Relación entre Federico García Lorca y Miguel Hernández

   Con frecuencia he podido ver cómo algunos de forma errónea atribuyen una estrecha amistad a la relación entre Miguel Hernández y Federico García Lorca. Románticamente se ha recurrido a la idea fantasiosa de una amistad de la que ambos se vieron beneficiados recíprocamente en el mundo literario. Y no es algo que haya visto en foros literarios, sino entre académicos y expertos en la figura de Miguel Hernández como Marie Laffranque, María de García Ifach o Antonina Rodrigo, esta última haciendo referencia a una «gran amistad» y «hermosa amistad».

   Antes de que hubiese contacto entre el señorito y el cabrero, antes de llegar a Madrid el 8 de diciembre de 1931, Miguel envía una carta a Juan Ramón Jiménez, proponiéndole si Federico podría recibirlo en su casa para que le leyese algunos de sus poemas. Su osadía era fruto de la inocencia provinciana y del ansia de abrirse camino en la espesa jungla literaria del Madrid del siglo XX.

   Siempre apuntó al poeta andaluz como un referente suyo, y así lo reflejó en una conversación que mantuvo con Giménez Caballero en La Gaceta Literaria:

— ¿Oficio?

— Guardador de cabras.

— ¿Cómo se aficionó a leer y a escribir?

— Pues ya ve, cogiendo los papeles que encontraba, yéndome a la biblioteca del pueblo.

— ¿Sus autores preferidos?

— Góngora, Lorca y Gabriel Miró.

— ¿Amigos literarios?

— Casi ninguno. Sijé, que usted conoce en Orihuela.

«La desaparición de Federico García Lorca —dice Miguel— es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. El solo era una nación de poesía»

   En esta inocente alusión muestra la admiración que profesa por el poeta granadino y, al mismo tiempo, desvela su aspiración por entablar contacto con el Federico. El poeta cabrero llega a la capital el 8 de diciembre de 1931 con el ansia de tener una oportunidad de encontrarse con Federico, sin embargo su misión fracasó. El 17 de marzo de 1932, tras estar tres meses en Madrid, escribe a su amigo Ramón Sijé, y sin disimular su desilusión le dice «No he podido oír a García Lorca», desistiendo así de su aventura madrileña.

   El encuentro entre los dos poetas tuvo que esperar hasta enero de 1933. Raimundo de los Reyes, director de la Editorial La Verdad de Murcia, mientras preparaba la publicación de Perito en lunas, reunió a ambos poetas actuando como anfitrión en su propia casa. En esos días Federico se encontraba de gira por Murcia con su grupo La Barraca, actuando en teatros de Alicante, Elche y Murcia, representando la obra La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Fue Raimundo quien mostró a Federico la obra Perito en Lunas, provocando generosos elogios del poeta granadino. Según nos cuenta Raimundo, Miguel Hernández dijo:

«Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y el del Romancero. Le impuso un sello único.»

Entonces, Miguel —prosigue Guerrero— abriendo exageradamente los brazos, gritó:

— ¡Con que yo soy el primer poeta de España!

A lo que Federico, sonriente, pero nervioso, pues así lle ponía el mero hecho de que alguien osara creerse en un puesto que él estaba firmemente convencido de ocupar, respondió:

— No tano, no tanto…

   El contacto entre ambos ya estaba establecido, y de él Miguel abrigaba grandes esperanzas de entablar una gran amistad. Escribió a Federico enviándole la obra Perito en lunas, esperando que él y sus compañeros diesen a conocer el libro, o por lo menos que Lorca le diese palabras de aliento. La respuesta no llegó y Miguel Hernández, desilusionado, envió otra carta el 10 de abril de 1933:

Sr. D. Federico G. Lorca.

Admirado poeta amigo:
Le escribí hace mucho pidiéndole elogios, aunque ya se los había oído para mi “Perito en lunas”. Y aquí me tiene usted esperándolos – entre otras cosas.
He pensado, ante su silencio, que usted me tomó el pelo a lo andaluz en Murcia – ¿recuerdaaa?-, que para usted fuimos, o fui, lo que recuerdo que nos dijo cuando le preguntamos quién era uno que le saludó. “Ese – dijo- uno de los de: ¡adiós!, cuando les vemos.” Y luego “me escriben muchas cartas a las que yo no contesto”. ¿Puedo estar ofendido contigo?
Perdone. Pero se ha quedado todo: prensa, poetas, amigos, tan silencioso ante mi libro, tan alabado – no mentirosamente, como dijo- por usted la tarde aquella murciana, que he maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie.
Usted sabe bien que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente y que es un libro de formas resucitadas, renovadas, que es un primer libro y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones – a pesar de su aire falso de Góngora – que todos los de casi todos los poetas consagrados, a los que si se les quitara la firma se les confundiría la voz.
Por otra parte, aquí, en mi pueblo – ¡pueblo mío! -, donde el que me gritaba: Yo te he comprado un libro creyéndole bueno y me has dado arpillera, yo he leído a Campoamor… – ¡ea! -, decía yo: Ved los periódicos de Madrid pronto, he quedado en ridículo, porque de toda la prensa madrileña, sólo “Informaciones” se desvirgó hablando de mis poemas por el pico de Alfredo Marqueríe, diciendo cuatro burradas. El tío, antes de decir: ¡Qué burro soy!, dijo: ¡Se ha extraviado el poeta, se ha oscurecido!
Por otra parte, en mi casa soy el cristo de los cinco sampedros: me niegan la mitad del pan; me niegan, padre y madre y sus hijos, como hijo de aquéllos, como hermano de éstos; les avergüenza el que haga versos; no quieren darme vestidos nuevos, y hasta a los pantalones viejos que tengo no les quieren poner remiendos, que amordacen rotos proclamadores de nalgas mías. Hoy mismo, hoy, me han escondido la llave del huerto para que pudiera entrar en él. Y yo he saltado a la torera la tapia, no la valla, y aquí, en este chiquero de abril, aquí, donde ha tenido el suyo “Perito en lunas” este estío, bajo esta higuera, que dilataban hasta sus pámpanos mi carne de acordeón semejante a una palmera degollada, aquí le escribo esto desesperado, desesperado.
Me alegran las noticias que leo – de prestado – de los triunfos que se suceden, que se suceden. ¡Me alegran! y le envidio.
El otro día he visto en “El Sol” la crítica de un libro de romances. El crítico dice que al pronto resuena la voz suya, pero que sólo a primera vista. Yo, nada más por el ejemplo que pone allí de romance, adivino en ese Félix no sé qué un plagiador casi.
Federico: no quiero que me compadezca; quiero que me comprenda.
Aquí, en mi huerto, en un chiquero, aguardo respuesta feliz suya, y pronto, o respuesta simplemente; aquí, pegado como un cartel a esta tapia, detrás, de la cual viven padres pobres, con tantos hijos y tan poca casa, que, para que los niños no vean los orígenes de su fabricación, el comienzo de sus hermanos, se salen al callejón a reanudarse las noches más empinadas.


Un abrazo
MIGUEL HERNÁNDEZ G.
Orihuela, 10 de abril del 1933
Dirección: Arriba, 

   La franqueza provinciana contrasta con el trato respetuoso de Miguel. En su desencanto no reprime la sospecha de que uno de los dos no ha tomado en serio la relación. En su interior se plantea si las alabanzas que dijo Federico no fueron sino una burla, y que para él no habría significado gran cosa. La respuesta de Federico llegaría los últimos días de abril de 1933:

   Mi querido poeta: No te he olvidado. Pero vivo mucho y la pluma de las cartas se me va de las manos. Me acuerdo mucho de tí porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral y dándose topetazos por las paredes.

   Pero así aprendes. Así aprendes a superarte, en esc terrible aprendizaje que te está dando la vida. Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones como tú dices que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Eso lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón.

   Yo quisiera que pudieras superarte de la obsesión de esa obsesión de poeta ¡incomprendido por otra obsesión más generosa política y poética. Escríbeme. Yo quiero hablar con algunos amigos a ver si se ocupan de Perito en lunas. Los libros de versos, querido Miguel, caminan muy lentamente.

Yo te comprendo perfectamente y te mando un abrazo mío fraternal lleno de cariño y de camaradería.

Federico (Escríbeme) T/C 7/C Alcalá 102

   Las palabras de Federico son cordiales, de respeto y amistad. La carta desprende un tono fraternal, incluso le pide que le escriba. No sería hasta finales de mayo cuando Miguel Hernández le responde a la carta.

   Dispensa, Lorca, amigo, calorré de nacimiento, el que haya dejado, ¡tanta!, anchura de tiempo entre tu carta y ésta.

   El dinero me ha faltado, el trabajo ocupado, abril, mayo, fútbol y mujer, agotado, distraído.

   Hoy que tengo dineros —treinta—, no trabajo. Se me acaba mayo, — descanso del balón que tantos versos me rompe, y he dejado en tres o cuatro vientres inútiles otros tantos hijos que tenía reunidos, acudo a la invitación cordial que me hiciste a capote blanco de: «Escríbeme». Tanto aprendí aquí, que creo que hasta estoy aprendiendo a dejar de ser poeta. No puedo leer por no tener libros,-escribir por no leer, estudiar por no leer también, luchar porque mi enemigo es mi arma: mi poesía.

   ¿Que no sea vanidoso de mi obra? No es vanidad, amigo Federico Lorca: es orgullo malherido.

   Gracias por tu deseo de que mi obsesión de poeta incomprendido sea separada de mí. Aún no venía tu carta por el camino cuando ya me había divorciado de ella. Soy, sin ser nada, comunista y fascista.

   ¿Hablas con tus amigos para que se ocupen de mi libro?

   Mándame los libros y revistas que puedas.

   Si me lo pides te mandaré algún poema para alguna.

   Pienso enviar mi libro próximo —a medias ya— al Concurso Nacional. Creo que vendrá en «El Sol» un día de estos mi «Elegía de la novia-lunada», el crimen pasional de todos los días de España aún, que recité en el Ateneo de Alicante y me pidió Juan Guerrero para Juan Ramón y, si era posible, para el periódico de Domenchina, o el esdrújulo.

   Hasta la tuya, que no venga roncera, te abraza saludándote, él. yo.


Miguel H. Giner

   Decepcionado de la relación con Federico, Miguel se toma cinco semanas para responderle, y en su carta se aprecia claramente la falta de entusiasmo y la ausencia de párrafos atronadores de otras ocasiones. Los momentos que pasa el poeta cabrero no son buenos. La desilusión se deja ver, el desaliento, la inestabilidad económica y familiar pesan sobre él. No retomarían el contacto desde mayo de 1933 hasta diciembre de 1934. Miguel Hernández envía a Federico:

   Querido Federico amigo:
Ya estoy en mi huerto escribiéndote con una paz de aceite derramado. Quiero que me digas lo más enseguida que puedas cómo va mi asunto. Interésate con toda tu buena voluntad por él, por mí. Ya sabes que espero lo que resulte con un ansia de perro hambrón. Les he dicho a mis padres que no pasen penas por nada del mundo: que pronto estará resuelto el problema trágico de nuestra existencia. Apenas he llegado y ya ha dicho mi madre que se ha muerto la mejor cabra de nuestro ganado: el perfil de cabra mejor recortado.

   Nos ha hecho las Pascuas: que se ha caído una gallina, la más overa, al pozo, agua quieta en un punto; que todo son penas… Si sacas alguna copia de «El torero más valiente» fíjate bien en que se ha de poner Birlador donde decía Bergamín, y Carmela donde Gabriela.
Escríbeme; no te distraigas, por lo que más quieras, amigo mío. Recibirás mañana creo «El Gallo Crisis».
Recibe ahora un abrazo afectivo de mí, tu admirador.


Miguel Hernández
No precisas dirección, pero manda a Arriba 73 Orihuela (Alicante)

   Miguel rompe con el largo silencio que se interponía entre ambos como un muro, escribe a Federico para tratar el tema de la representación de su obra El torero más valiente, sobre la que pone todas sus esperanzas para salir de los apuros económicos que sufre su familia.

   El poeta cabrero sigue enviando cartas al poeta señorito sin conseguir respuesta alguna. La última carta que envía está fechada el 1 de febrero de 1935 y en ella podemos ver la fatalidad y la desilusión que sufre Miguel Hernández. Sigue esperando noticias sobre la representación de su obra El torero más valiente, sin que esta llegue a representarse. La realidad de la relación entre ambos choca con la ilusión y el deseo que depositó Miguel en esta amistad. En su última carta dice así:

Amigo Federico:


Aún estoy esperando tu carta, aún no se me agotó la vena de la esperanza: todos los días bajo de la sierra en busca de ella que no llega. Te escribo en una situación penosísima: parado, ni pastor siquiera, con novia que no se conforma viéndome así, madre, padre, hermanas que tampoco, por nuestra pobreza, yo menos. Y no encuentro trabajo, y cada bocado que como es vigilado con el rabillo del ojo por todos, que me quieren a regañadientes. No sé, pero si sigo así un mes más me iré Dios sabe a donde en busca de un ganado y un mendrugo. Quiero que me digas. Federico amigo, algo, ¿no se estrenará El torero más valiente? Bueno, hombre. Será que no vale la pena, hice una tragedia para aliviar la mía. Dime, en cambio, que has visto algún amigo tuyo político influyente como me ofreciste, que has hallado algún rincón a mi medida. Moléstate un poco más por mí, hazme el favor. No te escribo más; esta es mi última carta; en ella me lo juego todo. No me queda más dinero para sellos. Escribí a Neruda, que me escribió, y espero carta suya. No sé si es que no ha recibido la mía última, porque se la entregué a Cruz y Raya. Pregúntaselo.

    Sé que piensas ocuparte de la soltera eterna, eterna virgo española: ¡cuántas trato y veo por aquí y qué trágicas! Una de ellas me ha dicho hace poco que no se casó en sus tiempos porque cuando se le arrimaba un hombre lo abofeteaba y lo insultaba. Quisiera tener, Federico, un miembro de orinar para cada una de estas mujeres que se malogran como velas dentro de las rejas y los templos con los ojos y la boca amargos de deseos. Es un tema digno de tu misericordia de poeta inmenso. Espero tu carta, Federico. ¿No lo has hecho por tu «Yerma»? Bueno. Hazlo ya. Si para tí no significa nada mi amistad, para mí mucho la tuya.


Te abraza.
MIGUEL, tu amigo
Orihuela, 1 de febrero de 1935.


¿Quieres leer estos versos? Son del libro que preparo para dentro de poco
(El rayo que no cesa). Gracias por todo. Federico

   La relación que mantuvieron contrasta con las palabras que tuvo Miguel Hernández a Federico cuando fue asesinado durante la guerra civil. En el II Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura dijo sobre el romance de Lorca:

  «Pero pienso que lo importante es la técnica personal del poeta. Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y el del Romancero. Le impuso un sello único.»

   Para su obra Vientos del pueblo  se inspiró en los romances de Lorca. El impacto de Lorca en la obra de Miguel Hernández no fue tan profundo como afirman algunos estudiosos de la obra del poeta cabrero. Miguel Hernández se puso entre dos frentes, entre el catolicismo conservador de sus amigos de Orihuela, sobre todo de Ramón Sijé, y el comunismo revolucionario de Rafael Alberti y Pablo Neruda. Entre estas dos grandes tendencias podría situarse el progresismo moderado de Lorca, el cual no llegó a prosperar en Miguel Hernández. Finalmente acabó por calar más hondo la amistad con Rafael Alberti y María Teresa León. En su primer encuentro con Miguel Hernández, María Teresa León recuerda que este no fue muy alegre. Ello se debe sobre todo a la actitud tímida y conservadora de la adolescencia oriolana de Miguel Hernández, que veía con desconfianza al grupo de la Revista Octubre.

   Los homenajes que dedicó el poeta cabrero al poeta señorito cuando se enteró de su asesinato evidencian la admiración y el profundo respeto que profesaba por el poeta, convertido en un símbolo de la lucha contra el fascismo:

«La desaparición de Federico García Lorca —dice Miguel— es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. El solo era una nación de poesía. Es su sombra… la que empuja irresistiblemente contra sus asesinos en un violento deseo de venganza.»

   Es cierto que su amistad nunca llegó a cuajar, incluso Josefina Manresa, viuda de Miguel Hernández dijo en una ocasión en 1985 que en una ocasión Vicente Aleixandre invitó a Lorca a que fuese a su casa y leyera alguna de sus obras pero que al decirle que estaría Miguel Hernández, Lorca respondía: «¡Ah!, si está ese yo no voy». También es cierto que esto podría deberse a la personalidad de Federico y no a algo personal entre ambos. Luis Buñuel en sus memorias escribió:

   Con frecuencia, y no sin razón, consideraba que yo era demasiado elemental, demasiado rústico, para apreciar la sutileza de la literatura dramática. Un día en que iba a casa de no sé qué aristócrata, incluso se negó a que yo le acompañara.

   La amistad idealizada que algunos han afirmado que existió, por su correspondencia, podemos ver que no era tal, pero sí que entre ambos había respeto y cordialidad, y por parte de Miguel Hernández profunda admiración y respeto por la obra de Lorca.

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