• Seis poemas de Rosalía de Castro

       Poetisa y novelista de origen gallego. A día de hoy se la considera una figura capital dentro de las letras españolas y del pensamiento literario. Estos son los seis poemas que he escogido de su obra.

    Una vez tuve un clavo

     Una vez tuve un clavo
    clavado en el corazón,
    y yo no me acuerdo ya si era aquel clavo
    de oro, de hierro o de amor.
    Sólo sé que me hizo un mal tan hondo,
    que tanto me atormentó,
    que yo día y noche sin cesar lloraba
    cual lloró Magdalena en la Pasión.
    “Señor, que todo lo puedes
    —pedile una vez a Dios—,
    dame valor para arrancar de un golpe
    clavo de tal condición.”
    Y diómelo Dios, arranquelo.
    Pero… ¿quién pensara?… Después
    ya no sentí más tormentos
    ni supe qué era dolor;
    supe sólo que no sé qué me faltaba
    en donde el clavo faltó,
    y tal vez… tal vez tuve soledades
    de aquella pena… ¡Buen Dios!
    Este barro mortal que envuelve el espíritu,
    ¡quién lo entenderá, Señor!…

    Negra Sombra

     

    Cuando pienso que te huyes,
    negra sombra que me asombras,
    al pie de mis cabezales,
    tornas haciéndome mofa.

    Si imagino que te has ido,
    en el mismo sol te asomas,
    y eres la estrella que brilla,
    y eres el viento que sopla.

    Si cantan, tú eres quien cantas,
    si lloran, tú eres quien llora,
    y eres murmullo del río
    y eres la noche y la aurora.

    En todo estás y eres todo,
    para mí en mí misma moras,
    nunca me abandonarás,
    sombra que siempre me asombras.

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
    ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
    lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
    de mí murmuran y exclaman:
    Ahí va la loca soñando
    con la eterna primavera de la vida y de los campos,
    y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
    y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

    -Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
    mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
    con la eterna primavera de mi vida que se apaga
    y la perenne frescura de los campos y las almas,
    aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

    Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
    sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

    Hora tras hora, día tras día

    Hora tras hora, día tras día,
    entre el cielo y la tierra que quedan
    eternos vigías,
    como torrente que se despeña,
    pasa la vida.

    Devolvedle a la flor su perfume
    después de marchita;
    de las ondas que besan la playa
    y que una tras otra besándola expiran.
    Recoged los rumores, las quejas,
    y en planchas de bronce grabad su armonía.

    Tiempos que fueron, llantos y risas,
    negros tormentos, dulces mentiras,
    ¡ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
    en dónde, alma mía?

    Sed de amores tenía

    Sed de amores tenía, y dejaste
    que la apagase en tu boca,
    ¡piadosa samaritana!
    Y te encontraste sin honra,
    ignorando que hay labios que secan
    y que manchan cuanto tocan.
    ¡Lo ignorabas…, y ahora lo sabes!
    Pero yo sé también, pecadora
    compasiva, porque a veces
    hay compasiones traidoras,
    que si el sediento volviese
    a implorar misericordia,
    su sed de nuevo apagaras,
    samaritana piadosa.
    No volverá te lo juro;
    desde que una fuente enlodan
    con su pico esas aves de paso,
    se van a beber a otra.

    Era apacible el día

    Era apacible el día
    y templado el ambiente
    y llovía, llovía,
    callada y mansamente;
    y mientras silenciosa
    lloraba yo y gemía,
    mi niño, tierna rosa,
    durmiendo se moría.

    Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
    Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca la mía!

    Tierra sobre el cadáver insepulto
    antes que empiece a corromperse…, ¡tierra!
    Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
    bien pronto en los terrones removidos
    verde y pujante crecerá la hierba.

    ¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
    torvo el mirar, nublado el pensamiento?
    ¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
    Jamás el que descansa en el sepulcro
    ha de tornar a amaros ni a ofenderos.

    ¡Jamás! ¿Es verdad que todo
    para siempre acabó ya?
    No, no puede acabar lo que es eterno,
    ni puede tener fin la inmensidad.

    Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
    te espera aún con amorosa afán,
    y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
    allí donde nos hemos de encontrar.

    Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
    que no morirá jamás,
    y que Dios, por que es justo y porque es bueno,
    a desunir ya nunca volverá.

    En el cielo, en la tierra, en lo insondable
    yo te hallaré y me hallarás.
    No, no puede acabar lo que es eterno,
    ni puede tener fin la inmensidad.

    Mas… es verdad, ha partido,
    para nunca más tornar.
    Nada hay eterno para el hombre, huésped
    de un día en este mundo terrenal,
    en donde nace, vive y al fin muere,
    cual todo nace, vive y muere acá.

    Una luciérnaga entre el musgo brilla
    y un astro en las alturas centellea,
    abismo arriba, y en el fondo abismo;
    ¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
    En vano el pensamiento
    indaga y busca lo insondable, ¡oh, ciencia!
    Siempre al llegar al término ignoramos
    qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

    Arrodillada ante la tosca imagen,
    mi espíritu, abismado en lo infinito,
    impía acaso, interrogando al cielo
    y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
    ¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
    con sus ecos responde a mis gemidos
    desde la altura, y sin esfuerzo el llano
    baña ardiente mi rostro enflaquecido.
    ¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo
    lo puedes ver y comprender, Dios mío!

    ¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,
    piadoso y compasivo
    vuelve a mis ojos la celeste venda
    de la fe bienhechora que he perdido,
    y no consientas, no, que cruce errante,
    huérfano y sin arrimo
    acá abajo los yermos de la vida,
    más allá las llanadas del vacío.

    Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
    e impasible el divino
    rostro del Redentor, deja que envuelto
    en sombras quede el humillado espíritu.
    Silencio siempre; únicamente el órgano
    con sus acentos místicos
    resuena allá de la desierta nave
    bajo el arco sombrío.

    Todo acabó quizás, menos mi pena,
    puñal de doble filo;
    todo menos la duda que nos lanza
    de un abismo de horror en otro abismo.

    Desierto el mundo, despoblado el cielo,
    enferma el alma y en el polvo hundido
    el sacro altar en donde
    se exhalaron fervientes mis suspiros,
    en mil pedazos roto
    mi Dios, cayó al abismo,
    y al buscarle anhelante, sólo encuentro
    la soledad inmensa del vacío.

    De improviso los ángeles
    desde sus altos nichos
    de mármol me miraron tristemente
    y una voz dulce resonó en mi oido:
    «Pobre alma, espera y llora
    a los pies del Altísimo:
    mas no olvides que al cielo
    nunca ha llegado el insolente grito
    de un corazón que de la vil materia
    y del barro de Adán formó sus ídolos.»

    Busca y anhela el sosiego

    Busca y anhela el sosiego…
    mas… ¿quién le sosegará?
    Con lo que sueña despierto,
    dormido vuelve a soñar.
    Que hoy como ayer, y mañana
    cual hoy, en su eterno afán,
    de hallar el bien que ambiciona
    -cuando sólo encuentra el mal-,
    siempre a soñar condenado,
    nunca puede sosegar.

  • Relación entre Federico García Lorca y Miguel Hernández

       Con frecuencia he podido ver cómo algunos de forma errónea atribuyen una estrecha amistad a la relación entre Miguel Hernández y Federico García Lorca. Románticamente se ha recurrido a la idea fantasiosa de una amistad de la que ambos se vieron beneficiados recíprocamente en el mundo literario. Y no es algo que haya visto en foros literarios, sino entre académicos y expertos en la figura de Miguel Hernández como Marie Laffranque, María de García Ifach o Antonina Rodrigo, esta última haciendo referencia a una «gran amistad» y «hermosa amistad».

       Antes de que hubiese contacto entre el señorito y el cabrero, antes de llegar a Madrid el 8 de diciembre de 1931, Miguel envía una carta a Juan Ramón Jiménez, proponiéndole si Federico podría recibirlo en su casa para que le leyese algunos de sus poemas. Su osadía era fruto de la inocencia provinciana y del ansia de abrirse camino en la espesa jungla literaria del Madrid del siglo XX.

       Siempre apuntó al poeta andaluz como un referente suyo, y así lo reflejó en una conversación que mantuvo con Giménez Caballero en La Gaceta Literaria:

    — ¿Oficio?

    — Guardador de cabras.

    — ¿Cómo se aficionó a leer y a escribir?

    — Pues ya ve, cogiendo los papeles que encontraba, yéndome a la biblioteca del pueblo.

    — ¿Sus autores preferidos?

    — Góngora, Lorca y Gabriel Miró.

    — ¿Amigos literarios?

    — Casi ninguno. Sijé, que usted conoce en Orihuela.

    «La desaparición de Federico García Lorca —dice Miguel— es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. El solo era una nación de poesía»

       En esta inocente alusión muestra la admiración que profesa por el poeta granadino y, al mismo tiempo, desvela su aspiración por entablar contacto con el Federico. El poeta cabrero llega a la capital el 8 de diciembre de 1931 con el ansia de tener una oportunidad de encontrarse con Federico, sin embargo su misión fracasó. El 17 de marzo de 1932, tras estar tres meses en Madrid, escribe a su amigo Ramón Sijé, y sin disimular su desilusión le dice «No he podido oír a García Lorca», desistiendo así de su aventura madrileña.

       El encuentro entre los dos poetas tuvo que esperar hasta enero de 1933. Raimundo de los Reyes, director de la Editorial La Verdad de Murcia, mientras preparaba la publicación de Perito en lunas, reunió a ambos poetas actuando como anfitrión en su propia casa. En esos días Federico se encontraba de gira por Murcia con su grupo La Barraca, actuando en teatros de Alicante, Elche y Murcia, representando la obra La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Fue Raimundo quien mostró a Federico la obra Perito en Lunas, provocando generosos elogios del poeta granadino. Según nos cuenta Raimundo, Miguel Hernández dijo:

    «Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y el del Romancero. Le impuso un sello único.»

    Entonces, Miguel —prosigue Guerrero— abriendo exageradamente los brazos, gritó:

    — ¡Con que yo soy el primer poeta de España!

    A lo que Federico, sonriente, pero nervioso, pues así lle ponía el mero hecho de que alguien osara creerse en un puesto que él estaba firmemente convencido de ocupar, respondió:

    — No tano, no tanto…

       El contacto entre ambos ya estaba establecido, y de él Miguel abrigaba grandes esperanzas de entablar una gran amistad. Escribió a Federico enviándole la obra Perito en lunas, esperando que él y sus compañeros diesen a conocer el libro, o por lo menos que Lorca le diese palabras de aliento. La respuesta no llegó y Miguel Hernández, desilusionado, envió otra carta el 10 de abril de 1933:

    Sr. D. Federico G. Lorca.

    Admirado poeta amigo:
    Le escribí hace mucho pidiéndole elogios, aunque ya se los había oído para mi “Perito en lunas”. Y aquí me tiene usted esperándolos – entre otras cosas.
    He pensado, ante su silencio, que usted me tomó el pelo a lo andaluz en Murcia – ¿recuerdaaa?-, que para usted fuimos, o fui, lo que recuerdo que nos dijo cuando le preguntamos quién era uno que le saludó. “Ese – dijo- uno de los de: ¡adiós!, cuando les vemos.” Y luego “me escriben muchas cartas a las que yo no contesto”. ¿Puedo estar ofendido contigo?
    Perdone. Pero se ha quedado todo: prensa, poetas, amigos, tan silencioso ante mi libro, tan alabado – no mentirosamente, como dijo- por usted la tarde aquella murciana, que he maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie.
    Usted sabe bien que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente y que es un libro de formas resucitadas, renovadas, que es un primer libro y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones – a pesar de su aire falso de Góngora – que todos los de casi todos los poetas consagrados, a los que si se les quitara la firma se les confundiría la voz.
    Por otra parte, aquí, en mi pueblo – ¡pueblo mío! -, donde el que me gritaba: Yo te he comprado un libro creyéndole bueno y me has dado arpillera, yo he leído a Campoamor… – ¡ea! -, decía yo: Ved los periódicos de Madrid pronto, he quedado en ridículo, porque de toda la prensa madrileña, sólo “Informaciones” se desvirgó hablando de mis poemas por el pico de Alfredo Marqueríe, diciendo cuatro burradas. El tío, antes de decir: ¡Qué burro soy!, dijo: ¡Se ha extraviado el poeta, se ha oscurecido!
    Por otra parte, en mi casa soy el cristo de los cinco sampedros: me niegan la mitad del pan; me niegan, padre y madre y sus hijos, como hijo de aquéllos, como hermano de éstos; les avergüenza el que haga versos; no quieren darme vestidos nuevos, y hasta a los pantalones viejos que tengo no les quieren poner remiendos, que amordacen rotos proclamadores de nalgas mías. Hoy mismo, hoy, me han escondido la llave del huerto para que pudiera entrar en él. Y yo he saltado a la torera la tapia, no la valla, y aquí, en este chiquero de abril, aquí, donde ha tenido el suyo “Perito en lunas” este estío, bajo esta higuera, que dilataban hasta sus pámpanos mi carne de acordeón semejante a una palmera degollada, aquí le escribo esto desesperado, desesperado.
    Me alegran las noticias que leo – de prestado – de los triunfos que se suceden, que se suceden. ¡Me alegran! y le envidio.
    El otro día he visto en “El Sol” la crítica de un libro de romances. El crítico dice que al pronto resuena la voz suya, pero que sólo a primera vista. Yo, nada más por el ejemplo que pone allí de romance, adivino en ese Félix no sé qué un plagiador casi.
    Federico: no quiero que me compadezca; quiero que me comprenda.
    Aquí, en mi huerto, en un chiquero, aguardo respuesta feliz suya, y pronto, o respuesta simplemente; aquí, pegado como un cartel a esta tapia, detrás, de la cual viven padres pobres, con tantos hijos y tan poca casa, que, para que los niños no vean los orígenes de su fabricación, el comienzo de sus hermanos, se salen al callejón a reanudarse las noches más empinadas.


    Un abrazo
    MIGUEL HERNÁNDEZ G.
    Orihuela, 10 de abril del 1933
    Dirección: Arriba, 

       La franqueza provinciana contrasta con el trato respetuoso de Miguel. En su desencanto no reprime la sospecha de que uno de los dos no ha tomado en serio la relación. En su interior se plantea si las alabanzas que dijo Federico no fueron sino una burla, y que para él no habría significado gran cosa. La respuesta de Federico llegaría los últimos días de abril de 1933:

       Mi querido poeta: No te he olvidado. Pero vivo mucho y la pluma de las cartas se me va de las manos. Me acuerdo mucho de tí porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral y dándose topetazos por las paredes.

       Pero así aprendes. Así aprendes a superarte, en esc terrible aprendizaje que te está dando la vida. Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones como tú dices que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Eso lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón.

       Yo quisiera que pudieras superarte de la obsesión de esa obsesión de poeta ¡incomprendido por otra obsesión más generosa política y poética. Escríbeme. Yo quiero hablar con algunos amigos a ver si se ocupan de Perito en lunas. Los libros de versos, querido Miguel, caminan muy lentamente.

    Yo te comprendo perfectamente y te mando un abrazo mío fraternal lleno de cariño y de camaradería.

    Federico (Escríbeme) T/C 7/C Alcalá 102

       Las palabras de Federico son cordiales, de respeto y amistad. La carta desprende un tono fraternal, incluso le pide que le escriba. No sería hasta finales de mayo cuando Miguel Hernández le responde a la carta.

       Dispensa, Lorca, amigo, calorré de nacimiento, el que haya dejado, ¡tanta!, anchura de tiempo entre tu carta y ésta.

       El dinero me ha faltado, el trabajo ocupado, abril, mayo, fútbol y mujer, agotado, distraído.

       Hoy que tengo dineros —treinta—, no trabajo. Se me acaba mayo, — descanso del balón que tantos versos me rompe, y he dejado en tres o cuatro vientres inútiles otros tantos hijos que tenía reunidos, acudo a la invitación cordial que me hiciste a capote blanco de: «Escríbeme». Tanto aprendí aquí, que creo que hasta estoy aprendiendo a dejar de ser poeta. No puedo leer por no tener libros,-escribir por no leer, estudiar por no leer también, luchar porque mi enemigo es mi arma: mi poesía.

       ¿Que no sea vanidoso de mi obra? No es vanidad, amigo Federico Lorca: es orgullo malherido.

       Gracias por tu deseo de que mi obsesión de poeta incomprendido sea separada de mí. Aún no venía tu carta por el camino cuando ya me había divorciado de ella. Soy, sin ser nada, comunista y fascista.

       ¿Hablas con tus amigos para que se ocupen de mi libro?

       Mándame los libros y revistas que puedas.

       Si me lo pides te mandaré algún poema para alguna.

       Pienso enviar mi libro próximo —a medias ya— al Concurso Nacional. Creo que vendrá en «El Sol» un día de estos mi «Elegía de la novia-lunada», el crimen pasional de todos los días de España aún, que recité en el Ateneo de Alicante y me pidió Juan Guerrero para Juan Ramón y, si era posible, para el periódico de Domenchina, o el esdrújulo.

       Hasta la tuya, que no venga roncera, te abraza saludándote, él. yo.


    Miguel H. Giner

       Decepcionado de la relación con Federico, Miguel se toma cinco semanas para responderle, y en su carta se aprecia claramente la falta de entusiasmo y la ausencia de párrafos atronadores de otras ocasiones. Los momentos que pasa el poeta cabrero no son buenos. La desilusión se deja ver, el desaliento, la inestabilidad económica y familiar pesan sobre él. No retomarían el contacto desde mayo de 1933 hasta diciembre de 1934. Miguel Hernández envía a Federico:

       Querido Federico amigo:
    Ya estoy en mi huerto escribiéndote con una paz de aceite derramado. Quiero que me digas lo más enseguida que puedas cómo va mi asunto. Interésate con toda tu buena voluntad por él, por mí. Ya sabes que espero lo que resulte con un ansia de perro hambrón. Les he dicho a mis padres que no pasen penas por nada del mundo: que pronto estará resuelto el problema trágico de nuestra existencia. Apenas he llegado y ya ha dicho mi madre que se ha muerto la mejor cabra de nuestro ganado: el perfil de cabra mejor recortado.

       Nos ha hecho las Pascuas: que se ha caído una gallina, la más overa, al pozo, agua quieta en un punto; que todo son penas… Si sacas alguna copia de «El torero más valiente» fíjate bien en que se ha de poner Birlador donde decía Bergamín, y Carmela donde Gabriela.
    Escríbeme; no te distraigas, por lo que más quieras, amigo mío. Recibirás mañana creo «El Gallo Crisis».
    Recibe ahora un abrazo afectivo de mí, tu admirador.


    Miguel Hernández
    No precisas dirección, pero manda a Arriba 73 Orihuela (Alicante)

       Miguel rompe con el largo silencio que se interponía entre ambos como un muro, escribe a Federico para tratar el tema de la representación de su obra El torero más valiente, sobre la que pone todas sus esperanzas para salir de los apuros económicos que sufre su familia.

       El poeta cabrero sigue enviando cartas al poeta señorito sin conseguir respuesta alguna. La última carta que envía está fechada el 1 de febrero de 1935 y en ella podemos ver la fatalidad y la desilusión que sufre Miguel Hernández. Sigue esperando noticias sobre la representación de su obra El torero más valiente, sin que esta llegue a representarse. La realidad de la relación entre ambos choca con la ilusión y el deseo que depositó Miguel en esta amistad. En su última carta dice así:

    Amigo Federico:


    Aún estoy esperando tu carta, aún no se me agotó la vena de la esperanza: todos los días bajo de la sierra en busca de ella que no llega. Te escribo en una situación penosísima: parado, ni pastor siquiera, con novia que no se conforma viéndome así, madre, padre, hermanas que tampoco, por nuestra pobreza, yo menos. Y no encuentro trabajo, y cada bocado que como es vigilado con el rabillo del ojo por todos, que me quieren a regañadientes. No sé, pero si sigo así un mes más me iré Dios sabe a donde en busca de un ganado y un mendrugo. Quiero que me digas. Federico amigo, algo, ¿no se estrenará El torero más valiente? Bueno, hombre. Será que no vale la pena, hice una tragedia para aliviar la mía. Dime, en cambio, que has visto algún amigo tuyo político influyente como me ofreciste, que has hallado algún rincón a mi medida. Moléstate un poco más por mí, hazme el favor. No te escribo más; esta es mi última carta; en ella me lo juego todo. No me queda más dinero para sellos. Escribí a Neruda, que me escribió, y espero carta suya. No sé si es que no ha recibido la mía última, porque se la entregué a Cruz y Raya. Pregúntaselo.

        Sé que piensas ocuparte de la soltera eterna, eterna virgo española: ¡cuántas trato y veo por aquí y qué trágicas! Una de ellas me ha dicho hace poco que no se casó en sus tiempos porque cuando se le arrimaba un hombre lo abofeteaba y lo insultaba. Quisiera tener, Federico, un miembro de orinar para cada una de estas mujeres que se malogran como velas dentro de las rejas y los templos con los ojos y la boca amargos de deseos. Es un tema digno de tu misericordia de poeta inmenso. Espero tu carta, Federico. ¿No lo has hecho por tu «Yerma»? Bueno. Hazlo ya. Si para tí no significa nada mi amistad, para mí mucho la tuya.


    Te abraza.
    MIGUEL, tu amigo
    Orihuela, 1 de febrero de 1935.


    ¿Quieres leer estos versos? Son del libro que preparo para dentro de poco
    (El rayo que no cesa). Gracias por todo. Federico

       La relación que mantuvieron contrasta con las palabras que tuvo Miguel Hernández a Federico cuando fue asesinado durante la guerra civil. En el II Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura dijo sobre el romance de Lorca:

      «Pero pienso que lo importante es la técnica personal del poeta. Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y el del Romancero. Le impuso un sello único.»

       Para su obra Vientos del pueblo  se inspiró en los romances de Lorca. El impacto de Lorca en la obra de Miguel Hernández no fue tan profundo como afirman algunos estudiosos de la obra del poeta cabrero. Miguel Hernández se puso entre dos frentes, entre el catolicismo conservador de sus amigos de Orihuela, sobre todo de Ramón Sijé, y el comunismo revolucionario de Rafael Alberti y Pablo Neruda. Entre estas dos grandes tendencias podría situarse el progresismo moderado de Lorca, el cual no llegó a prosperar en Miguel Hernández. Finalmente acabó por calar más hondo la amistad con Rafael Alberti y María Teresa León. En su primer encuentro con Miguel Hernández, María Teresa León recuerda que este no fue muy alegre. Ello se debe sobre todo a la actitud tímida y conservadora de la adolescencia oriolana de Miguel Hernández, que veía con desconfianza al grupo de la Revista Octubre.

       Los homenajes que dedicó el poeta cabrero al poeta señorito cuando se enteró de su asesinato evidencian la admiración y el profundo respeto que profesaba por el poeta, convertido en un símbolo de la lucha contra el fascismo:

    «La desaparición de Federico García Lorca —dice Miguel— es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. El solo era una nación de poesía. Es su sombra… la que empuja irresistiblemente contra sus asesinos en un violento deseo de venganza.»

       Es cierto que su amistad nunca llegó a cuajar, incluso Josefina Manresa, viuda de Miguel Hernández dijo en una ocasión en 1985 que en una ocasión Vicente Aleixandre invitó a Lorca a que fuese a su casa y leyera alguna de sus obras pero que al decirle que estaría Miguel Hernández, Lorca respondía: «¡Ah!, si está ese yo no voy». También es cierto que esto podría deberse a la personalidad de Federico y no a algo personal entre ambos. Luis Buñuel en sus memorias escribió:

       Con frecuencia, y no sin razón, consideraba que yo era demasiado elemental, demasiado rústico, para apreciar la sutileza de la literatura dramática. Un día en que iba a casa de no sé qué aristócrata, incluso se negó a que yo le acompañara.

       La amistad idealizada que algunos han afirmado que existió, por su correspondencia, podemos ver que no era tal, pero sí que entre ambos había respeto y cordialidad, y por parte de Miguel Hernández profunda admiración y respeto por la obra de Lorca.

  • Seis poemas de José Zorrilla

    Ya hace 201 años del nacimiento del poeta José Zorrilla. Queremos recordarle con una selección de lo que considero los  seis mejores poemas de José Zorrilla, poeta y dramaturgo del siglo XIX.

    Corriendo van por la vega

    Corriendo van por la vega
    a las puertas de Granada
    hasta cuarenta gomeles
    y el capitán que los manda.
    Al entrar en la ciudad,
    parando su yegua blanca,
    le dijo éste a una mujer
    que entre sus brazos lloraba:

    “Enjuga el llanto, cristiana
    no me atormentes así,
    que tengo yo, mi sultana,
    un nuevo Edén para ti.

    Tengo un palacio en Granada,
    tengo jardines y flores,
    tengo una fuente dorada
    con más de cien surtidores,
    y en la vega del Genil
    tengo parda fortaleza,
    que será reina entre mil
    cuando encierre tu belleza.
    Y sobre toda una orilla
    extiendo mi señorío;
    ni en Córdoba ni en Sevilla
    hay un parque como el mío.
    Allí la altiva palmera
    y el encendido granado,
    junto a la frondosa higuera,
    cubren el valle y collado.
    Allí el robusto nogal,
    allí el nópalo amarillo,
    allí el sombrío moral
    crecen al pie del castillo.
    Y olmos tengo en mi alameda
    que hasta el cielo se levantan
    y en redes de plata y seda
    tengo pájaros que cantan.

    Y tú mi sultana eres,
    que desiertos mis salones
    están, mi harén sin mujeres,
    mis oídos sin canciones.
    Yo te daré terciopelos
    y perfumes orientales;
    de Grecia te traeré velos
    y de cachemira chales.
    Y te daré blancas plumas
    para que adornes tu frente,
    más blanca que las espumas
    de nuestros mares de Oriente.
    Y perlas para el cabello,
    y baños para el calor,
    y collares para el cuello;
    para los labios…¡amor!

    “¿Qué me valen tus riquezas
    -respondióle la cristiana-,
    si me quitas a mi padre,
    mis amigos y mis damas?
    Vuélveme, vuélveme, moro
    a mi padre y a mi patria,
    que mis torres de León
    valen más que tu Granada”

    Escuchóla en paz el moro,
    y manoseando su barba,
    dijo como quien medita,
    en la mejilla una lágrima:

    “Si tus castillos mejores
    que nuestros jardines son,
    y son más bellas tus flores,
    por ser tuyas, en León,
    y tú diste tus amores
    a alguno de tus guerreros,
    hurí del Edén*, no llores;
    vete con tus caballeros”

    Y dándole su caballo
    y la mitad de su guardia,
    el capitán de los moros
    volvió en silencio la espalda.

    Oriental

    Dueña de la negra toca,
    la del morado monjil,
    por un beso de tu boca
    diera a Granada Boabdil.

    Diera la lanza mejor
    del Zenete más bizarro,
    y con su fresco verdor
    toda una orilla del Darro.

    Diera la fiesta de toros,
    y si fueran en sus manos,
    con la zambra de los moros
    el valor de los cristianos.

    Diera alfombras orientales,
    y armaduras y pebetes,
    y diera… ¡que tanto vales!,
    hasta cuarenta jinetes.

    Porque tus ojos son bellos,
    porque la luz de la aurora
    sube al Oriente desde ellos,
    y el mundo su lumbre dora.

    Tus labios son un rubí,
    partido por gala en dos…
    Le arrancaron para ti
    de la corona de Dios.

    De tus labios, la sonrisa,
    la paz de tu lengua mana…
    leve, aérea, como brisa
    de purpurina mañana.

    ¡Oh, qué hermosa nazarena
    para un harén oriental,
    suelta la negra melena
    sobre el cuello de cristal,

    en lecho de terciopelo,
    entre una nube de aroma,
    y envuelta en el blanco velo
    de las hijas de Mahoma!

    Ven a Córdoba, cristiana,
    sultana serás allí,
    y el sultán será, ¡oh sultana!,
    un esclavo para ti.

    Te dará tanta riqueza,
    tanta gala tunecina,
    que ha de juzgar tu belleza
    para pagarle, mezquina.

    Dueña de la negra toca,
    por un beso de tu boca
    diera un reino Boabdil;
    y yo por ello, cristiana,
    te diera de buena gana
    mil cielos, si fueran mil.

    El trovador

      I
    De un elevado castillo
    que Arlanza orgulloso baña,
    un trovador elegante
    en la puente se paraba.
    En el rastrillo golpea
    con el pomo de una daga,
    y en los góticos salones
    ronco el eco se propaga.
    Un joven doncel, del fuerte
    presentóse en la muralla,
    y con semblante halagüeño
    dijo en alta voz: ¿Quién llama?
    El Trovador que le ha oido
    dirigióle aquesta fabla:
    -Si llegado es en buenhora,
    un pacífico infanzón
    que envía a vuestra señora
    don Rodrigo de Aragón.-
    Se alzó a este tiempo el rastrillo,
    y en el patio tuvo entrada;
    un paje tomó el corcel
    por las riendas plateädas,
    y el gallardo trovador
    por los salones se entraba.

    II

    Confuso ruido se oía
    en la sala principal,
    y el extranjero
    hacía ella se dirigía
    en continente marcial
    muy altanero.
    Hallóla toda ocupada
    de galanes y de bellas
    en gran festín;
    doña Blanca de Moncada
    se ve la primera entre ellas
    como la rosa mas orgullosa
    en un jardín.
    El día feliz memora
    en que la luz primera vió;
    y a su lado
    por eso, gentil señora,
    tanta dama encantadora,
    tanto héroe celebrado
    hoy reunió.

    III

    Entró do estaba el convite
    gentil el recién venido;
    hizo gracia
    con el morado sombrero,
    y atrevido
    en denodado ademán
    a doña Blanca se fué;
    y después de haber pedido
    su venia, ante ella galán
    quedó en pie.
    La dama se la otorgó
    y así el trovador habló:

    IV

     Don Enrique mi señor,
    el cuarto Enrique es,
    me manda donde me ves,
    a mi, que soy trovador,
    trovador aragonés.
    Diz que es hoy vuestro natal,
    y este monarca del mundo
    quiere honrarlo como tal,
    que el cuarto Enrique así val
    como val Juan el segundo.
    Y una trova te ragala
    que trova de amores es
    y ninguna se la iguala;
    por eso vine de gala,
    trovador aragonés.-
    – Yo a tu señor agradezco,
    -doña Blanca respondió-
    de un amor que no merezco
    esta prueba que me dió.
    Y a estas damas placerá
    y galanes que aquí ves
    trova de amores
    que cantará
    trovador aragonés.

    V

    Un dia risueño
    prepara la aurora
    ¡Feliz la señora
    del alto Muñón!
    ¡OH cuántas personas
    se ven a su lado!
    ¡Cuánto señalado
    valiente infanzón!
    Un buho funesto
    que cerca habitaba.
    Lejano graznaba.
    ¡Se le vido huir!
    La blanca paloma
    ocupa su nido;
    su amante gemido
    se acaba de oir.

    Porque hoy es el día
    de Blanca fermosa,
    la más bella rosa
    que tiene el jardín.

    VI

    Su dulce voz espiró,
    y sus ecos repitieron
    las bóvedas de Muñó.
    Y en vano le pidieron
    quedase en el castillo.
    No pueden los caballeros
    ni las damas alcanzallo,
    que ha perdido su caballo
    y mandó
    que le alzaran el rastrillo;
    despidióse muy cortés
    y dijóles al partir:
    ” Quedárame hasta mañana
    en este festín de amor,
    y fuera de buena gana;
    más de Enrique mi señor
    otra la voluntad es,
    y yo soy su trovador,
    trovador y aragonés”.

    A la memoria desgraciada del joven literato

    Ese vago clamor que rasga el viento
    es la voz funeral de una campana;
    vano remedo del postrer lamento
    de un cadáver sombrío y macilento
    que en sucio polvo dormirá mañana.

    Acabó su misión sobre la tierra,
    y dejó su existencia carcomida,
    como una virgen al placer perdida
    cuelga el profano velo en el altar.
    Miró en el tiempo el porvenir vacío,
    vacío ya de ensueños y de gloria,
    y se entregó a ese sueño sin memoria,
    ¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

    Era una flor que marchitó el estío,
    era una fuente que agotó el verano:
    ya no se siente su murmullo vano,
    ya está quemado el tallo de la flor.
    Todavía su aroma se percibe,
    y ese verde color de la llanura,
    ese manto de yerba y de frescura
    hijos son del arroyo creador.

    Que el poeta, en su misión
    sobre la tierra que habita,
    es una planta maldita
    con frutos de bendición.

    Duerme en paz en la tumba solitaria
    donde no llegue a tu cegado oído
    más que la triste y funeral plegaria
    que otro poeta cantará por ti.
    Ésta será una ofrenda de cariño
    más grata, sí, que la oración de un hombre,
    pura como la lágrima de un niño,
    ¡memoria del poeta que perdí!

    Si existe un remoto cielo
    de los poetas mansión,
    y sólo le queda al suelo
    ese retrato de hielo,
    fetidez y corrupción;
    ¡digno presente por cierto
    se deja a la amarga vida!
    ¡Abandonar un desierto
    y darle a la despedida
    la fea prenda de un muerto!

    *

    Poeta, si en el no ser
    hay un recuerdo de ayer,
    una vida como aquí
    detrás de ese firmamento…
    conságrame un pensamiento
    como el que tengo de ti.

    A mi amigo D. Antonio García Gutiérrez.

    ¡Ay! Aparta, falaz pensamiento,
    Que eterno en el alma bulléndome estás,
    Falsa luz que al impulso del viento,
    En vez de guiarme perdiéndome vas.

    Tras de ti por las sombras camino,
    Ni noche ni día descanso tras ti;
    Es seguirte tal vez mi destino,
    Y acaso es el tuyo guardarte de mí.

    Misteriosa visión de mi vida,
    Más vaga que el caos en forma y color,
    Te comprendo en mí mismo perdida,
    Cual sueño penoso, cual sombra de amor.

    Ya tu blanda amorosa sonrisa
    Me presta esperanza, me aviva la fe;
    Cual flor eres que aroma la brisa
    Y en seco desierto olvidada se ve

    Ya tu imagen sombría y medrosa
    Me ciega y me arrastra en su curso veloz,
    Como nube que rueda espantosa
    En brazos del viento al compás de su voz.

    Ya cual ángel de paz te contemplo,
    Y ya cual fantasma sangrienta y tenaz;
    En el valle, en la roca, en el templo,
    Te alcanzo a lo lejos hermosa y fugaz.

    Por doquiera te encuentran mis ojos;
    No miro ni tengo más rumbo doquier,
    Ya te muestres preñada de enojos,
    Fantasma enemiga o risueña mujer.

    Yo no sé de tu esencia el misterio,
    Tu nombre y tu vago destino no sé,
    Ni cuál es tu ignorado hemisferio,
    Ni adónde perdido siguiéndote irá.

    Mas no encuentro otro fin a mi vida,
    Más paz, ni reposo, ni gloria que tú,
    Que en el cóncavo espacio perdida,
    Tu alcázar es su ancho dosel de tisú.

    Por su rica región las estrellas
    A veces brillante camino te dan,
    Y otras veces tus místicas huellas
    Por mares de sombras perdiéndose van.

    Una brisa en las ramas sonando,
    Que dice tu nombre imagino tal vez,
    Y un relámpago raudo pasando,
    Tu forma me muestra en fatal rapidez.

    Yo, postrado al mirarte de hinojos,
    Doquier que apareces levanto un altar,
    Y arrasados en llanto los ojos,
    Tal vez insensato te voy a adorar.

    Mas al ir a empezar mi conjuro,
    Mi torpe blasfemia o mi casta oración,
    El Oriente en su cóncavo impuro.
    Me sorbe irritado mi blanca visión.

    Y tu imagen me queda en la mente
    Informe, insensible, cual bulto sin luz
    Que se crea el temor de un demente,
    De lóbrega noche entre el negro capuz.

    Sueño, estrella o espectro, ¿quién eres?
    ¿Qué buscas, fantasma, qué quieres de mí?
    ¿No hay sin ti ni dolor ni placeres?
    ¿No hay lecho, ni tumba, ni mundo sin ti?

    ¿No hay un hueco do esconda mi frente?
    ¿No hay venda que pueda mis ojos cegar?
    ¿No hay beleño que aduerma mi mente,
    Que hierve encerrada de sombra en un mar?…

    ¡Oh! Si gozas de voz y de vida,
    Si tienes un cuerpo palpable y real,
    Deja al menos, fantasma querida,
    Que goce un instante tu vista inmortal.

    Dame al menos un sí de esperanza,
    Alguna sonrisa, fugaz serafín,
    Con que espere algún día bonanza
    El golfo del alma que bulle sin fin.

    Mas si es sólo ilusión peregrina
    Que el ánima ardiente soñando creó,
    ¡Ay! deshaz esa sombra divina
    Que viene conmigo doquier que voy yo.

    Sí, deshazla, que en vano la miro
    En torno a mis ojos errante vagar,
    Si cual débil y triste suspiro
    Se pierde en los vientos al irla a abrazar.

    Sí, deshazla, que torpe mi mano,
    Su mano en la sombra jamás encontró,
    Ni el más flébil lamento liviano,
    Avaro en mi oído su labio posó.

    Muere al fin, ¡oh visión de mi vida!
    Más vaga que el caos en forma o color,
    A quien siento en mí mismo perdida,
    Cual sueño penoso, cual sombra de amor.

    Mas ¿qué fuera del triste peregrino
    Que cruzando sediento el arenal
    No encontrara jamás en su camino
    Mansa sombra ni fresco manantial?

    De esta vida en la noche tormentosa,
    ¿Qué rumbo ni qué término seguir?
    Sin tu vaga presencia misteriosa,
    Sin tu blanca ilusión, ¿cómo vivir?

    Abriéranse mis ojos a mirarte,
    Mis oídos tus pasos a escuchar,
    Y al fin, desesperados de encontrarte,
    Tornáranse en tinieblas a cerrar.

    Despertara en la noche solitaria
    De tus palabras al fingido son,
    Y sólo respondiera a mi plegaria
    El latido del triste corazón.

    ¡Sombra querida, sin cesar conmigo
    Mis lentas horas hechizando ven,
    Y el desierto arenal será contigo,
    Huerto frondoso y perfumado Edén!

    No expires, misterioso pensamiento
    Que dentro oculto de mi mente vas,
    Aunque no alcance el corazón sediento
    Tu tanta esencia a comprender jamás.

    No sepa nunca tu verdad dudosa;
    Vélame, si lo quieres, tu razón;
    Disípate a lo lejos vagarosa,
    Mas sé siempre mi cándida ilusión.

    Al fin sabré que junto a ti respiro,
    Que estás velando junto a mí sabré,
    Y que aun brilla oscilando en lento giro
    La consumida antorcha de mi fe.

    ¿Qué me importa tu esencia ni tu nombre,
    Genio hermoso, o quimérica ilusión,
    Si en esta soledad, cárcel del hombre,
    Dentro de ti te guarda el corazón?

    ¿Qué me importa jamás saber quién eres,
    Astro de cuya luz gozando voy,
    Término de mi afán y mis placeres,
    Dios que sin fin idolatrando estoy?

    Quienquiera que seas, vano pensamiento,
    Mujer hermosa que soñando vi,
    O recuerdo o tenaz remordimiento,
    Ni un solo instante viviré sin ti.

    Si eres recuerdo endulzarás mi vida,
    Si eres remordimiento te ahogaré,
    Si eres visión te seguiré perdida,
    Si eres una mujer yo te amaré.

    Pereza

    ¡Cuán descansadamente,
    Lejos del vano mundo, se reposa
    A la orilla de límpida corriente
    O de un moral bajo la sombra hojosa!

    En el césped mullido,
    Sin luz los ojos, sin vigor los brazos,
    De la tranquila soledad el ruido
    Se pierde por la atmósfera a pedazos.

    El ánima descansa
    De la ciega pasión y su braveza,
    Y el cuerpo, presa de indolencia mansa,
    Se goza en su pacífica pereza.

    Entonces, no el tesoro
    Ni la sed del placer el alma aviva;
    El más rico licor, en copa de oro,
    Entonces se desprecia y no se liba.

    La mente no se inquieta
    Por pensamientos de dolor cercada:
    Que a su honda languidez yace sujeta,
    Y a su propia impotencia encadenada.

    Sin luz el ojo vago,
    Sin un sonido sobre el labio abierto,
    Pasa la vida cual por hondo lago
    De incierta luz el resplandor incierto.

    Así vuelan las horas,
    Y así pasan pacíficas y bellas,
    Cual las aves del viento voladoras,
    Cual la cobarde luz de las estrellas?.

    Así el pesar se aduerme,
    Y al grato son de una aura que murmura,
    Tal vez se goza del reposo inerme
    Que confunde el pesar con la ventura.

    Así mis horas quiero
    Que pasen sin valor y sin fortuna,
    Ya al manso son del céfiro ligero,
    Ya al resplandor de la amarilla luna.

    Ven, amorosa Elvira,
    Ven a mis brazos, que de amor sediento,
    El perezoso corazón suspira
    Por ver tus ojos, por beber tu aliento.

    Ven, adorado dueño,
    Sepa que estás, en mi descanso inerte,
    Cercado mí para velar mi sueño;
    Cerca, hermosa, de mí cuando despierte.

    Yo, en la hierba tendido,
    En la sombra de un álamo frondoso,
    Entreveré, con ojo adormecido,
    Cuál velas mi descanso silencioso.

    El sol, a lento paso,
    Hundió en el mar su faz esplendorosa,
    Marcando su camino en el ocaso
    Vivo arrebol de púrpura y de rosa,

    El agua, mansamente,
    Con monótono arrullo le despide;
    Y arrastrando sus ondas lentamente,
    El ancho espacio de sus ondas mide.

    Sólo queda en la tierra
    El vapor del crepúsculo dudoso,
    Y el vago aroma que la flor encierra,
    Se esparce por el aire vagaroso.

    Y las fuentes corriendo,
    Y las brisas volando, se estremecen,
    Y su soplo en los árboles creciendo,
    A su soplo los árboles se mecen.

    Trémulas van las olas
    Bajo sus alas mansas y ligeras,
    Reflejando las sueltas banderolas
    De las naves que el mar surcan veleras.

    Y la luna argentina,
    La bóveda al cruzar del firmamento,
    La inmensidad del Bósforo ilumina,
    Color prestando al invisible viento.

    Y al son del mar vecino,
    Y al murmullo del viento caluroso,
    Y al reflejo del éter cristalino,
    Se aduerme el cuerpo en lánguido reposo

    En la quietud amiga
    De la callada noche macilenta,
    Hasta la misma languidez fatiga,
    Y el ánima se rinde soñolienta.

    ¡Oh! Bien haya el estío
    Con su tranquila y bochornosa calma,
    Que roba al corazón su ardiente brío
    Y en blanda inercia nos aduerme el alma

    Ya de ese insomnio presa,
    Me faltan voluntad y pensamiento,
    Y hasta mi cuerpo sin valor me pesa,
    Y el son me cansa de mi propio aliento.

    Dadme deleites, dadme;
    Henchidme de placeres los sentidos;
    Venid, eunucos, y al harén llevadme
    En vuestros brazos, al placer vendidos.

    Abridme esas ventanas,
    Dadme a beber el aura de la noche
    Y a saborear las ráfagas livianas
    Que a la flor rasgan su aromado broche.

    Quiero al son de las olas
    Secar un corazón en solo un beso;
    Traedme mis esclavas españolas,
    Que el mío tienen en sus ojos preso.

    Venid, venid, hermosas,
    Divertidme con danzas y canciones;
    Venid en lechos de fragantes rosas,
    Venid, blancas y espléndidas visiones,

    Quemad en mis pebetes
    Cuanto aroma encontréis en mi palacio,
    Y respiren sus anchos gabinetes
    Ámbar opreso en reducido espacio.

    Ven, voluptuosa Elvira,
    Trénzame con tu mano mis cabellos;
    Y tú, Inés, por quien Málaga suspira,
    Nardo derrama y azahar en ellos.

    Traedme a esos esclavos
    Que aportan mis bajeles viento en popa;
    Presa que hicieron mis piratas bravos
    En un rincón de la dormida Europa.

    Vengan a mi presencia,
    Y al son de sus extraños instrumentos
    Sirvan a mi poder y a mi opulencia,
    Si no con su canción, con sus lamentos.

    Dadme deleites, dadme;
    Cúbreme, Elvira, con tu chal de espumas,
    Y las tostadas sienes refrescadme
    Con abanicos de rizadas plumas.

    Suene en mi torpe oído
    Su suave son como murmullo blando
    De arroyo que a la mar baja perdido,
    De peña en peña juguetón rodando;

    Cual tórtola que llama,
    Con lento arrullo que en el viento pierde,
    La descarriada tórtola a quien ama,
    De árbol sombrío en el columpio verde.

    Danzad mientras reposo,
    Cantad en derredor mientras descanso,
    Y no sienta en mi sueño voluptuoso
    Más que murmullo lisonjero y manso.

  • Seis poemas de Gustavo Adolfo Bécquer

    Seis grandes poemas de Gustavo Adolfo Bécquer

    Hoy se cumple 182 años del nacimiento del poeta Sevillano. Repasamos seis de sus mejores poemas.

       Se cumple 182 años del nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer. Nació el 17 de febrero de 1836, y falleció el 22 de diciembre de 1870. Su vida está llena de luces y sombres, de rimas y leyendas, de amores y desamores. Tras 182 años de su nacimiento, repaso lo que considero sus 6 mejores poemas de Gustavo Adolfo Bécquer.

    Rima XIII

    Tu pupila es azul y cuando ríes
    su claridad suave me recuerda
    el trémulo fulgor de la mañana
    que en el mar se refleja.
    Tu pupila es azul y cuando lloras
    las trasparentes lágrimas en ella
    se me figuran gotas de rocío
    sobre una violeta.
    Tu pupila es azul y si en su fondo
    como un punto de luz radia una idea
    me parece en el cielo de la tarde
    una perdida estrella.

    Rima XXI

    ¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
    en mi pupila tu pupila azul,
    ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
    Poesía… eres tú.
    RIMA XXIII
    [A ella. No sé…]
    Por una mirada, un mundo;
    por una sonrisa, un cielo;
    por un beso… ¡Yo no sé
    qué te diera por un beso!

    Rima XXXV

    ¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día,
    me admiró tu cariño mucho más;
    porque lo que hay en mí que vale algo,
    eso… ni lo pudiste sospechar.

    Rima XXXVIII

    Los suspiros son aire y van al aire.
    Las lágrimas son agua y van al mar.
    Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
    ¿sabes tú adónde va?

    Rima XLIV

    Como en un libro abierto
    leo de tus pupilas en el fondo.
    ¿A qué fingir el labio
    risas que se desmienten con los ojos?
    ¡Llora! No te avergüences
    de confesar que me quisiste un poco.
    ¡Llora! Nadie nos mira.
    Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro.

    Rima LIII

    Volverán las oscuras golondrinas
    en tu balcón sus nidos a colgar,
    y otra vez con el ala a sus cristales
    jugando llamarán.
    Pero aquellas que el vuelo refrenaban
    tu hermosura y mi dicha a contemplar,
    aquellas que aprendieron nuestros nombres…
    ¡esas… no volverán!.

    Volverán las tupidas madreselvas
    de tu jardín las tapias a escalar,
    y otra vez a la tarde aún más hermosas
    sus flores se abrirán.
    Pero aquellas, cuajadas de rocío
    cuyas gotas mirábamos temblar
    y caer como lágrimas del día…
    ¡esas… no volverán!

    Volverán del amor en tus oídos
    las palabras ardientes a sonar;
    tu corazón de su profundo sueño
    tal vez despertará.
    Pero mudo y absorto y de rodillas
    como se adora a Dios ante su altar, …
    como yo te he querido…; desengáñate,
    ¡así… no te querrán!

  • Frases espúreas.

       El uso de frases espúreas no es un fenómeno nuevo que haya venido de la mano de las redes sociales, sino que es un fenómeno que se ha ido prolongando con el paso del tiempo. Estas citas que repetimos hasta la saciedad no han sido producto de la manipulación y la deshonestidad, en muchos casos se han producido por la desinformación, la ignorancia, o la pereza a la hora de contrastar la cita de turno. Ahora, también es cierto que en ocasiones, hemos visto cómo los demagogos, los hipócritas y los impostores, usan el prestigio de una persona para poner en boca una frase que jamás dijo, pero que con ello legitima una pueril idea peregrina.

       Si tuviese que poner en un trono al rey de las atribuciones falsas, ese sería sin duda el afamado Albert Einstein. Ateos y creyentes, científicos y paracientíficos, han usado la reputación de este autor para aprobar citas e ideas desprovistas de toda argumentación, pero que requiere, como un parásito que necesita de otro cuerpo para vivir, una reputación sobre la que sostenerse.

       El primer ejemplo lo encontramos en la Grecia Clásica. Sócrates y Platón son dos grandes referentes del pensamiento helénico. Una cita suya ya de por sí tiene peso suficiente como para tener en cuenta pese a que no se analice con profundidad ni el fondo ni el contexto. Es por eso que podemos ver citas atribuidas a Sócrates, como por ejemplo: «γνῶθι σεαυτόν» Conócete a ti mismo. Esta frase, además de estar incompleta, nunca fue dicha por Sócrates sino que aparece a la entrada del Oráculo de Delfos. Del mismo modo se le atribuyó a Platón frases como:  «Solo los muertos ven el final de la guerra.». Jamás dijo el filósofo griego tal frase, ni siquiera la dijo alguien de su tiempo, el autor es George Santayana, quien en su Soliloquies in Englan and Later Soliloquies escribió la cita.

    "me sorprende cómo muchas frases pueriles son atribuidas a grandes autores cuando son más propias de juntaletras."

       Otra cita repetida por usuarios de las redes sociales, políticos e incluso docentes es «El fin justifica los medios». Todos atribuyen esta cita a Niccolò Machiavelli, supuestamente escrita en su obra El Príncipe. Es cierto, a medias. Esta cita aparece escrita en la obra del autor italiano, pero sólo en un tomo y fue escrita por el propietario de ese tomo, que era ni más ni menos que Napoleón Bonaparte. Lo más parecido que dijo Niccolò Machiavelli fue «Aquellos que triunfan nunca resultarán avergonzados por el modo en que hayan triunfado.»

    Pobre Miguel de Cervantes. Si hoy levantase cabeza, no reconocería muchas de las citas que algunos le atribuyen. Por cuál comenzar… Empiezo por la que considero que es la más citada «Cambiar el mundo amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia.» Quienes hemos leído y releído la obra del maestro de la lengua castellana, sabemos que esa cita no aparece en ningún momento de la obra, incluso la palabra Utopía no aparece mencionada en ningún momento. Tras haber leído mucho no puedo asegurar cuál es el origen de la cita, por el contrario si puedo señalar de dónde vendría la siguiente frase atribuida erróneamente a Cervantes. «Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos». Algunos señalan que el origen de esta cita se atribuye a Wolfgang von Goethe, pues de forma literal aparece en su poema Kläffer (Ladran):

    En busca de fortuna y de  placeres
    Más siempre atrás nos  ladran,
    Ladran con fuerza…
    Quisieran los perros del potrero
    Por siempre acompañarnos
    Pero sus estridentes ladridos
    Sólo son señal de que cabalgamos

       Como se puede ver la cita aparece de forma literal, pero aunque parezca claro que ese es su origen, en realidad no lo es. Tenemos que remontarnos a una época más antigua, en donde los proverbios se pasaban de forma oral. El origen es un proverbio árabe que dice así: «القافِلة تسير والكِلاب تنْبح» La traducción es La caravana avanza por eso los perros ladran. No puedo explicar cómo el proverbio ha llegado a atribuirse a la obra de Cervantes, pero si puedo asegurar que no es Cervantes el autor.

       Sobre este despropósito de las citas falsas somos todos responsables.  Cada uno tiene parte de culpa al compartir una frase sin antes pasarla por el filtro de la contrastación, o cuando vemos una frase que erróneamente se a atribuído a un autor sin señalarla como tal. En muchos casos me sorprende cómo muchas frases pueriles son atribuidas a grandes autores cuando son más propias de juntaletras. Podría parecer que este es un tema sin importancia, qué más dará que se atribuya una frase a un autor, nadie sale perjudicado con ello. Opino todo lo contrario. Cuando de forma tan sumisa, sin tan siquiera contrastar, compartimos todo en las redes, nos volvemos cómplices de la información falsa. Es deber de todos los usuarios de Internet crear y fomentar un espacio donde la información veraz quede por encima de la falaz.

    Unos consejos:

    1º ¿Has comprobado la fuente inicial?

       Hoy en día cualquier persona puede subir información a la red. Sin conocer a la persona, los datos y la fuente sobre la que ha desarrollado su artículo ¿Podemos estar seguro de que lo que dice es real? Si no estamos seguros, lo mejor es no compartir.

    2º ¿Has contrastado la información con otros medios conocidos o académicos?

       El usuario dispone en la red de múltiples portales con reputación en donde la información que se publica es veraz. ¿Hemos contrastado la información que leemos con esos portales? Muchas veces podremos comprobar que al contrastar que es falsa la información que íbamos a compartir.

    3º ¿Puede haber algún interés oculto en la información que se comparte?

       Por desgracia son muchos los que se aprovechan de la libertad de la red para tener intereses propios cuando comparten una información. ¿Estamos seguros de que no hay tergiversado o sacado de contexto la información que comparten? Podemos ser cómplices de sus intereses por no haber comprobado la fuente, no haberla contrastado y por no habernos informado antes quién se esconde detrás de ese perfil. ¿Has contrastado que lo que yo te estoy diciendo es real? Podría incurrir en error en alguna información y tu esfuerzo por contrastar puede servirme para que yo sepa mi error.

    Hagamos entre todos una red limpia de información falsa. Todo esfuerzo cuenta.

     

  • La ejecución de Federico García Lorca

       La guerra es una de las mayores desgracias que puede vivir el ser humano. Son producto del fracaso de la raza humana. El fracaso de la tolerancia, el diálogo y el entendimiento generan el terreno donde se producen las guerras. La historia está llena de conflictos bélicos, y los españoles no somos ajenos a ello. En nuestra historia reciente hemos vivido una de las peores guerras, la fratricida. La bibliografía que hay sobre la Guerra Civil Española es mucha, y son muchos los capítulos que me gustaría tratar, pero hoy me quiero centrar en uno: la ejecución de Federico García Lorca.

       Los escritores y los periodistas son grandes testimonios del conflicto porque cuentan con el don de la palabra. Tienen una gran capacidad para transmitir lo que no podemos ver: el sufrimiento, el dolor, la sangre y el sudor, los lamentos y las pérdidas.

       Hace unos años salió a la luz un libro de la actriz Emma Panella. Con su libro arroja nuevos datos sobre las circunstancias que llevaron a la muerte al poeta. Fue en la madrugada del 18 de agosto de 1936, junto a un olivo en la carretera que va de Viznar a Alfacar, donde Lorca fue ejecutado. Silenciosas fosas ocultan deshonrados y olvidados a los que fueron allí asesinados.

       Ramón Ruiz Alonso, padre de la actriz Emma Panella, guardó silencio hasta el día de su muerte. Muchos de los especialistas en la figura del poeta apuntan a que fue el responsable de la detención y la posterior ejecución de Lorca.

       «Mi padre quiso que yo supiese toda la verdad antes de morir —dijo la actriz antes de morir –Al comenzar la guerra la situación era muy confusa. Queipo de Llano estaba al corriente de lo que pasaba con Lorca. Llamó a Granada porque antes lo habían llamado desde el Gobierno Civil para consultarle, y ordenó que dieran un “gran susto” al poeta para que confesara todo lo que sabía de Fernando de los Ríos, y firmara una denuncia contra él» dijo la actriz

       La detención de Lorca fue un último intento desesperado por capturar a Fernando de los Ríos «Él era el pez gordo que buscaban» declaró.

    ¿Quiénes fueron sus captores?

       Fueron varios los actores que intervinieron en la captura del poeta. Las órdenes fueron dadas por Velasco Simarro, quien tenía una gran cercanía por la familia de Roldan, primos rivales de los Lorca; y Valdés Guzmán, quien en  1936 ejercía las funciones de gobernador. Velasco Simarro fue quien decidía el destino del poeta desde que fue detenido hasta que se le trasladó a Víznar.

    ¿Quiénes ejecutaron la detención?

       Ramón Ruiz Alonso, quien no era consciente de las rencillas que había entre los Rodal y los Lorca, junto con Juan Luís Trecastro y Martín Lagos, fueron quienes detuvieron a Lorca en La Huerta de San Vicente. La documentación señala que fue Ramón Ruiz Alonso quien redactó la denuncia en el Gobierno Civil señalando el lugar en donde se encontraba el poeta. Con esa información, Velasco Simarro dio luz verde a su detención.

    Los hermanos Rosales.

       La versión de Emma Panella dijo: «El mayor de los Rosales le dijo a mi padre en un desfile de falangistas que Lorca estaba en su casa. Le comentó que no estaba de acuerdo en que estuviera invitado y que él procuraba no ir mucho porque quería que se fuera»

       Es de justicia mencionar a Luis Rosales, quien fue fiel a Lorca. Cuando el poeta fue detenido, Luis Rosales fue por la noche al Gobierno Civil para informarse sobre la situación de Federico. La discusión que mantuvo con Velasco Simarro hizo que pusiese en peligro su vida. Se cuenta incluso que el propio jefe de la Falange le pidió a Luis Rosales que se quitara la camisa azul en ese instante.

    18 de agosto.

       El 18 de agosto, un amigo de Ian Gibson le contó que vio salir a Federico García Lorca a las tres y cuarto del Gobierno Civil de Granada escoltado por un grupo de falangistas. Ricardo Rodríguez Jiménez pasó por delante de aquella siniestra compañía. El hombre gritó «Criminales, vais a matar a un genio».

       Lorca, junto con el resto de prisioneros, fue trasladado a Fuente Grande, cercana al barranco de Víznar. La práctica habitual era que la muerte debía llegar horas antes del alba. Aquella noche la luz de los faros de los coches fue la única luminaria porque fue una noche sin luna. ¡Bang! El poeta no murió en el acto, terminando su vida con un tiro de gracia ¡Bang!

       Un documento oficial del año de la Jefatura Superior de Policía de Granada, fechado en 1965, 30 años después de su fusilamiento, apunta a que Lorca fue asesinado por «socialista, masón y homosexual»

       «[…] que Federico García Lorca estaba tildado de prácticas de homosexualidad, aberración que llegó a ser “vox pópili”, pero lo cierto es que no hay antecedentes de ningún caso concreto en tal sentido.»

       Como dijo Antonio Machado en un poema, el crimen fue en Granada, en su Granada.

      Se le vio, caminando entre fusiles,
    por una calle larga,
    salir al campo frío,
    aún con estrellas de la madrugada.
    Mataron a Federico
    cuando la luz asomaba.
    El pelotón de verdugos
    no osó mirarle la cara.
    Todos cerraron los ojos;
    rezaron: ¡ni Dios te salva!
    Muerto cayó Federico
    —sangre en la frente y plomo en las entrañas—
    … Que fue en Granada el crimen
    sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

    Antonio Machado

    ¿Qué dijo Francisco Franco sobre la muerte del poeta?

       «Palabras del Caudillo: 19 de abril de 1937 – 31 de diciembre de 1938, de Francisco Franco»

       — ¿Han fusilado ustedes a escritores españoles de fama mundial?

       — Se ha hablado mucho en el extranjero de un escritor granadino; se ha hablado mucho, porque los rojos han agitado este nombre como un señuelo de propaganda. Lo cierto es que en los momentos primeros de la revolución en Granada, ese escritor murió mezclado con los revoltosos; son los accidentes naturales de la guerra. Granada estuvo sitiada durante muchos días, y la locura de las autoridades republicanas, repartiendo armas a la gente, dio lugar a chispazos en el interior, en alguno de los cuáles perdió la vida el poeta granadino.