Pura paja

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   Hace tiempo disfrutaba de la televisión viendo los debates políticos que hacen en las cadenas españolas, y me resultaba muy interesante ver cómo unos a otros trataban de desarmarse dialécticamente. Y había debates muy buenos, pero hace ya unos años que he perdido el gusto por verlos. A medida que iba analizando cómo debatían me di cuenta de una cosa: aquello no era un debate sino pura paja.

   Os quiero presentar a alguien que quizás muchos ya conozcáis. ¿Conocéis a Don Hombre de Paja? Este señor es un pelele, un muñeco de trapo usado, un ridículo que trata de ser una realidad que no es, pero se lo trabaja muy duro y muchas veces, con argucias y juego sucio, llega a parecerlo.

   ¡Maldita falacia del hombre de paja! El día que llegó, tocó la puerta, entró y jamás se marchó. Es muy corriente verlo en los debates políticos. La falacia del hombre de paja se ha presentado al mundo como un «recurso» para poder tumbar los argumentos de la oposición. ¿Aún no os suena? Con un ejemplo lo ilustro:

   Un día, mientras paseaba con mi mujer por la calle principal de mi ciudad, un hombre se nos acercó:

   — ¡Buenos días pareja! ¿Tenéis un segundo para hablar sobre los niños de África?

   — Lo siento caballero, pero no tenemos tiempo.

   — Osea que odiáis a los niños de África y lo que queréis es que se mueran de hambre, ¿no?

   —…

   ¿A que ahora ya conocéis a Don Hombre de Paja? ¿A quién no se le ha aparecido alguna vez a través de un rostro amistoso? Básicamente consiste en reducir a lo absurdo una tesis para poder tumbarla dialécticamente con argumentos pobres. Muchos hablan de él como un recurso lingüístico legítimo, y es cierto, todo lo que no conlleve violencia es legítimo, pero en vez de calificarlo como un recurso lingüístico habría que calificarlo como pobreza lingüística. Fue por ese maldito «recurso» por lo que dejé de ver los debates televisivos, porque la verdad ha pasado a un segundo plano, o un tercer plano, y lo que realmente importa es hacerle creer a la gente lo que tu dices, aunque sea una mentira. Sinceramente, lo último que me apetece durante el día es que me tomen por estúpido, así que cerré aquella puerta para no abrirla.

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