filosofía, música y urbanismo fueron muy avanzados para su época. Por desgracia, tras su muerte, todos sus manuscritos fueron pasando de mano en mano, por lo que la cultura europea se vio muy poco beneficiada de las ideas del artista florentino.

    Es sabido que dejó por testamento que tras su muerte todos sus manuscritos fuesen heredados por su discípulo más fiel, Francesco Melzi, que le siguió en todo el peregrinaje que hizo Leonardo por Francia e Italia.

    ¿Cómo llegó entonces a dispersar tanto la obra del artista? Con la muerte de Francesco Melzi, quien conservó toda la obra en su casa de Vaprio d’Adda, toda la obra pasó a manos de su hijo Orazio Melzi. Este, al no ver ningún interés en la obra, la arrinconó en un granero.

    Lelio Gavardi, preceptor de los Melzi, se apoderó de los 13 cuadernos que tenía Orazio Melzi, y se los llevó a la Florencia, para ofrecérselos a los Médicis con la esperanza puesta en obtener una gran suma de dinero. Pero de forma inaudita, el consejero del Duque dijo “Nada de esto podría interesar a Vuestra Excelencia.” No pudiendo realizar la venta, y viendo que con ese material no haría fortuna, Gavardi le pidió a su amigo Ambrogio Mazzenta, que devolviera las obras a Orazio Melzi. Pero Orazio Melzi no cambió de parecer, y no renovó ningún interés por las obras, así que regaló las obras por las molestias a Mazzenta, quien escribió en sus memorias “se asombró de que me hubiera tomado tales molestias y me regaló los libros”.

    Fue en ese momento cuando entra en escena una persona importante para nuestra historia, Pompeo Leoni, quien trabajaba para la corte del rey Felipe II de España como escultor. Leoni mostró gran interés por los manuscritos y prometió protección y favores personales a cambio de que le cediesen una gran parte de la obra, así mismo consiguió 10 de los 13 cuadernos que Orazio Melzi regaló a Mazzenta.

    Pompeo Leoni, deseoso de dar una visión más atractiva a los documentos, desmembró varios cuadernos para reagrupar sus páginas en varios grandes volúmenes. Esta “restauración” modificó por completo los volúmenes, borrando todo rastro de la distribución original de Leonardo da Vinci.

    Unos pocos cuadernos fueron cedidos a  Felipe II, quedándose para sí gran parte del resto. Con su muerte estos pasaron a Polidoro Calchi, yerno y heredero de Leoni. Calchi se dedicó a vender los cuadernos. Sus compradores fueron el Conde Faleazzo Arconati; Thomas Howard, Conde Arundel.

    Los Códice Madrid I-II

    Con el descubrimiento de los dos manuscritos de Leonardo da Vinci en la Biblioteca Nacional de Madrid se abrió un nuevo capítulo en la historia del pensamiento y la obra de Leonardo da Vinci.

    Estos dos tomos reflejan el pensamiento y los estudios que Leonardo da Vinci realizó sobre el arte, la mecánica, la geometría, la hidrología, la anatomía, la meteorología y el vuelo de las aves. En sus estudios nos ofrece una visión de las dinámicas y las leyes que las rigen, además de una rica descripción de los elementos de la naturaliza.

    Los dos volúmenes han incrementado en unas 700 páginas, de un total de 6.000 que se conocen en la actualidad. Estos dos manuscritos se sitúan entre los años 1491 a 1505, los más fecundos de Leonardo.

    El Códice I es una obra homogénea en el contenido, en donde se habla exclusivamente de la mecánica. Por otra parte, el Códice II, trata sobre una gran variedad de temas, en su mayoría relacionados con el arte.

    El descubrimiento

    La casualidad y el destino son caprichosos. Un día como otro cualquiera del año 1967, Jules Piccus, experto en literatura castellana medieval en la Universidad de Massachusetts, mientras investigaba los cancioneros castellanos, preguntó en la biblioteca si entre los documentos había alguno que tuviese un salto entre varias signaturas, y un funcionario de la Biblioteca Nacional, inocentemente y con total desconocimiento le puso dos tomos sobre la mesa. Cuál sería la sorpresa y el asombro de Jules Piccus cuando en la página 9 vio esto:

    La noticia corrió como la pólvora llegando a los máximos expertos sobre Leonardo da Vinci. Fue Ladislao Reti, que por aquellos años era uno de los máximos expertos en la obra de Leonardo, quien en la sala de prensa del hotel Boston, confirmó la autenticidad de los mismos.

    Tras ello hubo un gran revuelo, y se exigió responsabilidades. Miguel Bordonau, quien por aquel entonces era el director de la Biblioteca Nacional, dio una rueda de prensa, intentando salir airoso, sin mucho éxito, de la avalancha de preguntas. En una de sus declaraciones afirmó que “no se trataba estrictamente de un descubrimiento, sino de un hallazgo afortunado”. Según el director, ya se sabía de la existencia de los manuscritos, sólo que estaban “traspapelados”. Al final, tanto el director de la biblioteca como el subdirector fueron cesados.

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