Sobre cómo Valle-Inclán perdió su brazo

Como no podía ser en otro lugar, El Café de La Montaña, entre la calle Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, actual casa de Appel, fue el escenario en donde se produciría uno de los hechos más atípicos de la historia de la literatura. En una refriega con Manuel Bueno, Valle-Inclán perdió su brazo izquierdo.

   Así lo anunciaron las crónicas de la época: Ramón Valle-Inclán, un polémico sin remedio. Como cualquier otro día se pidió un café con leche y una botella de agua y se sentó en la mesa donde charlaban Ruiz Castillo, Jacinto Benavente, el cronista Manuel Bueno y el pintor Paco Sancha. El tema de debate era el duelo que hubo entre un joven aristócrata andaluz, López del Castillo, y el caricaturista portugués Leal da Cámara. Noches atrás ambos tuvieron sus desavenencias en el Paseo de la Castellana sobre el valor de las personas lusas e hispanas. ¡Ah! El honor patrio, ¿qué otro tema podría hacer que Valle-Inclán prendiese como la pólvora? Su voz, como solía pasar, destacaba por encima del resto, y claro, Bueno, orgulloso como Valle, comenzó a alzar la suya diciendo:

   — ¡Señores, todo lo que ustedes están diciendo carece de validez! ¡Leal da Cámara es menor de edad y no podrá batirse!

   A lo que Valle-Inclán, ni corto ni perezoso, respondió:

   —No zea usted majadero, que usted no zabe una palabra de ezo.

   Bueno se levantó, con su mano diestra tomó su bastón con barra de hierro, agitándolo amenazante hacia Valle-Inclán, quien toma como arma una botella de agua.

   — ¡Majadero! ¡Majadero! –le grita Valle a Bueno con su botella de agua agarrada por el cuello, como si del diez de bastos se tratase. Llenó de agua a todos, y en un despiste, Manuel Bueno aprovechó, descargando un garrotazo.

   El golpe fue tan fuerte que el viejo escritor tuvo que ser llevado al hospital para que le mirasen la herida.

   — ¡Uf, cómo me duele el brazo! –le dijo a su amigo Benavente ya en el hospital.

   — ¡Cá, Ramón! Ese ya no te dolerá nunca más.

   El suceso fue portada durante semanas y fue tema principal en las tertulias de las cafeterías de Madrid, divididas en dos bandos, los valleinclanistas y los buenistas. Como no podía ser de otra forma en el carácter de Valle-Inclán, a los días se citó con Bueno en el Café de la Montaña y, tuteándolo le dijo:

   —Mire Bueno, lo pasado, pasado está. Aún me queda la mano derecha para estrechar la tuya.

   Según se dice, la amputación del brazo se debió a que uno de los gemelos que llevaba Valle-Inclán en la manga de la camisa se clavó, provocándole una herida que acabaría por infectarse. Lo cierto es que no fue así. La amputación se debió a una rotura ósea que por aquel entonces no podía ser tratada. Fue el doctor Manuel Barragán y Bonet quien certificó que el brazo de Valle-Inclán tendría que ser amputado por “una fractura con herida en los huesos del tercio inferior de la extremidad”.

   Lo que para muchos sería una desgracia para Valle fue una oportunidad. Su ironía y su tono burlón hicieron que se comparase con Miguel de Cervantes por razones obvias. El único momento que lamentó haber perdido su brazo fue que tras morir su hija no pudo abrazarla como él habría deseado. Tampoco guardo rencor hacia el cronista Manuel Bueno, a quien le dijo: Tranquilo, el brazo de escribir es el derecho.  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

error: Content is protected !!