• Origen de las palabras

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       A quién no le ha pasado un día como otro cualquiera que, mientras conversamos con alguna persona, al soltar una palabra, acabas preguntándote qué se esconde tras ella. Muchas veces encontramos términos que, aunque conocemos su significado, desconocemos su historia, y son muchas las veces en las que la historia resulta más interesante que el significado. Si investigamos un poco la historia que hay tras la palabra, encontramos que su origen es maravilloso, aterrador, impactante o cómico. Conocer el origen de las palabras nos ayuda a comprender más nuestro idioma, y nos facilita una mayor comprensión lectora, además de permitirnos no usar de forma gratuita términos donde nos corresponde.

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    Diezmar

       Es un término que sólo lo encontramos en un contexto concreto. Cuando leemos noticias sobre conflictos bélicos, novelas históricas basadas en una guerra o libros de historia, vemos que es común que aparezca. Su historia es aterradora, y para conocerla tenemos que viajar a la Antigua Roma.

       Bienvenido al contexto histórico de la Primera Guerra Púnica contra las tropas cartaginesas. Fueron unos años muy duros y las batallas eran feroces. En ocasiones se daba el caso de una legión que en la batalla huían o abandonaban el ejército. Cuando esto ocurría se aplicaba un castigo ejemplar: la decimatio. Este castigo era de los más duros que se podía aplicar y consistía en dividir a la legión en grupos de diez y, mediante sorteo, se escogía a uno. El desgraciado debía ser apaleado hasta la muerte por los otros nueve. Juan Zonaras, historiador bizantino decía así: «una vez que los soldados han cometido una falta grave, su jefe los reparte en grupos de diez, tomando un soldado de casa grupo, mediante sorteo, y éste es condenado a muerte a manos de sus propios compañeros»

    [/vc_column_text][vc_column_text]Cuarentena

       Échate a temblar si escuchas esa palabra, nunca trae nada bueno, y con razón. Esta palabra nos recuerda un pasado oscuro de la historia europea, un viejo fantasma con nombre que se llevó entre el 30% y 60% de la población de Europa en el siglo XIII y XIV. A este fantasma se le conoció como la Peste Negra. Las medidas que se tomaron para aislar los brotes de la plaga fueron muy ineficientes. Fue en Venecia donde comenzó a aplicarse una medida, la cuarentena. Solía ocurrir que las embarcaciones que venían de otros países trajesen a alguien contagiado por la Peste Negra y en Venecia, para asegurarse de que no se propagase se estableció un periodo de cuarenta días en donde los tripulantes de la embarcación tenían que estar aislados. ¿Y por qué cuarenta días? El número viene del mundo de la fe y no de la ciencia. La Biblia dice que Jesús pasó cuarenta días en el desierto, en donde fue tentado por el diablo, y de ahí se tomó que los cuarenta días.

    [/vc_column_text][vc_column_text]Gueto

       Una de las costumbres más extendidas en la comunidad de los judíos en el pasado era la de aislarse libremente en un barrio de la ciudad. De esta manera conseguían mantener unida la comunidad, practicar el culto y mantener sus costumbres bajo el amparo de la comunidad. Con los años del triunfo del cristianismo, el aislamiento pasó de ser libre a ser obligatorio. Estos barrios, dependiendo de dónde viviesen, recibían un nombre diferente, por ejemplo en España eran las juderías, en Alemania los judengassen y en el mundo árabe mellah.

       En el siglo XV, los judíos comenzaron a desplazarse a Italia. En Venecia, donde hubo una gran concentración, las autoridades venecianas los relegaron a vivir en la parte más vieja de la ciudad, conocida como borguetto, que en italiano significa pequeño barrio.

    [/vc_column_text][vc_column_text]Olé

       ¿Puede haber algo más español que la palabra olé? No sólo se escucha en los toros, sino también en partidos de futbol, en bailes y canciones. Su uso es muy extendido y es la firma de España, pero si comparamos su morfología no se parece a ninguna palabra de lengua romance. ¿De dónde viene entonces? Para descubrir su origen tenemos que remontarnos a Al Andalus. Esta fue una época de esplendor en todos los sentidos, gracias a este periodo hoy en día contamos con más de cuatro mil palabras de origen árabe en nuestro idioma, y una de ellas es olé. Esta palabra proviene de Allah, Dios en árabe, y en aquellos días se usaba cuando alguien destacaba en una disciplina artística pues estaba extendida la creencia de que en su perfección del arte se veía a Dios.

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  • El día que Hemingway mató a su gato

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       Quienes conocen la figura del afamo escritor americano Ernest Hemingway sabrán que fue un amante absoluto de los gatos. Es muy común encontrar fotos antiguas del escritor posando junto con sus gatos. En Cayo Hueso, lo que fue su hogar, vivía junto con una veintena de gatos que habrían descendido de su primer gato, Snowball, un regalo de un capitán de barco en 1930. Su gato contaba con una particularidad, en sus patas tenía seis dedos, y lo puedes comprobar. Si vistas la casa museo de Hemingway podrás ver que algunos de los gatos que viven allí, casi medio centenar, comparten la misma mutación genética que Snowball.

       ¿Cómo era posible pues que alguien tan amante de los animales pudiese disparar, como él decía, a una «fábrica de ronroneo» y «esponjas de amor»? Lo explica en una carta que envió a Gianfranco Ivancich, un veneciano que conoció en 1949:

    [/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/6″][/vc_column][vc_column width=”2/3″][vc_column_text]“Querido Gianfranco:

    Justo cuando acabé de escribirte y mientras ponía la carta en el sobre Mary bajó de la Torre y dijo: “algo horrible le ha pasado a Willie”. Salí y encontré a Willie con sus dos patas derechas rotas: una por la cadera y la otra por debajo de la rodilla. Un coche debió de haberle pasado por encima o alguien lo había golpeado con un palo. Había vuelto a casa sobre las patas de un solo lado. Era una fractura múltiple con mucha suciedad en la herida y fragmentos sobresaliendo. Pero él ronroneaba y parecía seguro de que yo podría solucionarlo.

    Hice que René trajera un bol de leche para él y René lo sostuvo y lo acarició para que Willie estuviera bebiendo leche mientras yo le disparaba en la cabeza. No creo que sufriera y los nervios habían sido machacados así que las piernas no habían empezado a dolerle realmente. Monstruo quiso dispararle por mí, pero no podía delegar la responsabilidad o dejar una posibilidad de que Will supiera que alguien iba a matarlo.

    He tenido que disparar a gente, pero nunca a nadie que hubiera conocido y querido durante once años. Ni tampoco a nadie que ronroneara con dos piernas rotas”.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/6″][/vc_column][/vc_row]

  • Ahmad ibn Fadlan

    Estimado lector, quiero que juntos hagamos un ejercicio de imaginación. La historia que te voy a contar se remonta a un tiempo en donde los confines del mundo eran custodiados por serpientes marinas que amenazaban con engullir y arrastrar a las profundidades del mar a los marinos que desafiaban los límites de lo desconocido. Una época en donde viajar era una aventura de la que podías salir vivo y tener una gran historia que contar, o muerto por las amenazas que podía uno encontrarse en el camino: asaltadores, bestias, guerras, enfermedades o inclemencias temporales.

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  • Mitos y leyendas de la península: La cruz del Diablo.

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       La cruz del Diablo.

     El norte de España es un lugar donde la modernidad y la leyenda conviven en extraña armonía. Sus paisajes y sus montañas son morada de leyendas y mitos que han ido pasando por tradición oral de generación en generación. Los Pirineos se presentan como un imponente muro que se levanta impasible, mostrándose como una ola a punto de romper. El clima, la montaña y el misterio, así se resume el Pirineo.

       Hay una leyenda que se ha mantenido como testigo inmortal con el paso del tiempo gracias al danzar de la pluma de Gustavo Adolfo Bécquer, poeta y cronista de su tiempo. El escritor del romanticismo pasó un verano en la fonda Cal Penató en Bellver de Cerdaña, donde una pequeña placa conmemorativa nos recuerda el paso del poeta del romanticismo.

       Las solitarias calles de Bellver fueron cómplices del poeta. Entre sus callejones y esquinas el poeta paseó cavilando sobre la pluma y el papel. Aun hoy en día uno puede imaginarse al poeta caminando. En esas calles el poeta escribió una leyenda que estremece a los habitantes pirenaicos.

       Esa leyenda llevó a la inmortalidad a las ruinas del castillo, la torre de la prisión y a San Martí dels Castells. Gracias a Bécquer, Bellver de Cerdeña permanece en la memoria de todos.

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       La leyenda

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       Dice la leyenda que en Bellver de Cerdaña, una población del Pirineo, vivía un señor feudal quien era conocido como el señor de Urgellet o señor del Segre. Tenía fama de tirano y cruel con sus súbditos, a quienes los tenia atemorizados y doblegados constantemente. Un día, el señor de Urgellet marcha para unirse a la batalla contra los árabes. Para asegurarse la victoria el señor vende su alma al diablo. A los años el señor regresa a sus tierras reclamando sin miramientos los diezmos atrasados a sus siervos. La cantidad que exigía el señor era impagable y a causa de ello el pueblo entra en cólera. Al amparo de la noche, los siervos deciden atacar al señor feudal, tomando por sorpresa el castillo y dando muerte al tirano.

       La calma reinó durante unos años en Bellver de Cerdaña, pero un día empiezan a suceder hechos extraños. El rebaño y sus pastores comienzan a desaparecer o al amanecer se encuentran sus cadáveres, incluso durante las noches podía verse luces en el antiguo castillo. Todos en el pueblo pensaban que eran bandidos, pero ninguno se atrevía a hacerles frente.

       Un día la insolencia de los bandidos llega a tal punto que asaltan la casa de uno de los aldeanos. Sus vecinos acuden en su ayuda, iniciándose por las calles una lucha armada. Uno de los bandidos es herido de muerte y el pueblo le arranca una confesión. El bandido les dijo que eran un grupo de asaltadores dirigidos por un hombre al que nunca han visto ya que siempre va con una armadura y un yelmo. Nunca se le ha visto el rostro, nunca come, y su crueldad hacia las personas tiene atemorizados a los propios bandidos.

       Atemorizados, los habitantes del pueblo acuden a un viejo anacoreta para pedirle consejo cobre qué hacer. El viejo les cuenta cómo en el pasado, una noche el pueblo atacó al señor de Urgellet, dándole muerte al amparo de la noche. El pueblo decidió que harían lo mismo. Esperaron al amparo de la noche. Armados con hoces y hachas, mientras los bandidos dormían, asaltaron el castillo. El único que puso resistencia fue el jefe de los bandidos, como si estuviese en contaste vigilia.

       Fuera quien fuese aquel jefe, todos fueron apresados  llevados a juicio. El tribunal, compuesto por gente de confianza de Urgel, le pide al jefe que se descubra, pero este se mantiene inmutable, sin mediar palabra. Ante la insistencia de los jueces, un alguacil se acerca al detenido y le levanta el yelmo, para dejar al descubierto el rostro del jefe. En la sala sólo se escuchó el grito de terror al descubrir que tras el yelmo no había rostro alguno. Todos los habitantes del pueblo abandonan aterrados el juicio. Los jueces disponen prisión para todos, dejando en una celda apartada al cabeza de los bandidos.

       Mientras esperan veredicto, el alcaide de la prisión, al escuchar la historia, decide verlo con sus propios ojos. Entró a la celda y descubrió el rostro del líder de los bandidos, pero no existe tal rostro. En ese momento, la armadura se lanza decidida sobre el alcaide consiguiendo reducirle y escapando de su cautiverio.

       Los jueces mandan a todas sus fuerzas a apresar de nuevo al preso fugado. Pasados los días es detenido de nuevo. El anacoreta les dijo que quien se ocultaba detrás del yelmo era el antiguo señor de Urgellet, quien vagaba en pena al haber vendido su alma al diablo. Se convino que la armadura fuese fundida y que se convirtiese en una cruz. Para asegurarse de que el reo no se escapase, se dispuso que la armadura fuese repartida entre todos los vecinos de la población, y con gran resistencia así se hizo.

       El día de la ejecución, los vecinos de Bellver formaron una fila en la puerta de la herrería, cada uno con su trozo de armadura, arrojándolo a las fraguas. Cada trozo que era arrojado al fuego producía un horrible alarido que hacía que los habitantes se sobrecogiesen. Cada golpe de martillo acrecentaba los gritos. Al final, todos los trozos fueron fundidos y la cruz fue forjada. Lejos de las miradas de los curiosos, en mitad del bosque se dispuso un pilar de alabastro donde se colocaría la cruz.

       Algunas noches, según cuentan los habitantes, puede oírse los gritos del maldito implorando el perdón de Dios, pero nadie se atreve a acercarse. La cruz permanece sola ya que nadie quiere acercarse a “La cruz del diablo”.

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  • Mitos y leyendas de la península: La campana de Huesca.

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       El día en que los restos de Alfonso I fueron llevados  el monasterio de Montearagón, su última morada, Ramiro, quien fue llamado a acompañar a su hermano, llevaba ya unos años como prior en San Pedro el Viejo de Huesca. Antes fue abad de San Juan de la Peña, mítico lugar de leyenda, y de Sahagún, además de obispo de Burgos y Pamplona.

       Ramiro, hombre tranquilo, no deseaba abandonar la paz que le otorgaba los muros del claustro, pero los nobles lo aclamaron como rey tras morir su hermano Alfonso.

       Cuando tomó el poder, aquellos que lo sentaron en el trono, maquinaban cómo hacerle caer del mismo. Todos los conspiradores gozaban de fama brava y valentía, señores de castillos inexpugnables, con linaje noble. Incluso entre los conspiradores se encontraban gente de fe como un abad y un obispo.

       Muchos de estos conspiradores los tenía cerca, notando el frío del acero en su espalda, incluso dentro de los muros de palacio. Ramiro, como hombre de fe, se vio obligado a defender el trono que dispuso Dios para él. ¿Cómo iba a ceder ante los conspiradores? La unidad y el bienestar de su pueblo dependían de mantener el trono.

       Ramiro fue siempre un hombre tranquilo, y las intrigas le eran ajenas a su vida, y por ello dudaba en su decisión. En su cavilar reconoció que ante una conspiración, la rectitud, la virtud, el bien y la justicia no serían suficientes.

       — Debemos disponer ya de la decisión que nos salve–le dijo a uno de sus consejeros-, para que llegado el momento actuemos.

       Buscando la tranquilidad, el rey Ramiro II paseaba por el jardín, por los solitarios pasillos o en la intimidad de su alcoba. Constantemente se preguntaba:

       — ¿Qué hacer, Señor? Señálame el camino…

       Entre sus viejas amistades contaba con un maestro y director espiritual, quien ahora era abad en San Juan de la Peña. Ramiro II le respetaba y lo amaba. Sabía que el le daría la respuesta que el buscaba desesperadamente.

       —No hay mejor consejero –se dijo Ramiro II- que pueda darme el consejo apropiado para resolver este desafortunado entuerto.

       Al amparo de la noche, el rey envió a uno de sus mensajeros a San Juan de la Peña.

       —Infórmale –le dijo el rey- de la conspiración que hay contra la corona. Dile que su consejo es necesario. Ten en cuenta que el abad no tiene permitido hablar,  pero no te preocupes, el encontrará la manera de indicarte qué debo hacer.

       A galope tendido, el mensajero no tardó más que unas horas en llegar al monasterio. El abad era un hombre imponente, de gran altura, ataviado con su hábito negro. La capucha le ocultaba parte del rostro, mostrando su espesa barba y unos ojos negros e inquisitivos.

       El emisario informó al abad de la situación de su antiguo discípulo. Sin mediar palabra, el abad le indicó al mensajero que lo siguiera. Lo llevó a un huerto, mientras por el horizonte asomaban los primeros rayos de luz. Cerca se pudo escuchar el canto insolente de un gallo. El aire de la mañana mecía la hierba y las hojas de los árboles bailaban al son del viento. Unas espigas maduras ondeaban suavemente. El abad tomó una hoz con su mano y, tras mostrársela con insistencia al mensajero, cortó todas las espigas que sobresalían, dejando las más bajas intactas. El abad lanzaba cortes seguros, contundentes, pero suaves y sin ruido alguno.

       Cuando terminó el abad miró fijamente con sus ojos negros al mensajero.

       — ¡He comprendido! –dijo el emisario al observar las espigas esparcidas por el suelo. Tras despedirse del abad, partió a galope para informar de su reunión con el abad al rey Ramiro II el Monje.

       Un día se anunció que el monarca aragonés deseaba construir una campana enorme. Aquella campana debía oírse desde el Pirineo hasta el Ebro, desde Sobrarbe hasta Navarra. Todos tomaron por locura aquella decisión. Pasaron los días hasta que el rey anunció que la campana ya había sido fundida y colocada en un lugar de palacio.

       — Espero a todos los nobles para mostrársela – dijo el monarca.

       La nobleza asistió a la llamada. El rey los recibió cortésmente, agasajándolos con abundante comida. Tras la recepción pidió a los nobles que lo siguiesen a una sala espaciosa en  palacio. Los nobles que entraron en la sala aguardaron con silencio y consternación, incluso hubo algunos que no pudieron reprimir un grito de espanto, y no era para menos. En el centro de la sala había quince cabezas separadas de sus cuerpos, dispuestas en el centro, formando un círculo.

       — ¿Qué os parece la campana? –preguntó el rey-. ¿Habéis visto el badajo?

       Y señaló a una cuerda que colgaba del techo, sosteniendo esa cuerda la cabeza del obispo que conspiraba contra la corona, balanceándose levemente como un péndulo.

       Allí se encontraban las cabezas de todos los nobles que conspiraron contra la corona. No hubo necesidad de decir los nombres porque, tras grotescas expresiones, se reconocía al criminal.

       En la sala reinaba un silencio sepulcral. El rey habló entonces:

       — ¿No es cierto, señores, que la campana que tienen ante ustedes es la campana más famosa de todos los tiempos? Os aseguro que esta campana se escuchará desde el Pirineo hasta el Ebro, desde Sobrarbe hasta Navarra. Y recordad los que aún respiráis, que nunca se os olvide, que si la idea de conspirar os viene a la mente, escucharéis su terrible sonido.

       Y abriéndose paso entre los nobles, el rey Ramiro II el Monje salió de la estancia, dejando en ella a los nobles aragoneses aterrados.

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  • El Pato Donald era nazi

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       ¿Quién no recuerda el oscuro pasado del Pato Donald cuando se unió al bando nacional-socialista? Así es, el Pato Donald era nazi, pero no es lo que ustedes creen que es. Der Fuehrer’s Face es un cortometraje americano producido por la compañía Walt Disney Productions, publicado en el año 1943 por RKO Radio Pictures.

       El fin del cortometraje era vender bonos de guerra, siendo un gran ejemplo de propaganda en donde mezclaba la inocencia de los dibujos animados con el horror de la Alemania Nazi. El corto fue dirigido por el director Jack Kinney y escrito por Joe Grant. La canción de la película, compuesta por Oliver Wallace, se popularizo en la época, y fue usada para caricaturizar la imagen de Hitler y su régimen.

       El corto ganó los premios de la Academia al Mejor Cortometraje de Animación, siendo la única película en donde el Pato Donald en solitario recibe un premio. Años más tarde, en 1994, se posicionó en el puesto 22 de la lista “Los 50 mejores dibujos animados”. La película por el contrario no fue muy divulgada debido a que aparece el propio Pato Donald como un nazi, y su espíritu propagandístico se alejaba de la línea que quería mantener Walt Disney.

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     El Pato Donald despierta un día en Nutzi Land, que fonéticamente se parece mucho a Nazi Land pero que se traduce como Tierra de Locos. A primera hora de la mañana, para despertar a los habitantes de Nutzi Land, una banda de música nazi toca Fuehrer’s Face. La banda se compone por caricaturas de Hideki Tojo, Göring, Goebbels y Mussolini. En la canción defiende la superioridad de la raza aria y se muestran orgullosos de hacer el saludo nazi.

       La banda de música despierta a Donald. En esta escena se muestra la precariedad de la vida de los alemanes, viendo cómo Donald moja un grano de café en agua hirviendo, y en donde corta una rebanada de pan dura.  Mientras se toma su desayuno le ponen un ejemplar del Mein kampf para que lo lea. Esa escena resume muy bien la precariedad y el adoctrinamiento nazi.

       Tras un precario desayuno, Donald es llevado a la fuerza a su trabajo en una fábrica donde montan obúses. Algunas espoletas traen consigo imágenes de Hitler, así que Donald se ve obligado a hacer el saludo cada vez que ve una imagen de Hitler. El trabajo se muestra agotador y el único descanso que tiene es hacer gimnasia mientras saluda la imagen de Hitler. Cuando vuelve a su trabajo el caos estalla, se le acumula los proyectiles y las imágenes de Hitler, volviéndose loco, hasta que finalmente despierta de la pesadilla en una cama en Estados Unidos. Al notar que todo ha sido una horrible pesadilla se acerca a la Estatua de la Libertad y la abraza con fervor, sintiéndose orgulloso de ser un ciudadano de Estados Unidos.

       La última escena es la más simbólica, en la que aparece una caricatura de Hitler a la que se le arroja un tomate.

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