• Siete poemas de Lope de Vega

    Lope de Vega fue uno de los grandes escritores del Madrid del siglo XVI. Nació en el año 1562 y falleció en 1635. Sus padres fueron humildes campesinos, por lo que no tuvo muchas oportunidades académicas. Pese a no haber acabado el bachillerato fue un autor prolífico que escribió lírica, narrativa y teatro.

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  • Siete poemas de Federico García Lorca

    A España le arrebataron la poesía el 18 de agosto de 1936. Federico García Lorca sigue siendo hoy en día uno de los máximos representantes de la poesía en todo el mundo. Estos son los siete poemas de Federico García Lorca que he seleccionado, algunos muy conocidos, otros no tantos.

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  • Me tomaré un café en Huesca

    La historia de la Guerra Civil Española es la historia de aquellos que la vivieron. Muchas son las historias que hay detrás de las personas que les tocó vivir el horror de una guerra fratricida, y el eco de una de esas historias resuena repitiendo: «Si alguna vez regreso a España, me tomaré un café en Huesca».

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  • El Duelo de la Tortilla

    Una noche de 1848 un joven llamado Jules Verne vistió un elegante traje que gustosamente compartía con su querido amigo Eduoard Bonam, para así poder asistir a las parisinas tertulias literarias. De esta forma podía ocultar sus penurias económicas. En muchas ocasiones el joven Jules se alimentaba a base de pan y leche ya que lo poco que recibía de la asignación de su padre lo usaba para poder pagar el alquiler de una modesta habitación en el barrio latino, habitación que también compartía con su amigo Eduoard.

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  • La poesía árabe en al-Andalus: El vino.

    El origen de la poesía arábiga se árabeen los orígenes de la civilización árabe. Para acercarnos al comienzo hay que ir hasta un periodo de la historia de la cultura árabe conocido como al-yahiliyya (Ignorancia). Se conoce a este periodo así por ser una época anterior a la revelación de Muhammad. La complejidad de la poética árabe alcanzó tal grado que con la unificación de todas las tribus árabes la poesía ya contaba con unos cuadros, géneros y versos.

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  • Seis poemas de Antonio Machado

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       Antonio Machado murió el 22 de febrero de 1939. Cruzó los Pirineos a finales del mes de enero, en una caravana de refugiados que huían de los sublevados. Según cuenta su hermano, durante el exilio en Francia, abandonó el hotel sólo en una ocasión para ir a la playa de Boramar, para dar un breve paseo. Falleció absolutamente arruinado.

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    Un Loco

    Es una tarde mustia y desabrida
    de un otoño sin frutos, en la tierra
    estéril y traída
    donde la sombra de un centauro yerra.

    Por un camino en la árida llanura,
    entre álamos marchitos,
    a solas con su sombra y su locura
    va el loco, hablando a gritos.

    Lejos se ven sombríos estepares,
    colinas con malezas y cambrones,
    y ruinas de viejos encinares,
    coronando los agrios serrijones.

    El loco vocifera
    a solas con su sombra y su quimera.
    En horrible y grotesca su figura;
    flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
    ojos de calentura
    iluminan su rostro demacrado.

    Huye de la ciudad… Pobres maldades,
    misérrimas virtudes y quehaceres
    de chulos aburridos, y ruindades
    de ociosos mercaderes.

    Por los campos de Dios el loco avanza.
    Tras la tierra esquelética y sequiza
    -rojo de herrumbre y pardo de ceniza-
    hay un sueño de lirio en lontananza.

    Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
    -carne triste y espíritu villano-

    No fue por una trágica amargura
    esta alma errante desgajada y rota;
    purga un pecado ajeno: la cordura,
    la terrible cordura del idiota.

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    A un olmo seco

    Al olmo viejo, hendido por el rayo
    y en su mitad podrido,
    con las lluvias de abril y el sol de mayo
    algunas hojas verdes le han salido.

    ¡El olmo centenario en la colina
    que lame el Duero! Un musgo amarillento
    le mancha la corteza blanquecina
    al tronco carcomido y polvoriento.

    No será, cual los álamos cantores
    que guardan el camino y la ribera,
    habitado de pardos ruiseñores.

    Ejército de hormigas en hilera
    va trepando por él, y en sus entrañas
    urden sus telas grises las arañas.

    Antes que te derribe, olmo del Duero,
    con su hacha el leñador, y el carpintero
    te convierta en melena de campana,
    lanza de carro o yugo de carreta;
    antes que rojo en el hogar, mañana,
    ardas de alguna mísera caseta,
    al borde de un camino;
    antes que te descuaje un torbellino
    y tronche el soplo de las sierras blancas;
    antes que el río hasta la mar te empuje
    por valles y barrancas,
    olmo, quiero anotar en mi cartera
    la gracia de tu rama verdecida.
    Mi corazón espera
    también, hacia la luz y hacia la vida,
    otro milagro de la primavera.

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    Retrato

    Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
    y un huerto claro donde madura el limonero;
    mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
    mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

    Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
    —ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
    más recibí la flecha que me asignó Cupido,
    y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

    Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
    pero mi verso brota de manantial sereno;
    y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
    soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

    Adoro la hermosura, y en la moderna estética
    corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
    mas no amo los afeites de la actual cosmética,
    ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

    Desdeño las romanzas de los tenores huecos
    y el coro de los grillos que cantan a la luna.
    A distinguir me paro las voces de los ecos,
    y escucho solamente, entre las voces, una.

    ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
    mi verso, como deja el capitán su espada:
    famosa por la mano viril que la blandiera,
    no por el docto oficio del forjador preciada.

    Converso con el hombre que siempre va conmigo
    —quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
    mi soliloquio es plática con ese buen amigo
    que me enseñó el secreto de la filantropía.

    Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
    A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
    el traje que me cubre y la mansión que habito,
    el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

    Cuando llegue el día del último vïaje,
    y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
    me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
    casi desnudo, como los hijos de la mar.

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    A Juan Ramón Jiménez

    Era una noche del mes
    de mayo, azul y serena.
    Sobre el agudo ciprés
    brillaba la luna llena,
    iluminando la fuente
    en donde el agua surtía
    sollozando intermitente.
    Sólo la fuente se oía.
    Después, se escuchó el acento
    de un oculto ruiseñor.
    Quebró una racha de viento
    la curva del surtidor.
    Y una dulce melodía
    vagó por todo el jardín:
    entre los mirtos tañía
    un músico su violín.
    Era un acorde lamento
    de juventud y de amor
    para la luna y el viento,
    el agua y el ruiseñor.
    «El jardín tiene una fuente
    y la fuente una quimera…»
    Cantaba una voz doliente,
    alma de la primavera.
    Calló la voz y el violín
    apagó su melodía.
    Quedó la melancolía
    vagando por el jardín.
    Sólo la fuente se oía.

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    A don Ramón del Valle-Inclán

    Yo era en mis sueños, don Ramón, viajero
    del áspero camino, y tú, Caronte
    de ojos de llama, el fúnebre barquero
    de las revueltas aguas de Aqueronte.
    Plúrima barba al pecho te caía.
    (Yo quise ver tu manquedad en vano.)
    Sobre la negra barca aparecía
    tu verde senectud de dios pagano.
    Habla, dijiste, y yo: cantar quisiera
    loor de tu Don Juan y tu paisaje,
    en esta hora de verdad sincera.
    Porque faltó mi voz en tu homenaje,
    permite que en la pálida ribera
    te pague en áureo verso mi barcaje.

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    A don Miguel de Unamuno

    Este donquijotesco
    don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,
    lleva el arnés grotesco
    y el irrisorio casco
    del buen manchego. Don Miguel camina,
    jinete de quimérica montura,
    metiendo espuela de oro a su locura,
    sin miedo de la lengua que malsina.

    A un pueblo de arrieros,
    lechuzos y tahúres y logreros
    dicta lecciones de Caballería.
    Y el alma desalmada de su raza,
    que bajo el golpe de su férrea maza
    aún durme, puede que despierte un día.

    Quiere enseñar el ceño de la duda,
    antes de que cabalgue, el caballero;
    cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda
    cerca del corazón la hoja de acero.

    Tiene el aliento de una estirpe fuerte
    que soñó más allá de sus hogares,
    y que el oro buscó tras de los mares.
    Él señala la gloria tras la muerte.
    Quiere ser fundador, y dice: Creo;
    Dios y adelante el ánima española…
    Y es tan bueno y mejor que fue Loyola:
    sabe a Jesús y escupe al fariseo.

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