• Christine de Pizan: la primera escritora.

    Todos los que han estudiado historia de la literatura universal se habrán percatado de la cantidad de casos que ha habido de mujeres que vieron su carrera literaria truncada por el simple hecho de no pertenecer al club de las barbas. ¿Cuántas vidas se han arruinado y cuántas grandes obras nos hemos perdido por la ridícula concepción de que el sexo determina el intelecto de una persona? Muchos podrían pensar que esto quedó atrás en el pasado, pero en nuestra historia más reciente ha habido escritoras que se han visto humilladas al tener que ocultar lo que son para poder medrar en el mercado literario.

    El ocho de marzo no sólo es el Día Internacional de la Mujer, es el día de la dignidad y de la justicia. Es inconcebible que hayamos llevado al ser humano al espacio, pero no hayamos llevado la igualdad a los seres humanos. El 8 de marzo representa la lucha de una mitad de la humanidad que busca ganar a igualdad. Los que amamos la literatura y vemos en ella una herramienta que puede modificar la sociedad tenemos que situarnos del lado de la dignidad.

    En este día tan especial quiero hablaros de una escritora que admiro por su determinación, fortaleza y talento. Christine de Pizan fue la primera mujer que pudo ganarse su sueldo escribiendo: Christine de Pizan fue la primera escritora profesional de la historia. Nació en Venecia, en el año 1364 en el seno de una familia cercana a la corte. Su madre quiso hacer de ella una mujer de su época dedicada a las tareas domésticas, pero su carácter rebelde, su curiosidad intelectual y su admiración por los clásicos la llevó fuera de los muros del hogar.

    Su familia fue reclamada por la corte de Carlos V El Sabio, rey de Francia. Por aquel entonces Christine contaba con cuatro años de edad. El monarca francés fue bueno con la familia, pagando sumas generosas por los trabajos que realizaba su padre, Tomás de Pizan, como asesor, médico, astrónomo y consejero. Gracias a la posición de su padre, Christine pudo estudiar latín, francés e italiano. El latín le abrió un mundo nuevo en el que halló a filósofos, científicos y teólogos.

    Según nos cuenta la propia Christine, su infancia fue feliz, vivía alegre en la corte, entregada a las lecturas de los clásicos y gozando de la admiración que provocaba entre los miembros cortesanos. Cuando cumplió los quince años se casó con Étienne du Castel, notario y secretario del rey. Su matrimonio, a diferencia de los de su época, no fue pactado, el amor entre ambos fue sincero y fruto de él nacieron sus tres hijos. Su vida era feliz, hasta que cambió su suerte y la muerte llamó a su puerta.

    Carlos V murió en el año 1380 y con él murieron los libros, abriendo paso a las armas. Años más tarde su padre murió dejando tras de sí deudas que pagar y su marido murió debido a la Peste Negra.

    A sus veinticinco años se encontró en una situación imposible de llevar. Viuda, con tres hijos que mantener, el dolor debido a la pérdida de un hijo recién nacido, una madre a la que cuidar, una sobrina pobre a la que acogió y la responsabilidad que suponía sus dos hermanos menores. Para mantener a su familia tenía dos opciones: el matrimonio o el convento. Ella escogió una tercera vía.

    Con la muerte de su marido se tuvo que enfrentar sola a la difícil sociedad del siglo XIV. Los tribunales de París le negaron el patrimonio que su marido se había ganado. En cuatro ocasiones tuvo que demandarles, pasando humillaciones y vejaciones, como ella misma nos describe:

       —Hubo un tiempo en que se me demandaba judicialmente en cuatro tribunales de París para negarme el patrimonio que mi marido había comprado. Todavía recuerdo cada ocasión que pasé en aquellas salas, cómo aquellas gentes, llenas de vino y de grasa, se burlaban de mis pretensiones. ¡Yo, una mujer, pretender que se me restituyeran los bienes que legítimamente me correspondían, sin más argumento que el de la justicia!

    El periodo que vivió en los tribunales, donde las palabras desdeñosas, la insolencia, las respuestas dilatorias y la humillación, forjaron en Christine un carácter duro, capaz de soportar viento y marea.

    Mientas se enfrentaba a la sociedad de su siglo, tenía que cubrir sus necesidades más básicas. Su talento y su amor por la literatura le llevaron a escribir para poder ganarse el pan. Con mucho sudor y mucha tinta logró abrirse camino entre los escritores de su época, convirtiéndose así en la primera mujer en la historia en ganarse la vida escribiendo. Adquirió fama y su obra viajó más allá de las fronteras francesas. Algunas de sus obras se centraban en temas sociales y políticos, incluso se aproximó a lo que hoy se conoce como la antropología. Otras de sus obras tenían tintes autobiográficos en donde nos cuenta parte de su vida.

    En su visión concebía el mundo como un lugar organizado por virtudes como la razón, la dignidad, la prudencia, el valor de la palabra, la rectitud y la justicia. Pensaba que cada individuo tenía valor por sí mismo, y que en su capacidad albergaba la posibilidad de hacer el bien para con el resto. Fruto de su visión del mundo nacieron obras como Enseñanzas morales a mi hijo Juan Castel, El libro de las tres virtudes o Proverbios.

    Fue un pilar fundamental en su época en la lucha por denunciar la injusticia que se estaba cometiendo con las mujeres por su condición. Defendió la igualdad entre ambos sexos y proclamó que si las mujeres de su época recibiesen la misma educación que los hombres, ellas tendrían las mismas facultades que ellos.

    La Universidad de París, una de las instituciones educativas más poderosas de la época, promovió la publicación y la difusión de una obra llamada Roman de la rose, una obra retorcida que expresaba de forma abierta y sin tapujos el desprecio absoluto por la mujer. Christine no se calló y produjo una de los primeros enfrentamientos feministas de la historia. Abiertamente denunció el trato vejatorio que recibían todas las mujeres sistemáticamente por parte de las instituciones, denunciando además que no eran ellas quienes saqueaban, mataban o violaban.

    La respuesta que recibió fue una carta de la iglesia en donde se manifestaba la compasión que se tenía por la escritora y se invitaba a Christine a que pidiese disculpas por las palabras que dijo.

    Como era natural en Christine, contestó la misiva con argumentos denunciando cómo se ha silenciado a las mujeres y que ella no iba a parar de defender la igualdad entre hombres y mujeres.

    Años más tarde del enfrentamiento entre la Universidad de París y Christine, se fundó la Orden de la Rosa, una organización abierta a mujeres y hombres que querían unirse en la lucha por el honor, la dignidad y la igualdad entre todos los seres humanos.

    Su obra La ciudad de las Damas empieza así:

    Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra, bien en escritos y tratados…….. Yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter…….

    Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones ilustres podría estar equivocado. Pero por más que intentaba volver sobre ello, apurando las ideas como quien va mondando una fruta, no podía entender ni asimilar como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y conducta de las mujeres. Al mismo tiempo, sin embargo, yo me empeñaba en acusarlas porque pensaba que sería muy improbable que tantos hombres preclaros, tantos doctores de tan hondo entendimiento y universal clarividencia (me parece que todos habrán tenido que disfrutar de tales facultades) hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras que me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusará o despreciara a las mujeres”.

  • Escritores en el exilio

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       Pocas cosas pueden superar lo triste que puede llegar a ser un conflicto armado fratricida. La Guerra Civil Española fue un conflicto duro, largo, lleno de penurias, del que salieron perdiendo la mayoría de los españoles. Tras 81 años desde que comenzó, aun hoy en día se pueden ver heridas que nunca llegaron a cerrar. Los viejos rencores siguen existiendo, y no hay voluntad para solucionarlos. Ahora, y a lo largo de la historia de España, el adversario ideológico ha sido visto como un enemigo al que hay que eliminar de la escena, y durante la Guerra Civil fue así.

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       Esa actitud intolerante frente al adversario ideológico, dada por los dos bandos, dio lugar a un fenómeno triste: el exilio de intelectuales. Entre esos intelectuales había escritores que, previendo que la guerra iba a ser ganada por los sublevados, decidieron irse de España, o no retornar. Aquellos que no pudieron marcharse terminaron siendo detenidos, como fue el caso de Miguel Hernández, que acabó muriendo en una celda; o bien acabaron en una fosa común, al borde de un camino, como fue el caso de Federico García Lorca.

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       Todos los españoles tendremos siempre una deuda pendiente con Francia y sobre todo con Latinoamérica. Aquellos que pudieron exiliarse escogieron como destino al país vecino francés o algún país de Latinoamérica. Antonio Machado se marchó a Francia, acabando sus días en el exilio en el país vecino en el año 1939. Pedro Salinas fue sorprendido con el estallido de la Guerra Civil. En una primera etapa estuvo exiliado en Francia, pero terminaría por trasladarse a EEUU. Allí murió a causa de un cáncer en el año 1951, en la ciudad de Boston. La misma mala fortuna corrió Emilio Prados, quien jamás regresó a España, muriendo en su tierra adoptiva, México. Ramón Gómez de la Serna sufrió mucho al verse obligado a abandonar España. En su tierra materna tenía su gente, sus libros, su vida. Se exilió en Argentina y allí acabaría muriendo en el año 1963. Rafael Alberti tuvo más suerte. Primero se exilió a Francia, hasta el año 1940, ya que se le consideró un comunista peligroso. En 1977 Rafael Albertí regresó a España durante la transición española.

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       Hubo otro grupo de autores a quienes el estallido de la guerra les cogió fuera de España. Pese a su voluntad de volver, y el sufrimiento que les ocasionaba la lucha fratricida, jamás pudieron regresar. Entre estos autores se encuentran Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda o Salvador de Madariaga.

       Por el contrario, autores como Azorín, Gerardo Diego o Jacinto Benavente, optaron por adaptarse a la nueva situación política que se estaba gestando bajo el régimen franquista.

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  • El suicidio de Larra

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       En su Diccionario del suicidio, Carlos Janín señala que Larra ponía fin a su vida en su casa de la calle Segovia con un disparo en la sien. Antes de suicidarse recibió la visita de su amante Dolores Armijo, acompañada de una de sus cuñadas. La amante de Larra le dijo que no volvería a verse con él, mientras de devolvía toda la correspondencia que intercambiaron. Este no fue el único desamor. Cuando Larra tenía 16 años se enamoró perdidamente de una mujer mayor que él, con la mala fortuna que esta era amante de su padre. La segunda decepción llegaría a los 20 años. Se casó con Pepita Wetoret, pero se encontró decepcionado, no era lo que él esperaba.

       Jesús Miranda de Larra, autor de la biografía del escritor madrileño, asegura que Larra se suicidó convencido de que caminaba solo. Incluso apunta el autor de la biografía que Larra se suicidó porque con su pluma no pudo cambiar las circunstancias políticas y sociales de España, lo que lo llevó a la desesperación.

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       Cualquier suicidio es una tragedia humana, pero el de Larra fue más que una tragedia. Adela, su hija, que por aquel entonces contaba con seis años, descubrió el cuerpo de su padre al ir a darle las buenas noches. Imaginando la escena uno puede contemplar el grado de tragedia que alcanza. La imagen de una hija descubriendo el cuerpo de su padre, con una pistola al lado y un charco de sangre es terrible. En una ocasión Robert Louis Stevenson, con gran sensatez, dijo que quien se casa pierde por completo el derecho al suicidio, máxime cuando tienes hijos.

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       La Iglesia no da sagrada sepultura a quien acaba con su vida de forma voluntaria, pero el gobierno liberal presionó para que Larra fuera enterrado según los sacramentos de la Iglesia. El lugar escogido fue un niño en el cementerio madrileño del Norte. En agradecimiento a la institución eclesiástica, se levantó una estatua de Larra  en la calle Bailén, frente a la Almudena. El busto de bronce fue obra del escultor Jesús Perdigón. Sobre la piedra en que se alza la estatua puede leerse: «Larra 1809-1837.»

       Larra fue un escritor prolífico. En tan sólo ocho años, desde los 19 años hasta los 27, escribió cerca de doscientos artículos de una calidad asombrosa. Sus escritos han alcanzado la inmortalidad gracias a la lucidez y la solidez que tienen. Se puede afirmar que están a la altura de los mejores filósofos.

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       Hoy en día podemos encontrar en el Museo Romántico de Madrid, visita obligada para aquellos que no se hayan paseado por sus galerías, la pistola con la que Larra se suicidó.

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  • Enemistad entre Unamuno y Modesto Pérez

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       Es muy común ver entre escritores roces, pero la enemistad entre Unamuno y Modesto Pérez fue mordaz. Un día, al llegar a la Universidad de Salamanca, a punto de iniciar sus quehaceres, se encontraron a Unamuno clamando a todos los demonios hacia su compañero Modesto Pérez, quien de forma anónima publicó intimidades y anécdotas en un libro que caricaturiza en algunas de sus partes al escritor salmantino. Al inicio del capítulo primero se puede leer una crítica de Modesto Pérez hacia el título de un libro: Miguel de Unamuno y Ángel Ganivet.

       ¡Miguel de Unamuno y Ángel Ganivet! Más justo hubiera sido y más reverente mencionar al vivo después que al muerto, y no antes. ¿Quién dicto la portada? Antes de mí, nadie; después de mí, nada. Así, ha escrito con verdad Benavente, sintetizaría D. Miguel de Unamuno la historia de la literatura española.

       «Como no hay quien me ponga sobre Ganivet –se ha dicho a sí mismo el ex rector de la Universidad salmantina-, voy a no cansarme de repetir que valía menos que yo, a ver si, en fuerza de repetirlo, hay quien llegue a creerlo.»

       Dicha enemistad quedo reflejada en la obra de Modesto Pérez, quien bajo el nombre de Julián Sorel, publicó la obra Los hombres del 98: Unamuno.

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    Con las manos en la masa.

       Unamuno gasta diariamente gran cantidad de miga de pan con que hacer bolas y sobarlas. Para consumir energía, que dice que le sobra, siempre está con las manos en la masa. Cada bolsillo de D. Miguel es una tahona. Se trata de tales despilfarros que va a ser necesaria la intervención de la Junta de Subsistencias.

    Unamuno y los ajos crudos.

       Durante una comida que dio el vicecónsul español, Unamuno sorprendió a todos cuando llamó al camarero y dijo:

       — ¿Quiere usted algo, don Miguel? –le preguntó el diplomático Sánchez Ocaña.

       — Sí, quiero que me traigan un ajo crudo.

       — ¿Cómo? ¿Un ajo crudo? –dijo extrañado.

       — Sí, un ajo crudo… En todas las comidas tomo un ajo crudo.

    Del dicho al hecho.

       La baraja la inventaron unos tontos, que, no teniendo ideas que cambiar, inventaron cartones que cambiar. Unamuno no se cansa de repetir esta frase de Schopenhauer. Pero juega al tresillo.

    El primero en todo.

       Hume, el célebre historiador inglés (nacido en Madrid, en la calle del Caballero de Gracia), le preguntó, en Salamanca, a Unamuno:

       — ¿Cuál es el mejor dibujante de esta ciudad?

       — El mejor dibujante de Salamanca y de España soy yo –le respondió D. Miguel.

       Y Hume, a pesar de su opinión de que cada español se cree un genio… se quedó de una pieza.

    Coqueterías

       Espejo de achatamiento, doblez, mentira y  ramplonería ha llamado Unamuno a la Prensa. Pero él no dejad e mirarse en ese espejo.

    Las buenas maneras.

       — Tengo el gusto de presentarte, amigo Miguel, esta señorita, que, como ves, es muy hermosa.

       — Sí; un hermoso animal.

       — ¿Qué es lo que dices?

       Que todo eso no es más que a expensas del desarrollo del espíritu.

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  • Sobre cómo Valle-Inclán perdió su brazo

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       Como no podía ser en otro lugar, El Café de La Montaña, entre la calle Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, actual casa de Appel, fue el escenario en donde se produciría uno de los hechos más atípicos de la historia de la literatura. En una refriega con Manuel Bueno, Valle-Inclán perdió su brazo izquierdo.

       Así lo anunciaron las crónicas de la época: Ramón Valle-Inclán, un polémico sin remedio. Como cualquier otro día se pidió un café con leche y una botella de agua y se sentó en la mesa donde charlaban Ruiz Castillo, Jacinto Benavente, el cronista Manuel Bueno y el pintor Paco Sancha. El tema de debate era el duelo que hubo entre un joven aristócrata andaluz, López del Castillo, y el caricaturista portugués Leal da Cámara. Noches atrás ambos tuvieron sus desavenencias en el Paseo de la Castellana sobre el valor de las personas lusas e hispanas. ¡Ah! El honor patrio, ¿qué otro tema podría hacer que Valle-Inclán prendiese como la pólvora? Su voz, como solía pasar, destacaba por encima del resto, y claro, Bueno, orgulloso como Valle, comenzó a alzar la suya diciendo:

       — ¡Señores, todo lo que ustedes están diciendo carece de validez! ¡Leal da Cámara es menor de edad y no podrá batirse!

       A lo que Valle-Inclán, ni corto ni perezoso, respondió:

       —No zea usted majadero, que usted no zabe una palabra de ezo.

       Bueno se levantó, con su mano diestra tomó su bastón con barra de hierro, agitándolo amenazante hacia Valle-Inclán, quien toma como arma una botella de agua.

       — ¡Majadero! ¡Majadero! –le grita Valle a Bueno con su botella de agua agarrada por el cuello, como si del diez de bastos se tratase. Llenó de agua a todos, y en un despiste, Manuel Bueno aprovechó, descargando un garrotazo.

       El golpe fue tan fuerte que el viejo escritor tuvo que ser llevado al hospital para que le mirasen la herida.

       — ¡Uf, cómo me duele el brazo! –le dijo a su amigo Benavente ya en el hospital.

       — ¡Cá, Ramón! Ese ya no te dolerá nunca más.

       El suceso fue portada durante semanas y fue tema principal en las tertulias de las cafeterías de Madrid, divididas en dos bandos, los valleinclanistas y los buenistas. Como no podía ser de otra forma en el carácter de Valle-Inclán, a los días se citó con Bueno en el Café de la Montaña y, tuteándolo le dijo:

       —Mire Bueno, lo pasado, pasado está. Aún me queda la mano derecha para estrechar la tuya.

       Según se dice, la amputación del brazo se debió a que uno de los gemelos que llevaba Valle-Inclán en la manga de la camisa se clavó, provocándole una herida que acabaría por infectarse. Lo cierto es que no fue así. La amputación se debió a una rotura ósea que por aquel entonces no podía ser tratada. Fue el doctor Manuel Barragán y Bonet quien certificó que el brazo de Valle-Inclán tendría que ser amputado por “una fractura con herida en los huesos del tercio inferior de la extremidad”.

       Lo que para muchos sería una desgracia para Valle fue una oportunidad. Su ironía y su tono burlón hicieron que se comparase con Miguel de Cervantes por razones obvias. El único momento que lamentó haber perdido su brazo fue que tras morir su hija no pudo abrazarla como él habría deseado. Tampoco guardo rencor hacia el cronista Manuel Bueno, a quien le dijo: Tranquilo, el brazo de escribir es el derecho.  

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  • Poetas en la Primera Guerra Mundial.

    Afortunados aquellos que han podido vivir Londres un 11 de noviembre. Las calles se llenan de personas con una flor roja en la solapa, y si alguno no la tiene no faltará el buen samaritano que le ofrezca una sin reservas. La flor que llevan es una pequeña amapola que conmemora el armisticio de la I Guerra Mundial, en memoria de la sangre derramada por aquellos jóvenes que sacrificaron su vida por la libertad. Su muerte privó al resto de la humanidad de unas mentes brillantes como la de  Charles Pierre Péguy, Alain-Fournier, Rupert Brooke, François Faber o William Noel Hodgson, entre otros. La amapola también simboliza la belleza que crece en medio del terror, pues así lo vieron aquellos jóvenes valientes que lucharon en el frente de Bélgica en la primavera de 1915, y así lo reflejaron poetas jóvenes que dejaron su vida en el fango de la trinchera.

       La idea de llevar una amapola en el pecho se debe a la secretaria de la Asociación Cristiana de Jóvenes de Nueva York, Moina Belle Michael. Antes del armisticio del 11 de noviembre de 1918 la secretaria tuvo la ocasión de leer el poema We shall no sleep (no podremos dormir), conocido por todo el mundo como In Flanders fields (En los campos de Flandes), del médico canadiense John McCrae, quien falleció a principios del año 1918 a causa de una neumonía.

       El poema “In Flanders Fields”, escrito en mayo de 1915, durante la batalla de Ypres, no ha perdido su fuerza un siglo después. La idea romántica de la lucha contra el tirano contrasta con la realidad de la trinchera, donde el miedo, el fango, la sangre, la lluvia, los insectos y el hambre son los peores enemigos. Entre las trincheras se encontraban aspirantes a ser coronados por laurel y quienes no tuvieron la ocasión de llevarse su reconocimiento en vida, tan sólo a título póstumo. En medio de todo el terror nació un estilo poético fruto del conflicto bélico. Cuando comenzó La Gran Guerra, los poemas estaban llenos de alegorías patrióticas y de idealismo, pero tras ver cómo sus hermanos de trinchera caían, el deber pasaba a un segundo plano, y lo único importante era cubrir las espaldas del soldado que tenías a izquierda y a derecha. Fue entonces cuando en medio del fragor de la batalla nació el estilo poético antibélico.

       Entre los poetas antibélicos destacaron Wilfred Owen, enrolado en octubre de 1915, quien falleció una semana antes de que se firmase el armisticio; y John Alexander McCrae, poeta canadiense quien por una neumonía. La poesía de Wilfred Owen refleja el terror, el sufrimiento, el dolor y la agonía. En sus poemas se refleja la idea de cómo una juventud muy valiosa estaba siendo sacrificada inútilmente. Entre sus poemas, el más conocido es Himno a la juventud condenada, en donde resalta la guerra y el asesinato calculado, reflejando la falta de espiritualidad en los campos de batalla.

       Hay una obra capital para aquellos que quieran leer más acerca sobre los poetas en las trincheras “Tengo una cita con la muerte”, una antología de poetas que murieron en la I Guerra Mundial. Esta obra arranca con una cita de este poeta:

    “Sobre todo no estoy preocupado por la poesía. Me ocupo de la guerra, y de la pena de la guerra. La poesía está en la pena.”

       Los mejores poemas de Owen fueron escritos en un cuarto que alquiló cerca del campo de entrenamiento militar en Ripon, North Yorkshire, y fue un 4 de noviembre de 1918 cuando fue abatido por los alemanes en la localidad de Ors, cuanto intentaba cruzar el canal en una operación.

       Es una pena que esta poesía no haya tenido el reconocimiento que merece. Tardo muchos años en ser reconocida por los críticos literarios, no fue hasta el año 1964 cuando vio la luz la primera antología poética.

       El otro gran poeta antibélico fue John Alexander McCrae, médico militar y poeta de origen canadiense, quien realizó su servicio en un hospital de campaña. Su poema más conocido In Flanders Fields fue escrito tras asistir al funeral de Alexis Herlmer, su compañero. En ese poema hace mención a las amapolas que crecían en las tumbas de los soldados que fallecieron en la Gran Guerra

    En los Campos de Flandes

    [/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/2″][vc_column_text]

    In Flanders Fields

    [/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/2″][vc_column_text]

    En los campos de Flandes
    crecen las amapolas.
    Fila tras fila
    entre las cruces que señalan nuestras tumbas.
    Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,
    escasamente oída por el ruido de los cañones.

    Somos los muertos.
    Hace pocos días vivíamos,
    cantábamos, amábamos y eramos amados.
    Ahora yacemos en los campos de Flandes.
    Contra el enemigo continuad nuestra lucha,
    tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos agotadas.

    Mantenerla en alto.
    Si faltáis a la fe de nosotros muertos,
    jamás descansaremos,
    aunque florezcan
    en los campos de Flandes,
    las amapolas.

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    In Flanders fields the poppies blow
    Between the crosses, row on row,
    That mark our place; and in the sky
    The larks, still bravely singing, fly
    Scarce heard amid the guns below.

    We are the Dead. Short days ago
    We lived, felt dawn, saw sunset glow,
    Loved and were loved, and now we lie
    In Flanders fields.

    Take up our quarrel with the foe:
    To you from failing hands we throw
    The torch; be yours to hold it high.
    If ye break faith with us who die
    We shall not sleep, though poppies grow
    In Flanders fields.

    [/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_separator][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/2″][vc_column_text]

    Himno a la Juventud Condenada

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    Anthem for Doomed Youth

    [/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/2″][vc_column_text]

    ¿Doblarán las campanas por aquellos que mueren como ganado?
    Sólo la rabia monstruosa de los cañones
    el rápido tartamudeo de los fusiles
    pueden rezarles una breve plegaria.

    Para ellos, no más ceremonias, oraciones ni campanas
    ni voces de luto o salvas en coros,
    Sólo el agudo, rabioso gemido de coros de obuses
    y clarines llamándolos desde dolientes condados.

    ¿Qué candelabros pueden encenderse para ellos?
    No en sus manos de niños sino en sus ojos
    brillará la sagrada luz de los adioses.

    La pálida mirada de las muchachas serán sus mortajas;
    Sus ofrendas, la ternura de dolidos recuerdos
    y cada lento atardecer se inclinará ante sus memorias.

    [/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/2″][vc_column_text]

    What passing-bells for these who die as cattle?
          — Only the monstrous anger of the guns.
          Only the stuttering rifles’ rapid rattle
    Can patter out their hasty orisons.
    No mockeries now for them; no prayers nor bells;
          Nor any voice of mourning save the choirs,—
    The shrill, demented choirs of wailing shells;
          And bugles calling for them from sad shires.
    What candles may be held to speed them all?
          Not in the hands of boys, but in their eyes
    Shall shine the holy glimmers of goodbyes.
          The pallor of girls’ brows shall be their pall;
    Their flowers the tenderness of patient minds,
    And each slow dusk a drawing-down of blinds.

    [/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]