Rostros ocultos

La literatura es una de las expresiones culturales más nobles que ha adquirido la humanidad. Como ocurre con todas las expresiones, por muy ideales que sean, están sujetas a la condición humana. Así, del mismo modo que la literatura es un arte noble, también ha sido un mundo muy injusto para la otra mitad de la humanidad. A lo largo de la historia de la humanidad hemos visto como las letras han convertido a personas comunes en personajes famosos por sus obras. Son muchos los escritores que han visto reconocido su esfuerzo, pero ¿y las escritoras? Han sido muchos los casos en donde las escritoras fueron rostros ocultos. ¿El motivo?: ser mujer.

Con tal de esquivar la lógica masculina, han sido muchas las escritoras que han tenido que echar mano de los pseudónimos. ¿Cuántas escritoras con talento nos habremos perdido por esa fatal injusticia cometida, no sólo contra las mujeres, sino contra la humanidad? Nunca lo sabremos. Somos todos los que hemos perdido una gran obra por cada mujer que vio truncada su carrera literaria por ser mujer. Pese a ello, no fueron flacos los esfuerzos que hicieron, y en su afán por publicar, hicieron uso de su ingenio.

Siete escritoras de «Rostro oculto».

George Sand

Amantine Lucile Aurore es la autora que se esconde tras la máscara de George Sand. Fue autora de nada más y nada menos que 140 novelas, obras de teatro y un sinfín de artículos periodísticos. Tuvo una actitud desafiante, llevándole a rodearse de grandes figuras del romanticismo como Eugène Delacroix, Heinrich Heine, Victor Hugo, Honoré de Balzac, Julio Verne, Alejandro Dumas o Gustave Flaubert. Fue una mujer provocadora, pero por encima de todo fue una escritora con un gran talento.

Las hermanas Brontë

   Sin duda alguna fueron uno de los casos más destacados de superación. Las tres hermanas se criaron sin una madre en un pueblo al norte de Inglaterra, sin ningún medio disponible para poder comenzar una carrera como escritoras. Su deseo por dedicarse al noble arte las llevo a convertir esos deseos en obras literarias. Cada una se vio obligada a usar un pseudónimo masculino: Charlotte usó el de Currer Bell, Emily el de Ellis Bell y  Anne usó Acton Bell.

George Eliot

¿Quién se esconde detrás de esa máscara? Nada más ni nada menos que Mary Ann Evans. Fue una gran novelista y una poetisa de gran calidad. En sus obras fue capaz de plasmar los conflictos morales que se manifestaron en su época, combinándolo con la el día a día de la vida cotidiana.

Gauthier

   Su nombre fue Sidonie Gabrielle Colette. Estuvo casada con el escritor parisino Henry Gauthier Villars. Su marido era consciente de que su mujer poseía un gran talento como escritora, por lo que tuvo que ponerse como autor de una obra escrita por ella: Claudine.

Fernán Caballero

   Cecilia Böhl de Faber y Larra tuvo claro que si quería hacer una carrera como escritora en el siglo XVIII, no tendría más remedio que hacerlo bajo un pseudónimo. Gracias a ello hemos podido disfrutar de una autora con un gran talento, siendo además una de las precursoras de la novela realista española.

Victor Catalá

   Su nombre real fue Caterina Albert. Tras terminar su primera obra usó su nombre real, pero la crítica fue injusta y muy dura con la obra «La infanticida», escrita en el año 1898. Tras ello aprendió que para superar esas injustas adversidades tendría que recurrir a un pseudónimo masculino. Gracias a ello pudo publicar, siendo una escritora de gran éxito. Alcanzó el cénit de su carrera literaria con la obra «Solitud».

Robert Galbraith

   Sin duda alguna este ha sido uno de los casos más sonados de nuestro siglo. Seguramente muchos no sabrán a quién hace referencia ese pseudónimo, pero si les digo que esta autora también uso sus iniciales como pseudónimo quizás ya les suene. J.K Rowling es la autora de una de las sagas literarias más famosas de nuestro siglo: Harry Potter. Sus editores le recomendaron que para poder llegar a un público más amplio era recomendable que no escribiese su nombre sino sus iniciales J.K. Rowling. Pero esa no fue la única ocasión donde tuvo que recurrir a un pseudónimo. En sus comienzos como autora de novela negra tuvo que usar el pseudónimo masculino de Robert Galbraith.

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