• El Duelo de la Tortilla

       Una noche de 1848 un joven llamado Jules Verne vistió un elegante traje que gustosamente compartía con su querido amigo Eduoard Bonam, para así poder asistir a las parisinas tertulias literarias. De esta forma podía ocultar sus penurias económicas. En muchas ocasiones el joven Jules se alimentaba a base de pan y leche ya que lo poco que recibía de la asignación de su padre lo usaba para poder pagar el alquiler de una modesta habitación en el barrio latino, habitación que también compartía con su amigo Eduoard.Leer más

  • La poesía báquica en al-Andalus

       El origen de la poesía arábiga se pierde en los orígenes de la civilización árabe. Para acercarnos al comienzo hay que ir hasta un periodo de la historia de la cultura árabe conocido como al-yahiliyya (Ignorancia). Se conoce a este periodo así por ser una época anterior a la revelación de Muhammad. La complejidad de la poética árabe alcanzó tal grado que con la unificación de todas las tribus árabes la poesía ya contaba con unos cuadros, géneros y versos.Leer más

  • Seis poemas de Antonio Machado

       Antonio Machado murió el 22 de febrero de 1939. Cruzó los Pirineos a finales del mes de enero, en una caravana de refugiados que huían de los sublevados. Según cuenta su hermano, durante el exilio en Francia, abandonó el hotel sólo en una ocasión para ir a la playa de Boramar, para dar un breve paseo. Falleció absolutamente arruinado.

    Un Loco

    Es una tarde mustia y desabrida
    de un otoño sin frutos, en la tierra
    estéril y traída
    donde la sombra de un centauro yerra.

    Por un camino en la árida llanura,
    entre álamos marchitos,
    a solas con su sombra y su locura
    va el loco, hablando a gritos.

    Lejos se ven sombríos estepares,
    colinas con malezas y cambrones,
    y ruinas de viejos encinares,
    coronando los agrios serrijones.

    El loco vocifera
    a solas con su sombra y su quimera.
    En horrible y grotesca su figura;
    flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
    ojos de calentura
    iluminan su rostro demacrado.

    Huye de la ciudad… Pobres maldades,
    misérrimas virtudes y quehaceres
    de chulos aburridos, y ruindades
    de ociosos mercaderes.

    Por los campos de Dios el loco avanza.
    Tras la tierra esquelética y sequiza
    -rojo de herrumbre y pardo de ceniza-
    hay un sueño de lirio en lontananza.

    Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
    -carne triste y espíritu villano-

    No fue por una trágica amargura
    esta alma errante desgajada y rota;
    purga un pecado ajeno: la cordura,
    la terrible cordura del idiota.

    A un olmo seco

    Al olmo viejo, hendido por el rayo
    y en su mitad podrido,
    con las lluvias de abril y el sol de mayo
    algunas hojas verdes le han salido.

    ¡El olmo centenario en la colina
    que lame el Duero! Un musgo amarillento
    le mancha la corteza blanquecina
    al tronco carcomido y polvoriento.

    No será, cual los álamos cantores
    que guardan el camino y la ribera,
    habitado de pardos ruiseñores.

    Ejército de hormigas en hilera
    va trepando por él, y en sus entrañas
    urden sus telas grises las arañas.

    Antes que te derribe, olmo del Duero,
    con su hacha el leñador, y el carpintero
    te convierta en melena de campana,
    lanza de carro o yugo de carreta;
    antes que rojo en el hogar, mañana,
    ardas de alguna mísera caseta,
    al borde de un camino;
    antes que te descuaje un torbellino
    y tronche el soplo de las sierras blancas;
    antes que el río hasta la mar te empuje
    por valles y barrancas,
    olmo, quiero anotar en mi cartera
    la gracia de tu rama verdecida.
    Mi corazón espera
    también, hacia la luz y hacia la vida,
    otro milagro de la primavera.

    Retrato

    Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
    y un huerto claro donde madura el limonero;
    mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
    mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

    Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
    —ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
    más recibí la flecha que me asignó Cupido,
    y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

    Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
    pero mi verso brota de manantial sereno;
    y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
    soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

    Adoro la hermosura, y en la moderna estética
    corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
    mas no amo los afeites de la actual cosmética,
    ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

    Desdeño las romanzas de los tenores huecos
    y el coro de los grillos que cantan a la luna.
    A distinguir me paro las voces de los ecos,
    y escucho solamente, entre las voces, una.

    ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
    mi verso, como deja el capitán su espada:
    famosa por la mano viril que la blandiera,
    no por el docto oficio del forjador preciada.

    Converso con el hombre que siempre va conmigo
    —quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
    mi soliloquio es plática con ese buen amigo
    que me enseñó el secreto de la filantropía.

    Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
    A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
    el traje que me cubre y la mansión que habito,
    el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

    Cuando llegue el día del último vïaje,
    y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
    me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
    casi desnudo, como los hijos de la mar.

    A Juan Ramón Jiménez

    Era una noche del mes
    de mayo, azul y serena.
    Sobre el agudo ciprés
    brillaba la luna llena,
    iluminando la fuente
    en donde el agua surtía
    sollozando intermitente.
    Sólo la fuente se oía.
    Después, se escuchó el acento
    de un oculto ruiseñor.
    Quebró una racha de viento
    la curva del surtidor.
    Y una dulce melodía
    vagó por todo el jardín:
    entre los mirtos tañía
    un músico su violín.
    Era un acorde lamento
    de juventud y de amor
    para la luna y el viento,
    el agua y el ruiseñor.
    «El jardín tiene una fuente
    y la fuente una quimera…»
    Cantaba una voz doliente,
    alma de la primavera.
    Calló la voz y el violín
    apagó su melodía.
    Quedó la melancolía
    vagando por el jardín.
    Sólo la fuente se oía.

    A don Ramón del Valle-Inclán

    Yo era en mis sueños, don Ramón, viajero
    del áspero camino, y tú, Caronte
    de ojos de llama, el fúnebre barquero
    de las revueltas aguas de Aqueronte.
    Plúrima barba al pecho te caía.
    (Yo quise ver tu manquedad en vano.)
    Sobre la negra barca aparecía
    tu verde senectud de dios pagano.
    Habla, dijiste, y yo: cantar quisiera
    loor de tu Don Juan y tu paisaje,
    en esta hora de verdad sincera.
    Porque faltó mi voz en tu homenaje,
    permite que en la pálida ribera
    te pague en áureo verso mi barcaje.

    A don Miguel de Unamuno

    Este donquijotesco
    don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,
    lleva el arnés grotesco
    y el irrisorio casco
    del buen manchego. Don Miguel camina,
    jinete de quimérica montura,
    metiendo espuela de oro a su locura,
    sin miedo de la lengua que malsina.

    A un pueblo de arrieros,
    lechuzos y tahúres y logreros
    dicta lecciones de Caballería.
    Y el alma desalmada de su raza,
    que bajo el golpe de su férrea maza
    aún durme, puede que despierte un día.

    Quiere enseñar el ceño de la duda,
    antes de que cabalgue, el caballero;
    cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda
    cerca del corazón la hoja de acero.

    Tiene el aliento de una estirpe fuerte
    que soñó más allá de sus hogares,
    y que el oro buscó tras de los mares.
    Él señala la gloria tras la muerte.
    Quiere ser fundador, y dice: Creo;
    Dios y adelante el ánima española…
    Y es tan bueno y mejor que fue Loyola:
    sabe a Jesús y escupe al fariseo.

  • Seis poemas de Miguel Hernández

       Pese a su prematura muerte, nos legó una obra poética envidiable. La guerra nos arrebató  muchos jóvenes con talento, de un bando y de otro. Es un sentido homenaje recordar siempre a aquellos que fueron devorados por el fuego de la guerra. Estos son los seis poemas de Miguel Hernández, el poeta del pueblo, que he querido destacar:

    Canción última

    Pintada, no vacía:
    pintada está mi casa
    del color de las grandes
    pasiones y desgracias.

    Regresará del llanto
    adonde fue llevada
    con su desierta mesa
    con su ruinosa cama.

    Florecerán los besos
    sobre las almohadas.
    Y en torno de los cuerpos
    elevará la sábana
    su intensa enredadera
    nocturna, perfumada.

    El odio se amortigua
    detrás de la ventana.

    Será la garra suave.

    Dejadme la esperanza.

    Vientos del pueblo me llevan

    Vientos del pueblo me llevan,
    vientos del pueblo me arrastran,
    me esparcen el corazón
    y me aventan la garganta.

    Los bueyes doblan la frente,
    impotentemente mansa,
    delante de los castigos:
    los leones la levantan
    y al mismo tiempo castigan
    con su clamorosa zarpa.

    No soy un de pueblo de bueyes,
    que soy de un pueblo que embargan
    yacimientos de leones,
    desfiladeros de águilas
    y cordilleras de toros
    con el orgullo en el asta.
    Nunca medraron los bueyes
    en los páramos de España.

    ¿Quién habló de echar un yugo
    sobre el cuello de esta raza?
    ¿Quién ha puesto al huracán
    jamás ni yugos ni trabas,
    ni quién al rayo detuvo
    prisionero en una jaula?

    Asturianos de braveza,
    vascos de piedra blindada,
    valencianos de alegría
    y castellanos de alma,
    labrados como la tierra
    y airosos como las alas;
    andaluces de relámpagos,
    nacidos entre guitarras
    y forjados en los yunques
    torrenciales de las lágrimas;
    extremeños de centeno,
    gallegos de lluvia y calma,
    catalanes de firmeza,
    aragoneses de casta,
    murcianos de dinamita
    frutalmente propagada,
    leoneses, navarros, dueños
    del hambre, el sudor y el hacha,
    reyes de la minería,
    señores de la labranza,
    hombres que entre las raíces,
    como raíces gallardas,
    vais de la vida a la muerte,
    vais de la nada a la nada:
    yugos os quieren poner
    gentes de la hierba mala,
    yugos que habéis de dejar
    rotos sobre sus espaldas.

    Crepúsculo de los bueyes
    está despuntando el alba.

    Los bueyes mueren vestidos
    de humildad y olor de cuadra;
    las águilas, los leones
    y los toros de arrogancia,
    y detrás de ellos, el cielo
    ni se enturbia ni se acaba.
    La agonía de los bueyes
    tiene pequeña la cara,
    la del animal varón
    toda la creación agranda.

    Si me muero, que me muera
    con la cabeza muy alta.
    Muerto y veinte veces muerto,
    la boca contra la grama,
    tendré apretados los dientes
    y decidida la barba.

    Cantando espero a la muerte,
    que hay ruiseñores que cantan
    encima de los fusiles
    y en medio de las batallas.

    Elegía

    (En Orihuela, su pueblo y el mío, se
    me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
    con quien tanto quería.)

    Yo quiero ser llorando el hortelano
    de la tierra que ocupas y estercolas,
    compañero del alma, tan temprano.

    Alimentando lluvias, caracolas
    y órganos mi dolor sin instrumento.
    a las desalentadas amapolas

    daré tu corazón por alimento.
    Tanto dolor se agrupa en mi costado,
    que por doler me duele hasta el aliento.

    Un manotazo duro, un golpe helado,
    un hachazo invisible y homicida,
    un empujón brutal te ha derribado.

    No hay extensión más grande que mi herida,
    lloro mi desventura y sus conjuntos
    y siento más tu muerte que mi vida.

    Ando sobre rastrojos de difuntos,
    y sin calor de nadie y sin consuelo
    voy de mi corazón a mis asuntos.

    Temprano levantó la muerte el vuelo,
    temprano madrugó la madrugada,
    temprano estás rodando por el suelo.

    No perdono a la muerte enamorada,
    no perdono a la vida desatenta,
    no perdono a la tierra ni a la nada.

    En mis manos levanto una tormenta
    de piedras, rayos y hachas estridentes
    sedienta de catástrofes y hambrienta.

    Quiero escarbar la tierra con los dientes,
    quiero apartar la tierra parte a parte
    a dentelladas secas y calientes.

    Quiero minar la tierra hasta encontrarte
    y besarte la noble calavera
    y desamordazarte y regresarte.

    Volverás a mi huerto y a mi higuera:
    por los altos andamios de las flores
    pajareará tu alma colmenera

    de angelicales ceras y labores.
    Volverás al arrullo de las rejas
    de los enamorados labradores.

    Alegrarás la sombra de mis cejas,
    y tu sangre se irán a cada lado
    disputando tu novia y las abejas.

    Tu corazón, ya terciopelo ajado,
    llama a un campo de almendras espumosas
    mi avariciosa voz de enamorado.

    A las aladas almas de las rosas
    del almendro de nata te requiero,
    que tenemos que hablar de muchas cosas,
    compañero del alma, compañero.

    No quiso ser

    No conoció el encuentro
    del hombre y la mujer.
    El amoroso vello
    no pudo florecer.

    Detuvo sus sentidos
    negándose a saber
    y descendieron diáfanos
    ante el amanecer.

    Vio turbio su mañana
    y se quedó en su ayer.

    No quiso ser.

    Jornaleros

    Jornaleros que habéis cobrado en plomo
    sufrimientos, trabajos y dineros.
    Cuerpos de sometido y alto lomo:
    jornaleros.

    Españoles que España habéis ganado
    labrándola entre lluvias y entre soles.
    Rabadanes del hambre y el arado:
    españoles.

    Esta España que, nunca satisfecha
    de malograr la flor de la cizaña,
    de una cosecha pasa a otra cosecha:
    esta España.

    Poderoso homenaje a las encinas,
    homenaje del toro y el coloso,
    homenaje de páramos y minas
    poderoso.

    Esta España que habéis amamantado
    con sudores y empujes de montaña,
    codician los que nunca han cultivado
    esta España.

    ¿Dejaremos llevar cobardemente
    riquezas que han forjado nuestros remos?
    ¿Campos que ha humedecido nuestra frente
    dejaremos?

    Adelanta, español, una tormenta
    de martillos y hoces: ruge y canta.
    Tu porvenir, tu orgullo, tu herramienta
    adelanta.

    Los verdugos, ejemplo de tiranos,
    Hitler y Mussolini labran yugos.
    Sumid en un retrete de gusanos
    los verdugos.

    Ellos, ellos nos traen una cadena
    de cárceles, miserias y atropellos.
    ¿Quién España destruye y desordena?
    ¡Ellos!¡Ellos!

    Fuera, fuera, ladrones de naciones,
    guardianes de la cúpula banquera,
    cluecas del capital y sus doblones:
    ¡fuera, fuera!

    Arrojados seréis como basura
    de todas partes y de todos lados.
    No habrá para vosotros sepultura,
    arrojados.

    La saliva será vuestra mortaja,
    vuestro final la bota vengativa,
    y sólo os dará sombra, paz y caja
    la saliva.

    Jornaleros: España, loma a loma,
    es de gañanes, pobres y braceros.
    ¡No permitáis que el rico se la coma,
    jornaleros!

    Nanas de la cebolla

    La cebolla es escarcha
    cerrada y pobre:
    escarcha de tus días
    y de mis noches.
    Hambre y cebolla:
    hielo negro y escarcha
    grande y redonda.

    En la cuna del hambre
    mi niño estaba.
    Con sangre de cebolla
    se amamantaba.
    Pero tu sangre,
    escarchada de azúcar,
    cebolla y hambre.

    Una mujer morena,
    resuelta en luna,
    se derrama hilo a hilo
    sobre la cuna.
    Ríete, niño,
    que te tragas la luna
    cuando es preciso.

    Alondra de mi casa,
    ríete mucho.
    Es tu risa en los ojos
    la luz del mundo.
    Ríete tanto
    que en el alma al oírte,
    bata el espacio.

    Tu risa me hace libre,
    me pone alas.
    Soledades me quita,
    cárcel me arranca.
    Boca que vuela,
    corazón que en tus labios
    relampaguea.

    Es tu risa la espada
    más victoriosa.
    Vencedor de las flores
    y las alondras.
    Rival del sol.
    Porvenir de mis huesos
    y de mi amor.

    La carne aleteante,
    súbito el párpado,
    el vivir como nunca
    coloreado.
    ¡Cuánto jilguero
    se remonta, aletea,
    desde tu cuerpo!

    Desperté de ser niño.
    Nunca despiertes.
    Triste llevo la boca.
    Ríete siempre.
    Siempre en la cuna,
    defendiendo la risa
    pluma por pluma.

    Ser de vuelo tan alto,
    tan extendido,
    que tu carne parece
    cielo cernido.
    ¡Si yo pudiera
    remontarme al origen
    de tu carrera!

    Al octavo mes ríes
    con cinco azahares.
    Con cinco diminutas
    ferocidades.
    Con cinco dientes
    como cinco jazmines
    adolescentes.

    Frontera de los besos
    serán mañana,
    cuando en la dentadura
    sientas un arma.
    Sientas un fuego
    correr dientes abajo
    buscando el centro.

    Vuela niño en la doble
    luna del pecho.
    Él, triste de cebolla.
    Tú, satisfecho.
    No te derrumbes.
    No sepas lo que pasa
    ni lo que ocurre.